Por:  28 diciembre, 2013

El primer vino que tuve que hacer para un proyecto de la universidad fue un vino rosado. Todavía me acuerdo lo desilusionada que estaba. No me parecía para nada emocionante y debo confesar que no me quedó nada atractivo tampoco.

Eso sí, con el tiempo aprendí a conocer sus bondades.

En cuanto a su elaboración, hay algunos que piensan que es una mezcla de vino blanco y vino tinto. Si bien algunos no muy glamorosos se elaboran así, la gran mayoría se produce con alguna uva tinta. En España las uvas más utilizadas son Tempranillo y Garnacha, en Italia será frecuentemente Sangiovese, si nos vamos a Estados Unidos predominan los hechos con Cabernet Sauvignon, Merlot o Zinfandel, mientras que en otros países también se hacen con Pinot Noir, Malbec y Syrah. Tras un corto periodo de maceración del jugo con la piel de la uva a baja temperatura, las pieles son descartadas y todo el resto del proceso ocurre como si fuera un vino blanco. Normalmente son vinos que no tienen maduración en roble y se disfrutan mejor si se toman jóvenes.

Existen dos estilos marcados de vino rosado. Todos tienen los clásicos aromas frutales de fresas, cerezas y frambuesas, con notas cítricas y de sandía y recuerdos florales de lavanda y rosas. La gran mayoría conoce el de ligero a marcado dulzor, sin embargo, también existe el completamente seco, con refrescante acidez, más frecuente en los países europeos.

Su ligereza y frescura lo hacen el compañero perfecto de tardes de calor. En cuanto al maridaje, contrario a lo que yo imaginaba en un comienzo, es un vino bastante versátil. Tapas de todo tipo, ensaladas y vegetales fríos, charcutería, pescados y mariscos, paella y platos con arroz, pollo, cerdo, ternera e incluso comidas especiadas son algunas de las comidas que se pueden acompañar con una copa de rosado.

Ahora que las vacaciones están a la vuelta de la esquina, agregue a su lista de compras una botellita de este desconocido rosado y dele la oportunidad de que lo sorprenda.