Agredir desde la invulnerabilidad


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Estación Barbès-Rochechouart. Poco antes del mediodía. El metro hierve de gente: las larvas que se agitan por miríadas dentro del intestino.

Los trabajadores estaban terminando de repellar la acera del pasadizo de acceso. El cemento fresco de textura arenosa, desigual. Los niveladores, las espátulas. El calor infame de la canícula. Sudan, los dos hombres. Las camisetas ensopadas, los rostros duros, curtidos, apenas el tiempo de pasarse ocasionalmente la mano por la frente. Hacen su trabajo con esmero. As su manera, son escultores. Alisan una y otra vez la superficie. Allanan las irregularidades. Los peatones se pasan de acera para no interferir con su labor.

Y de pronto, una señora gordísima con chancletas, surge no sé de dónde. Se muestra contrariada por el desplazamiento a que su masa colosal se verá obligada, de seguir el ejemplo de quienes la habían precedido. Está incómoda. Con su ser, con la vida, con el mundo. Es ciclópea, avasalladora, su masa corporal. Por fin, lanza un juramento y se aventura sobre la superficie apenas nivelada. Uno de los trabajadores le suplica que no lo haga. Inútil. Gordzilla ya avanza, pesada, cahmpulonamente, sobre la faena apenas terminada. Las huellas de sus patas. Hondas. No lo hace de puntillitas: castiga a los hombres por haberles robado su espacio. Las chancletas dejan sobre el cemento hasta las menores trazas de las plantas de hule: huellas como de tractor. Se hunden, y se hunden, y se hunden con chasquidos y salpicaduras. Darles una lección, a esos miserables, por haber querido exponer ante el mundo su volumen corporal, la universal imprecación de su cuerpo.

Sale por fin del área marcada por el hilito de seguridad. Los trabajadores están perplejos. Protestan, rezongan sin insultar. A volver a emparejar se ha dicho. El mito de Sísifo. El monstruo se aleja, limpiando sobre el borde de la acera los restos de cemento adherido a sus chancletas.

Yo, desde enfrente, miraba el ultraje, indignado, tomando nota de los hechos, con la inmediata certeza de que la historia debía ser consignada. Más que escritor, tendría que asumir la actitud de un reportero.

Me ahorraré el comentario social. Rencorosa con el mundo, rencorosa con su cuerpo, rencorosa con la naturaleza, rencorosa con la inexorabilidad de la genética, rencorosa con el destino, rencorosa con los restaurantes de comida rápida, rencorosa... pues con la Vía Láctea, con la teoría del Big Bang, supongo. ¿Por qué tiene la gente que facturar a los demás –especialmente a los que perciben como vulnerables- por su malestar existencial? ¿Por qué, prevaliéndose de su condición de mujer, agredir a un grupo de hombres que hacían su trabajo honesta, afanosamente?

Ellos no podían insultarla: habrían sido denunciados inmediatamente. Farfullando alguna maldición, los obreros reiniciaron el trabajo. Las huellas eran tan hondas, que fue necesario alisar nuevamente la totalidad de la superficie. Me acerqué a ellos.

"Es el colmo, amigos, verdaderamente increíble"."Así es: hay gente que se cree dueña de la calle".

"Es que lo son, lo son: ¿no se han dado cuenta? Ustedes son esclavos: existen para dos cosas: para que una vieja inmunda los pisotee, y luego para que yo los narre: no soy mejor que ella".

Me miraron, extrañados. Sentí vergüenza de mí mismo. ¡Como si las cosas existiesen únicamente para ser contadas, para convertirse en prosa! Me denuncio por ello. El reportaje, la estetización del dolor de los demás son siempre un acto de violencia y de utilitarismo: tal vez el más despreciable de todos. Lo propio de todo oportunista. ¿Cuál hubiera sido la única acción ética, ante tal situación? Ir a casa, deshacerme de mi vestidura formal, colgarme un par de chuicas, y volver junto a los obreros, para ayudarlos a reparar el estrago. Cualquier otra cosa era, esencialmente, inmoral. Desprecio a quienes empuñan sus plumas para cantar el dolor de los demás, un dolor que no conocen, sobre el cual, en el fondo, lo ignoran todo. Solo creo en la solidaridad de la acción fraterna. Más de un cretino se ha ganado premios literarios y amasado fortunas glosando sobre martirios de pueblos y gentes que jamás conoció y por los cuales no experimenta empatía alguna. Despreciable.

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