EMBRIAGUEZ DEL PENSAMIENTO

Música y dolor


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Escuchar música en medio del sufrimiento físico es bueno: la música le impone al dolor un ritmo que va a contrapelo de sus periódicos ramalazos. Los accesos comienzan a hacerse más distantes entre sí y más irregulares. La música los trastorna. Los grandes clímax musicales sobrepujan los paroxismos del dolor. Y los pasajes serenos apaciguan las sensaciones ingratas. Jamás he padecido un dolor que la serena interpretación del Impromptu en Sol bemol mayor de Schubert no aliviase.

De pronto, y como por ensalmo, el dolor ha desaparecido. Queda únicamente la fragilidad general del cuerpo, su extenuación, y ese sentimiento -el más bello del mundo- que llamamos "alivio". Cualquier gran música: no tiene que ser Mozart, como algunos creen: igual puede ser Bach, Beethoven, Schumann, Bartók, Prokofiev...

Pero la música no es un mero analgésico: la cesación del dolor físico o espiritual es tan solo el primero de sus beneficios. Luego viene su efecto transfigurador. De eso no es capaz medicina alguna. La música nos transforma, nos convierte en seres de luz. Quien lo ha experimentado lo comprende. Quien no lo ha experimentado no puede formarse la más vaga idea de ello.

El gran poeta francés Paul Valéry observó: "El dolor es una experiencia muy musical, casi podemos hablar de ella en términos musicales. Hay dolores graves y agudos, andantes y furiosos, notas prolongadas, bajos sostenidos, arpegios, progresiones, bruscos silencios". Si tal es el grado de isomorfismo, no veo cómo la música no habría de ritmar los ciclos del dolor y atenuar sus paroxismos. La música es el dolor transpuesto a un plano en el que este pierde su maligno aguijón, y se transmuta en belleza. Es un proceso alquímico: por un lado entra el dolor, por el otro sale el producto estético, que lo sublima y transfigura.

La musicoterapia emerge como una disciplina que debe ser tomada muy seriamente. El dolor y la música son fenómenos esencialmente rítmicos. Hay un ritmo del dolor como hay un ritmo de la música. Lo esencial es que la música le imponga al dolor su ritmo de alivio. Los efectos fisiológicos de la música son incalculables. Hoy sabemos, por ejemplo, que cualquier tempo más lento que el ritmo de nuestra palpitación cardíaca tenderá a sedarnos, a arrullarnos. Correlativamente, cualquier tempo más rápido que nuestro ritmo cardiaco tendrá el efecto de excitarnos, enardecernos. Es por eso que dormimos a un bebé con el tempo lento de una barcarola, una berceuse, una canción de cuna. Y es por eso también que para mandar a un ejército a inmolarse en el campo de batalla debemos instigarlo con una marcha militar, rápida y euforizante. Nadie se duerme a tempo de Allegro con fuoco, y nadie se lanza a la batalla en tempo de Adagio. Lo mismo podemos decir de las cantidades de sonido: el nivel dinámico fortissimo nos excitará –nos asustará, o nos enardecerá-, mientras que el nivel pianissimo nos hipnotizará, nos arrullará hasta dormirnos. El vínculo entre música y cuerpo es íntimo, profundo, raigal.

Estamos lejos, muy lejos de haber explorado la magnitud del poder que la música tiene sobre nuestra fisiología y nuestra psique. Recordemos que el ser humano conoce la música antes que cualquier otro lenguaje (el niño en el útero percibe el ritmo de palpitación cardiaca de la madre, y experimenta las oscilaciones del líquido amniótico como melodía). La música es nuestro lenguaje primigenio. Si la madre se agita, el ritmo de palpitación será experimentado por el niño como un accelerando, si se serena, será percibido como un rallentando. Nuestro primer vínculo con la realidad es de naturaleza musical. Algo más: las canciones de cuna maternas nos enseñan la música mucho antes de que aprendamos el lenguaje lógico y sintáctico de las palabras.

La música es nuestra aliada, una de nuestras más poderosas armas contra el dolor. Además, es una amiga leal, solidaria, que nunca nos abandonará. El mundo comenzará a recobrar la razón cuando por fin comprenda la perentoriedad, la inmensa importancia de la educación musical, y la atrocidad que significa privar a un ser humano del gozo, de la práctica, de la intimidad con la música. Es, en el sentido más riguroso del término, una violación a los derechos humanos, un pecado de lesa humanidad. El analfabetismo musical es una calamidad, una profunda pero evitable tragedia. Hemos de hacer todo cuanto sea posible por prevenirlo y remediarlo. Los beneficios serán inmensurables.

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