Editorial Un consumidor abandonado


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E l 15 de marzo de 1962, el presidente de los EE. UU., John F. Kennedy, proclamó ante el Congreso de ese país los derechos de los consumidores. Al hacerlo señaló: “Por definición, el término consumidores, nos incluye a todos. Somos el grupo económico más amplio que afecta y es afectado por casi cada decisión económica pública o privada... pero es el único grupo importante cuyas opiniones a menudo no son escuchadas”. Esos derechos consistían en el derecho a la seguridad, a ser informado, a escoger y a ser oído.

En 1996, una reforma al artículo 46 de la Constitución Política de Costa Rica incorporó en el párrafo final esos principios: “Los consumidores y usuarios tienen derecho a la protección de su salud, ambiente, seguridad e intereses económicos, a recibir información adecuada y veraz; a la libertad de elección, y a un trato equitativo. El Estado apoyará los organismos que ellos constituyan para la defensa de sus derechos. La ley regulará esas materias”.

Por su parte, la Ley de Promoción de la Competencia y Defensa Efectiva del Consumidor ordena eliminar los trámites y requisitos que entorpezcan innecesariamente el mercado local o internacional y reconoce el derecho de los consumidores a ser protegidos, tanto administrativa como judicialmente, contra las prácticas que atenten contra la libre elección.

Todo lo anterior parece ser letra muerta para el Gobierno de la República. Peor aún, este se ha empeñado en elevar a política de Estado la adopción de un fallido proteccionismo comercial con total menosprecio de los intereses de los consumidores, por más necesitados que estos sean. A la improcedente salvaguardia contra las importaciones de arroz de Argentina y Uruguay, así como el arbitrario cierre de fronteras al aguacate mexicano, acompañado de retrasos injustificados para autorizar el ingreso de cebolla y papa, se unen ahora las peticiones de los porcicultores contra los productos chilenos.

Sin rigor técnico y con evidente desdén por las obligaciones internacionales, han pretendido disfrazar de legítimas sus verdaderas intenciones, pero las desabridas manifestaciones de ciertos jerarcas, las acciones circenses de algunos ministros y el espectáculo montado el pasado martes en Casa Presidencial, los desnudan de cuerpo entero.

Lamentablemente, la tragicomedia tiene su precio. El proteccionismo es la respuesta fácil y engañosa a problemas complejos. En vez de mejorar los factores que afectan la competitividad de los sectores (como el costo de la energía, la infraestructura, el costo del crédito y el acceso a la tecnología, entre otros) el Gobierno ha optado por satisfacer los intereses de corto plazo de los grupos de presión, pequeños pero organizados, estrangulando a los consumidores en un país ya de por sí muy caro. Esto puede producir aplausos temporales, música de cimarronas y hasta regalo de mascotas, pero está muy lejos de atender con seriedad los verdaderos retos del sector productivo nacional.

Ante este panorama, es necesario advertir que al proteccionismo le sigue la ineficiencia, la baja productividad, el incremento de los precios, un golpe más al dinamismo económico y todavía más desempleo y pobreza. Estos efectos son de sobra conocidos, pero en Zapote parecen haberse olvidado de repasar los principios de economía más elementales. Quedamos avisados.

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