Editorial: Retos de la investigación


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E n nuestra edición anterior publicamos el artículo “Ingeniería rezagada en investigación universitaria”: tecnologías recibieron un 58% menos que ciencias sociales en las universidades públicas. En él se establece que las ingenierías y la tecnología son penúltimas en el ranking de la (poca) inversión en investigación que realizamos en la universidades públicas (las cuales concentran la gran mayoría de la investigación básica del país).

El propósito de la investigación es, y siempre ha sido, producir conocimiento. Lleva razón la vicerrectora de la UCR al declarar “no toda la innovación es tecnológica”, ya que todo conocimiento nuevo es, por definición, innovación. El conocimiento es, cada vez más, un factor crítico para la producción de bienes y servicios, pero no todo el conocimiento nuevo se traduce en bienes y servicios con la misma efectividad. La innovación ingenieril y tecnológica se traduce casi de inmediato, en riqueza, no porque la ingeniería y la tecnología sean más importantes que las ciencias sociales, o las ciencias básicas, sino porque el mercado actual así lo permite.

Lleva también razón el Ministro de Ciencia y Tecnología al destacar la necesidad de alianzas con el sector empresarial para lograr que los resultados de la investigación se concreten en beneficios cuantitativos. La relación entre el sector académico y el empresarial en Costa Rica es demasiado incipiente, todavía existen grandes desconfianzas que nos llevan a un distanciamiento, cuyo resultado es un aprovechamiento menos que óptimo de la inversión en investigación.

En la Universidad de Costa Rica, donde se realiza la mayoría de la investigación nacional, aseguran que ellos no tienen preferencia por una u otra área de investigación, que al final la investigación es dirigida por los intereses de los estudiantes y los profesores. Todos coincidimos que Costa Rica no invierte suficiente en investigación, razón por la cual deberíamos asegurarnos de que lo que se logra invertir se convierta lo más rápido posible en beneficios tangibles. Es claro que deberíamos utilizar los métodos y esquemas que han demostrado funcionar en otras latitudes para estimular las alianzas entre universidades y sector productivo. Estas alianzas llevan a encauzar la investigación a las áreas en las que las empresas pueden, rápidamente, convertir los resultados de la investigación en nuevos procesos, bienes y servicios.

Es perfectamente posible innovar en alianzas en las que ambas partes se beneficien, por ejemplo compartiendo propiedad intelectual tanto de investigación aplicada (por lo general conducida en el sector privado) como de la investigación básica realizada en las universidades. También es posible compartir recursos humanos en pasantías en ambas direcciones para promover la polinización cruzada de ideas y enfoques. Obviamente la imaginación y la confianza son los grandes ingredientes de la tan necesaria alianza entre el sector productivo y las universidades, que llevará a encauzar mejor los escasos recursos que dedicamos a la investigación.

Si la investigación es la mejor manera de producir conocimiento, y el conocimiento es la mejor herramienta para producir riqueza, resulta bastante obvia la necesidad de dedicar recursos tanto a la cantidad de investigación que realizamos como a la efectividad de esta.

Sostenbilidad y financiamiento