Indicador sigue siendo ineludible y su supremacía no parece amenazada, según expertos

Por: Agencia AFP 9 octubre, 2015
 Con las reformas de venta y renta el Gobierno busca una recaudación anual adicional de hasta un 2,09% del PIB.
Con las reformas de venta y renta el Gobierno busca una recaudación anual adicional de hasta un 2,09% del PIB.

Las iniciativas proliferan para medir mejor la riqueza de las naciones, pero de momento nada consigue suplantar al PIB , considerado por muchos como "desfasado", pero muy utilizado por gobiernos e instituciones.

El "Índice de riqueza global", el "progreso verdadero" o la "Felicidad Bruta", entre otras iniciativas, no han conseguido desbancar al Producto Interno Bruto (PIB), escrutado por todos y cuya evolución apasiona en los medios económicos de cada país.

El PIB "se ha convertido en una especie de tótem, en particular porque evalúa el crecimiento, algo que es determinante en nuestras sociedades", constata en declaraciones a la AFP Dominique Meda, sociólogo y miembro del Foro para otros indicadores de riqueza (Fair, en sus iniciales francesas).

Desarrollado en 1934 por el premio Nobel Simon Kuznets para medir el impacto de la gran depresión en la economía de Estados Unidos, el PIB acabó imponiéndose en todo el mundo como el medidor por excelencia de la riqueza y el progreso.

"El PIB es hoy mucho más que un simple instrumento de medida", asegura Dirk Philipsen, economista en la universidad estadounidense de Duke (Estados Unidos) y autor de un libro sobre el tema.

"Se ha convertido en un fin en sí, en la definición misma de lo que es la economía", asegura.

Pero desde hace años arrecian las críticas contra este indicador, acusado por algunos de reflejar de forma "inadaptada", "incompleta" o "burda" la actividad económica de los países.

El principal reproche es que el PIB, que mide el valor de los bienes y servicios producidos en un período determinado, solo toma en cuenta las transacciones mercantiles, pero no las actividades no monetarias como el trabajo voluntario o doméstico, que contribuyen a la calidad de vida de los habitantes. Además, no integra el impacto, a menudo nefasto, de las actividades de producción para la sociedad.

Según ese método, si se destruye un bosque milenario para vender madera, se crea valor comercial y se incrementa el PIB , pese a los efectos negativos en el medio ambiente. Más absurdo aún: si una marea negra afecta al litoral, se genera actividad para limpiarlo, lo que estimula el crecimiento y hace subir el PIB .

"El PIB pone el acento en la cantidad, y no en la calidad", opina Dominique Meda. Este indicador "dice poco sobre el bienestar de los habitantes", añade.

"El PIB está inadaptado a los desafíos del siglo XXI, que son la ecología y las desigualdades. Es una brújula falseada", opina Eloi Laurent, del Observatorio Francés de Coyunturas Económicas (OFCE).

Para colmar estas lagunas, varios expertos han ideado instrumentos alternativos que toman en cuenta dimensiones sociales, culturales o medioambientales para evaluar la riqueza.

Uno de los primeros en hacerlo fue el economista indio Amartya Sen, premio Nobel 1998 y creador del Índice de Desarrollo Humano (IDH), utilizado en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que combina tres criterios: ingreso por habitante, educación y esperanza de vida.

En los años 2000 se crearon otros indicadores, como el índice de bienestar económico (IBE) o el índice de mejor vida (IMV), sin olvidar el famoso "Felicidad Nacional Bruta" (FNB), elaborado por el pequeño reino de Bután.

Pero pocas cosas han cambiado de hecho en los últimos años. El PIB sigue siendo ineludible y su supremacía no parece amenazada.

"Hay una fuerza de inercia" según Dirk Philipsen. "Y también falta voluntad política", añade el economista, pues adoptar índices alternativos hace planear una amenaza sobre las instituciones políticas y económicas existentes.

Sin embargo, para Eloi Laurent, del OFCE, las cosas están cambiando. "No hay hoy en el planeta un solo dirigente serio que se fíe únicamente del PIB . La gente se da cuenta de que hacer un 10% de crecimiento (del PIB ) con un 75% del agua contaminada y un aire irrespirable es algo que carece de sentido".

"El PIB perderá progresivamente importancia", pronostica el economista francés Jacques Attali, que lanzó en 2013 el "índice de positividad", que evalúa el compromiso de los países hacia sus generaciones futuras.

"El PIB tardó 30 años en imponerse. Es normal que otros indicadores tarden en emerger", observa.

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