Por: María Clara Vargas 19 septiembre, 2015

A partir de la Primera Guerra Mundial y para financiar su participación en esta, los Estados Unidos produjeron los bonos del tesoro. Eran pedazos de papel que se vendían sobre la base de que el Gobierno era solvente y los pagaría al vencer su plazo (10-30 años).

A cambio, la gente le pagaba al gobierno con dinero “de verdad” (al final todo billete es un pedazo de papel al que le hemos asignado un valor). Nadie nunca se preguntó si era sensato o inteligente cambiar dinero por unos pomposos pedazos de papel que en sí mismos no tenían ningún valor.

La razón de esta conducta se explica fácilmente: tenían el respaldo del Tesoro de los Estados Unidos. Hoy, mucha gente se asombra y escandaliza cuando por ejemplo, una obra del artista cubano Wilfredo Prieto, que consiste en una página del Miami Herald o del New York Times arrugada y hecha un puño, cuesta $30.000. Es lo mismo, solo que llevado al terreno del arte.

Tanto el bono del Tesoro como la hoja arrugada son pedazos de papel sin ningún valor, pero tienen respaldo. En el caso del artista, el respaldo viene por varios medios: en primer lugar está la galería –en este caso Annet Gelink– que es la responsable directa. Pero ella está apoyada por instituciones del calibre del Gugenheim Museum, que colecciona a este artista.

Siendo que es un bien intangible, este apoyo es definitivo y el comprador tiene toda la certeza de que, dado el caso, podría devolver la “obra” a Gelink, y esta estaría obligada a devolverle los $30.000 dólares originales. Ese es el respaldo que ofrece una galería seria. En el hipotético escenario en el que la galerista se declare insolvente, debería al menos restituirle con una obra que sea más del agrado del comprador.

Esto por supuesto nos acerca mucho al chiste aquel del hombre que pedía $1 millón por un perro. Cuando declaró que había encontrado un comprador, explicó que lo había cambiado por dos gatos de medio millón cada uno.