Un país para estar orgullosos


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Después de escuchar el discurso del papa Francisco en la ONU, en Nueva York, el señor presidente de la República, Luis Guillermo Solís, declaró que “un papa que habla sobre el desarme, que habla sobre la justicia social, que habla sobre la centralidad de la educación, es un papa que también está pensando en el modelo costarricense. Sin decirlo, el Papa ha dibujado a Costa Rica en la Asamblea General de Naciones Unidas. Sin duda un mensaje inspirador, lo encontré muy cercano a los principios, a los valores que han inspirado la política exterior y el desarrollo costarricense”.

Estas palabras de don Luis Guillermo contrastan con su discurso de campaña, con su desdén hacia todo lo realizado por los “partidos tradicionales”, con sus acusaciones de que todo lo que se hacía, se hacía mal y que el país iba por una ruta equivocada, y con la retórica negativa, pesimista, derrotista e irresponsable, según la cual Costa Rica estaba al borde del precipicio.

Basado en ese discurso catastrofista, la oferta electoral del PAC y de su candidato en las elecciones del 2014, planteó la necesidad de un cambio y de grandes transformaciones que, fundamentalmente, permitieran el establecimiento de un modelo de desarrollo que se diferenciara de aquel construido por los gobiernos anteriores. Por sus opiniones y la vehemencia con la que las exponía y defendía, podríamos afirmar que su intención era la de realizar una refundación nacional.

Cambio de discurso

Sin embargo, el ejercicio del gobierno le ha permitido racionalizar que el panorama de desolación, de caos y de catástrofe –del que había hablado en campaña– no era tal, que sus antecesores no fueron “irresponsables”, que si bien es cierto que se les pueden señalar yerros y omisiones, descuidos y corruptelas, también lo es que se pueden reconocer importantes resultados y significativos éxitos en la gestión, que algunas de sus iniciativas, criticadas y combatidas antes por él, son convenientes y deben continuarse.

En su proactiva y profusa labor por lograr inversión extranjera, pregona las ventajosas condiciones políticas y socioeconómicas que tiene el país, alcanzadas gracias al concurso de gobernantes anteriores con el desarrollo nacional.

Ahora es consciente y hace alarde de nuestro nivel de crecimiento económico, del clima favorable y abierto a las inversiones extranjeras y de las buenas relaciones de Costa Rica con el mundo, de nuestro nivel de vida, condiciones que no se construyeron de un día para otro, sino que fueron creadas por los gobiernos que le antecedieron.

Es más, hace algunos meses, sin disimular su enojo, reclamó a la prensa por presentar un panorama desolador que no respondía a la realidad del país, al igual que se lamentó de que los ciudadanos manifestaran inconformidad con la situación económica cuando los indicadores no son tan negativos.

No cabe duda de que superada “la curva de aprendizaje” y en el entendimiento de que “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”, de que no es justo hacer énfasis en los errores y desaciertos sin reconocer los logros, el presidente Solís ha rectificado sus apreciaciones sobre la situación del país, reconociendo que a pesar de los problemas que enfrentamos, Costa Rica es una nación de la que debemos sentirnos orgullosos.

*El autor es exembajador del Vaticano.

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