Por: Vineet Chopra y Sanjay Saint 5 agosto

En su libro Experience and Education , publicado 1938, Dewey destaca dos principios sobre los cuales se fundamenta el aprendizaje basado en la experiencia: el de inmediatez y el de continuidad.

Ambos permiten entender cómo lograr que un profesor –también un ejecutivo– logre experiencias educativas perdurables.

El principio de inmediatez sugiere que el facilitador debe disponer de experiencias que no provoquen rechazo a los estudiantes, sino que propicien el deseo de experiencias futuras. Lejos de conectar a un estudiante con los contenidos, una vivencia en el aula puede dispersarle y hacer restar importancia a lo que se enseña, porque está esperando que le guste, sin importar su sentido o propósito.

Por ejemplo, en una sociedad hiperconectada, esto es un desafío: los profesores deben lograr captar la atención de sus estudiantes. Eso lo pueden conseguir acudiendo también a recursos audiovisuales, los cuales deberían ayudar a generar experiencias provechosas, no centrífugas, es decir, que dispersen.

Por otro lado, el principio de continuidad consiste en discriminar entre las experiencias valederas durante la educación, de aquellas que no lo son. Las experiencias generan hábitos, interpretados biológicamente. La característica básica de un hábito, así entendido, es que toda experiencia está modificando a quien actúa, al tiempo que esta modificación afecta (queramos o no) la calidad de las experiencias subsiguientes.

Por ejemplo, si un profesor entiende que sus estudiantes logran captar mejor ciertos tipos de contenidos mediante discusiones de casos, debe reflexionar el modo en que los métodos audiovisuales refuercen o complementen lo anterior, y no solo sustituir esa modalidad porque esté de moda usar tecnología.

Los aportes de Dewey pueden aplicarse a la enseñanza de ejecutivos. Ochenta años más tarde, sus enseñanzas son todavía valederas, pero para algunos, desconocidas.