Por:  21 septiembre, 2013

Para mí la cena ideal es aquella que no solo me ofrece variedad en texturas y sabores sino que también me sorprende con el maridaje. Si esto significa un tipo de vino diferente para cada tiempo de comida, incluso mejor. Y esto incluye el postre.

Muchos de nosotros en algún momento hemos pensado que el postre, por ser dulce, no debe acompañarse de un vino dulce porque la combinación resultaría empalagosa, ¿verdad? Sin embargo, una de las reglas básicas de maridaje dice que el sabor dulce siempre, siempre, siempre se debe maridar por armonía. Esto significa que, si la comida es dulce, el vino debe ser dulce también.

¿Cuán dulce? El ejemplo clásico para explicar esto es cuando uno se está tomando una taza de café, con azúcar, y lo decide acompañar con un trozo de queque. El siguiente sorbo de café siempre nos va a saber más amargo, como si le faltara azúcar, ¿cierto? Esto es porque el dulzor de la comida neutraliza el dulzor de la bebida. Por lo tanto, si queremos que la bebida se siga sintiendo agradable, esta debe ser al menos tan dulce como la comida que acompañe.

En general, para postres con frutas frescas prefiera la frescura y delicadeza de vinos espumosos tipo sec o demi sec y versiones más sencillas de blancos dulces como los late harvest . Tartas o queques con frutas cocidas o sabores de caramelo y frutas secas, son complementados muy bien por la complejidad y concentración de los sauternes o los icewine , pero también por la elegancia y sedosidad de oportos añejados de 10 o 20 años. Para esos densos y súper concentrados postres de chocolate prefiera versiones de oporto más frutales como un buen ruby o un tawny más joven. Estos también complementan muy bien postres cremosos como panna cotta, crème brûlée, o cheesecakes, sobre todo si son acompañados con salsas de frutas rojas. Por último, si tiene la oportunidad de encontrar un jerez tipo Pedro Ximénez, acuérdese de mí y acompáñelo de un clásico tiramisú. Estoy segura que no se arrepentirá.