Datados hacia 1500, los seis tapices regresaron desde esta semana para fascinar de nuevo a los visitantes con los secretos que esconden esas jóvenes

Por: Carolina Ruiz Vega 26 diciembre, 2013
La restauración se desarrolló entre abril de 2012 y febrero de 2013
La restauración se desarrolló entre abril de 2012 y febrero de 2013

Los seis tapices de La dama del unicornio, joya del medievo descubierta a mediados del siglo XIX, vuelven con más color y fuerza que nunca al parisino Museo de la Edad Media, donde su sala ha sido también remozada para la ocasión.

De gran originalidad y maestría técnica, el refinamiento de este conjunto presenta una gama de color de hasta treinta tonalidades diferentes, creadas a partir de tinturas vegetales como la orchilla para los tonos violetas o la garanza para los carmesíes, cuya naturaleza ha sido respetada en la restauración.

Tras un intenso trabajo de conservación, las seis misteriosas damas de los tapices flamencos, datados hacia 1500, regresaron desde esta semana para fascinar de nuevo a los visitantes con los secretos que esconden esas jóvenes, siempre acompañadas de animales comunes y de un unicornio.

Para la directora del museo, Elisabeth Taburet-Delahaye, “el misterio reside en muchos ámbitos”, entre ellos el de la iconografía, que generalmente se ha interpretado como representación de los cinco sentidos y de un sexto, sobre el que ella se interroga cuál podría ser, “¿un sentido interno?”.

Los enigmas de estas telas también van más allá de su desconocida autoría, dado que no se sabe a ciencia cierta quién los encargó. Aunque los escudos de armas que aparecen una y otra vez pertenecen a la familia Le Viste, se desconoce qué miembro pudo haberlos solicitado.

La directora del museo se pregunta además cómo llegaron desde ese palacio parisino de Jean o Antoine Le Viste hasta el Castillo de Boussac en Creuse, en el centro de Francia, donde los encontró Prosper Mérimée en 1841.

Descubiertos por este inspector de los monumentos históricos, los tapices fueron adquiridos en 1882 por Edmond Du Sommerard, primer director del Museo de Cluny, donde han descansado hasta ahora.

Expuestos en una rotonda con iluminación cenital directa, los hermosos tejidos fueron degradándose con el tiempo a causa del polvo y de la luz, y pese a que su estado no era terminal, se hizo necesario actuar.

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