Por: María Clara Vargas 10 octubre, 2015

Hace tiempo, cuando la gente duraba menos, llegar a viejo era todo un mérito. La vejez, por sí sola, no equivalía a pérdida o desgracia. Te otorgaba prestigio: fuiste un diestro piloto de tu vida si llegaste hasta allí. Entonces, en lugar de negarnos a darle la bienvenida, ¿por qué no prepararla como se prepara un viaje?

Lo primero, un poco de egoísmo. Consolidar nuestra futura estabilidad económica significa en realidad liberar a largo plazo a nuestros familiares de nuestra dependencia.

Cultivar (mucho se ha dicho) las pasiones, los buenos hábitos, la salud; las amistades (se ha dicho menos) con personas más jóvenes. Desafía nuestros puntos de vista y nos permite contar con vínculos cuando la gente de nuestra generación nos vaya dejando.

Producir en la medida de nuestras capacidades, económica e intelectualmente. Con nuestras condiciones actuales seremos bastante más útiles de lo que pudieron ser nuestros abuelos. Si vamos a ser tantos y durar mucho, tenemos que aportar.

La vejez, bien mirada, con- lleva una serie de ventajas, si se construyen a tiempo. No se está obligado a ser “bonito”; si alguien te quiere es por ser quien sos. Tu ingreso bajará, pero si tu salud es aceptable, también bajarán tus gastos. Tendrás menos fuerzas, pero muchísimo más ocio. No te irás de farra, pero los amigos que te queden serán los legítimos. Si estás solo será quizás porque no diste (afecto, tiempo, cuido, energía; a la pareja, a la familia, a los amigos). Si diste, es muy probable que no estés solo. No tendrás que ser infalible, ni cumplir con horarios, ni vivir bajo estrés. Tendrás una vida sexual con posibles escollos, pero mucho más sabia que cuando eras jovencito. Harás lo que te dé la gana.

Cuando niña, esperaba con ansia los ventarrones de noviembre y su oleada de pericos. Anunciaban las vacaciones. Por qué no esperar así nuestra vejez.