A China no llegará un Trump


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Los costarricenses vivimos en un sistema político estático: no ha logrado mejorar los índices de pobreza (estancada cerca del 20%) y mantiene nuestra infraestructura en un retraso de 40 años.

Ideológicamente percibimos que sistemas de gobierno distintos son dictatoriales y potencialmente dañinos, como dijo Winston Churchill “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás…”.

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Sin embargo, en Asia, China y Singapur desafían esta creencia. China ha logrado reducir sus índices de pobreza de 85% (1981) a 15% (2015); o sea más de 120 veces la población de Costa Rica.

Estas dos naciones no son democracias, operan con un sistema de partido único llamado “meritocracia política” .

Con el reciente resultado electoral en Estados Unidos (EE. UU.) y el desempeño poco convincente de los gobernantes costarricenses surge espacio para cuestionar nuestros sistemas democráticos. ¿Qué podemos aprender del éxito de esas naciones asiáticas?

La mayoría de los líderes en China tienen, en comparación con nuestras democracias, un alto entendimiento de economía y habilidades sociales que les permite asegurar la implementación de sus políticas.

En Singapur, quizás más que cualquier otro gobierno, sus políticas se fundamentan en investigación social y científica así como el conocimiento de las mejores prácticas internacionales.

Los líderes chinos son escogidos entre los estudiantes más sobresalientes, son formados durante décadas, entrenados en el extranjero, llevados por periodos de al menos un año a las zonas más pobres y promovidos con base en sus resultados.

ADEMÁS: Dos proyectos hacen fila para estrenar fondos de desarrollo de infraestructura Su concepto de flexibilidad no se da por cambios de gobierno.

En cambio, tienen sistemas eficientes y transparentes para efectuar cambios y responsabilizar a sus funcionarios por sus errores.

Es de elogiar la labor ardua de sus ciudadanos, pero sin duda alguna estos operan en un contexto de políticas favorables para el desarrollo.

Esta es la conexión entre su meritocracia política y su milagro en reducción de la pobreza.

En nuestras democracias, desde el 2007 el profesor Bryan Caplan, de la Universidad George Mason, ha defendido su teoría de que los votantes son ignorantes, irracionales y egoístas lo que ha quedado claro con la elección de Trump.

No es de extrañar, en EE. UU. apenas 44% de los ciudadanos creen que el calentamiento global es causado por actividades humanas y, mientras que 77% cree que hay señales en la tierra de visitas alienígenas, apenas un 21% cree en la teoría de la evolución de Darwin.

El problema es que en nuestras democracias la presión que ejercen los votantes sobre los políticos es enorme y sus conceptos erróneos se materializan en políticas dañinas.

Caplan concluye que cuatro sesgos describen a los votantes:

El sesgo antimercado (“ Bad trade agreements !”): los votantes no comprenden el poder de la mano invisible del mercado y su habilidad para equilibrar el interés público con la avaricia del sector privado. Por ejemplo, la administración Obama decidió grabar a las importaciones de llantas chinas para proteger puestos de trabajo.

El consecuente aumento de precios representó un costo adicional de $1.100 millones de dólares en 2011, lo que significa que cada puesto de trabajo rescatado costó 900.000 dólares. Así es como la miopía del electorado y su falta de conocimiento político, económico y científico se traduce en malas políticas.

El sesgo antiextranjero o xenofobia (“ Build a great wall !”): a pesar de que la inmigración no representa ningún problema en términos de balanza de pagos, los votantes no aprecian el valor de la interacción con extranjeros. Desafortunadamente los votantes los relacionan con desempleo, menores salarios y consumo desmedido de servicios de salud y educación.

Sesgo sobre el empleo (“ Bring back our jobs !”): los votantes equiparan la prosperidad con empleo y no con productividad. Para ponerlo en perspectiva: en el año 1800 EE. UU. necesitaba 95 de cada 100 habitantes para alimentar al país, en 1900 ocupaba 40 y hoy en día solo requiere 3. Sencillamente, los obreros que ya no están en las granjas ahora producen otros bienes y servicios.

El cuarto sesgo es el pesimista (“ Make America great again !”): los votantes son propensos a pensar que la situación económica está mal y empeorará. A pesar de que EE. UU. pasa por uno de sus mejores momentos, este sesgo ciega a muchos de sus votantes.

Extensas investigaciones muestran que nuestro voto es una respuesta egoísta al miedo e incertidumbre, se acompaña de ignorancia sobre el funcionamiento de la economía, la dinámica de los mercados y justicia social. Estos modelos asiáticos no son infalibles, pero tampoco lo es nuestra idealizada democracia. ¿Podemos implementar procesos meritocráticos en nuestra democracia?

NOTA: Ricardo José Chacón Vega es director Infraestructura Inquieta –Disquiet Infrastructure-, Ingeniero Civil, Universidad de Costa Rica y Master of Engineering in Construction Management, Universidad de Tsinghua, Beijing, China.

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