Columna Enfoques: Complejidad política


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Reducir el paisaje político a los resultados puntuales de las encuestas es engañoso. Los sondeos solo revelan el estado de la opinión en un momento dado.

En el pasado bipartidista estos resultados emergían de un voto cautivo, reflejo de la correlación de fuerzas de 1948. Sin embargo, las placas tectónicas de la política se han movido bruscamente y ese voto se volvió gaseoso.

Las elecciones del 2014 trajeron sorpresas, una de ellas fue la ruptura del bipartidismo presidencial. El nuevo presidente emergió del margen de error de las encuestas. Por otra parte, una tercera fuerza política (FA) surgió de una fracción legislativa unipersonal.

La volatilidad del voto no es solo fruto de la erosión del bipartidismo, sino de profundos cambios sociales y culturales que generan nuevos mecanismos de identificación política y anuncian la formación de identidades partidarias inéditas.

Las viejas identidades han volado en mil pedazos, por lo que determinar preferencias políticas se transforma en un desafío para los encuestadores, quienes deben afinar sus diseños, pero también sus interpretaciones en un nuevo contexto.

El 2018 podría traer sorpresas de nuevo, más allá de lo que las encuestas digan hoy.

El bipartidismo podía ser interpretado desde la perspectiva geológica de las placas tectónicas como una evolución lenta; el multipartidismo centrífugo debe ser comprendido a partir de la agitación de los electrones.

Cambia, todo cambia y puede cambiar radicalmente en cortos periodos. El estudio detallado de los procesos de identificación política en torno a nuevos temas (bioética, diversidad sexual, ambiente, experiencias generacionales) es un imperativo para los políticos que quieran incursionar con éxito en el difícil paisaje de la fluidez política y de intenciones de voto volubles.

Esto le da mayor peso a la dinámica de las campañas electorales, particularmente a las redes sociales, en la definición de la intención de voto.

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