Estación Charles Michel


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Catorce de julio en París. Toda la mañana, desfile de cacharros bélicos: el músculo del fanfarrón de cantina, la exhibición de penes, cuestión de ver quién lo tiene más grande. ¿Por qué diantres, naciones que se dicen abocadas a la paz, celebran sus días "nacionales" con despliegues armamentistas? ¿No es esto el colmo del absurdo? ¿Por qué no festejan la efeméride haciendo música, teatro y danza al aire libre, o convocando a hablar a sus más señeros intelectuales? ¿No tiene la noble nación francesa artistas capaces de arrebatarle la palabra a las armas? Las armas no hablan: todo lo que saben hacer es rugir, chillar, eructar. ¿Qué es toda esta sinrazón?

Francia es miembro conspicuo del Consejo de Seguridad de la ONU -de hecho uno de los cinco "permanentes", junto con China, los Estados Unidos, Inglaterra y Rusia. Justamente, los mayores fabricantes y exportadores de armas del mundo. ¡Ah, en buenas manos, estamos! ¿Por qué no nombramos a Herodes director general de Unicef, y ponemos a Hitler a la cabeza de la Comisión Mundial de los Derechos Humanos?

En la noche, lo que supongo habrán sido espléndidos fuegos de artificio cerca de la torre Eiffel. Por mi ventanal pude ver algunas de las lucecitas, las más débiles, esas que caen y nos dejan casi melancólicos. Me encantan los fuegos de artificio. Me llenan el alma de colores, de iridiscencias y fulgores... ¡Tan breves! Y la magnificencia del bouquet final: la locura de las luces, su último, maravillosamente indisciplinado esplendor. Pero son mis sentidos, mi voluptuosidad, mis ojos los que lo perciben así. Hay otra parte del ser, implacable en su análisis. Y lo que veo es que, por bellos que sean, los fuegos de artificio son también un trasunto de la guerra: "los obuses en forma de mimosas en flor", de que hablaba Apollinaire. Explosiones y agresiones lúdicas. Metáfora de los campos de batalla, de los bombardeos aéreos. También ellos se inscriben dentro del registro de la guerra. Un arma más. Tal parece que no hay fiesta nacional que no evoque el imaginario bélico. Es triste: nunca más podré verlos con los mismos ojos. Otra parte del niño que se me ha muerto.

Me hundí en la estación de metro más próxima a mi apartamento: Charles Michel. Apenas había bajado las gradas, cuando me topé con un afiche que anunciaba una exposición temática del mayor interés. "Francia: otro nombre para la Paz". Se exhibían manuscritos y documentos invaluables de los grandes pacifistas franceses: Jaurès, Rolland, Martin du Gard, Bruand, Giraudoux, Giono, Lecoin, Vian, amén de ejemplares del periódico La patria humana y el Internacional de los resistentes a la guerra. En el evento, recitales de poesía (a buen seguro "Le déserteur", de Vian, víctima de las peores musicalizaciones imaginables), y, en el anfiteatro principal, La guerra de Troya no tendrá lugar, de Giraudoux, escenificada todas las noches por espacio de tres meses. ¡Ah, mi pobre, ingenuo Jean, la guerra de Troya sí tuvo lugar, aun más: jamás salimos ni saldremos de ella! Contemplé el afiche con amargura. Luego con rabia. Finalmente, lo inevitable: risa.

Acaso Francia se tomó más en serio de la cuenta la frase de su hijo de adopción dilecto, Rousseau: "prefiero ser un hombre de paradojas que de prejuicios". Sí, son cómodas las paradojas, qué duda cabe. They come in handy. Nos permiten toda suerte de incoherencias filosófico-existenciales. Nos eximen del imperativo de procurar -si no necesariamente lograr- la gemelitud del pensamiento y la acción.

Abordé el metro y fui regurgitado en Charles de Gaulle. La noche era fresca. Los Campos Elíseos estaban particularmente sucios: la muchedumbre que durante la mañana había asistido al festival fálico-militar había dejado la avenida sembrada de porquerías. A los lados, las tarimas donde la gente se sentó a ver pasar la muerte. Serpentinas, banderines, pancartas, botellas de Coca-cola. "Si quieres la paz, prepárate para la guerra" -dijo Flavio Vegecio-. Luego le atribuyeron el apotegma a Julio César porque... Pues porque todo hay que atribuírselo, siempre, a los emperadores.

Le sienta bien el pensamiento, a los vagabundos. Los héroes guerreros no tienen tiempo de filosofar: están constantemente velando por la seguridad de la patria, a fin de que los cogitadores profesionales como yo puedan ejercer la función de la sinapsis neuronal con la eficacia que les es característica, desde sus tibios, bien resguardados estudios, rodeados de venerables volúmenes de sabiduría antigua. Pero, el pensamiento, ¿no es, a su manera, una trinchera, un campo de batalla tan calcinado como el que más? Es, por lo menos, lo que quisiera creer.

Volví a soterrarme en Champs Elysées-Clemenceau, y renací en Charles Michel. Escribí lo anterior exactamente en el trayecto, ya tarde en la noche. No revisaré el texto. No pienso cambiar una coma.

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