Por qué la arrogancia va en contra del liderazgo: el caso de Ferdinand De Lesseps


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El emprendedor extraordinario que lideró la exitosa construcción del Canal de Suez (1869), Ferdinand de Lesseps (1805-1894) no corrió igual suerte al impulsar la aventura del Canal de Panamá: sus grandes habilidades para influir son también las que le llevaron a fracasar.

Más que un problema de asertividad, se trataba de una ceguera para aceptar los problemas que enfrentaba aquel megaproyecto: “Ferdinand de Lesseps no era capaz de ver estas cosas tal y como se presentaban realmente. ‘Se trata’, informaba a sus accionistas, ‘de una operación cuya exactitud matemática ya se conoce perfectamente’”, según describiría el historiador David McCullough.

En Lesseps, todo eran recuerdos, viejas glorias: continuaba mirando sus victorias en Egipto, al tiempo que daba las espaldas al Istmo. Había construido el paso entre el mar Mediterráneo y el Mar Rojo, en un clima cálido, pero seco; en terrenos mayoritariamente de arena, con suficientes posibilidades de agua potable para los operarios, pese a la moderada precipitación pluvial de la región, con una orografía llana, cuya altura máxima era de 16 metros sobre el nivel del mar.

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Alguno se atreverá a pensar que su edad sería la principal limitante para acometer esta empresa pero, en realidad, lo era otra aún más imponente: su vanidad. De Lesseps no quiso aceptar que las condiciones de Panamá no habían sido estudiadas debidamente, ni tampoco había admitido las enormes diferencias con respecto a Suez.

En el Istmo, el clima era cálido, sofocante y saturado por una humedad que rondaba el 100%. La precipitación pluvial se medía en decímetros, no en milímetros, y la altura máxima sobre la línea del canal se elevaba a 100 metros sobre el nivel del mar. La selva tropical, impenetrable, ameritaba algo más que un estudio de ingeniería: se requería la destreza para sobrevivir y, ante todo, la humildad para reconocerlo.

Los parámetros de Suez no encajaban en la nueva industria, que se trabaría en el Istmo. Más que decidirse a aprender, habría que adiestrarse sobre la marcha. Egipto y Panamá, tan distantes como distintos, eran entornos que, cada uno visto por separado, llevarían al límite las capacidades humanas y el conocimiento de la ciencia; pero vistas juntamente, como proyectos similares, solo llevarían al hundimiento y, con ello, a la muerte.

De Lesseps falleció a los 89 años y cuando la extraordinaria aventura celebraba apenas una década, en medio de derrotas sicológicas, financieras y, sobre todo, humanitarias. “Tras un detenido examen de los registros de los franceses, el doctor Gorgas sacaría la conclusión de que habían muerto por lo menos 20.000 hombres, tal vez 22.000. Es posible que la cifra parezca muy alta, pero esa fue la que suministró el cálculo aceptado”.

Es llamativo que ante la imponente geografía y las incontables pérdidas humanas, un hombre, y todos los que le seguían, continuaran pensando que la naturaleza cambiaría su curso, y que, ante ellos, se detendría la historia. Es lamentable que un hombre cargado de tantas glorias continuara pensando en su pasado como panacea para enfrentar el futuro.

Hoy, poco tiempo después de haber inaugurado la ampliación del Canal de Panamá, seguimos lamentando el arrojo de una actitud llena de engreimiento: la idea era viable, pero el camino escogido, intransitable.

“Si en el otoño de 1886 –anotaría McCullough– De Lesseps se hubiese decidido por la construcción de un canal de esclusas, y si en vez de irse a Nueva York hubiese presentado a los accionistas su nuevo plan, el resultado de la grande enterprise habría sido muy distinto. Tal vez el sueño tuviera un desenlace distinto, si De Lesseps hubiese empleado los primeros meses de 1887 para preparar al público al cambio de planes. Pero no hizo nada”.

Luego de la arrogancia, se asoma la desesperación y, con ella, el miedo. La evasión es la fórmula más cómoda y sencilla para aplacar el temor frente a un desastre, pero, al mismo tiempo, la más frágil de las soluciones.

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La fortaleza, desvinculada de la humildad, no es más que un carisma vacío, algo fácil de confundir con el liderazgo, pero incapaz de proponerse como una actitud ejemplar. Nos situamos frente a un dilema del emprendedor o, quizá, ante una paradoja humana: mandar u obedecer. La primera exige una determinación firme; la segunda, auténtica humildad.

Se me antoja pensar que los grandes líderes no carecen de ambas, sino que las procuran integrar en sus decisiones, aunque a veces parezca lo contrario.

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