Opinión: ¿Puede Japón relanzarse?


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Cambridge. Las recientes decisiones políticas del primer ministro japonés, Shinzo Abe, (intensificar el estímulo monetario, posponer la suba del impuesto al consumo y convocar una elección anticipada a mediados de diciembre), han recreado un intenso debate político en Japón. El problema es sencillo: ¿cómo reavivar el crecimiento después de una crisis financiera en una economía que envejece? Pero la solución no lo es.

Es evidente que la primera ronda de reformas de Abe (la llamada Abenomics) no sirvió para sostener la inflación. Las esperanzas de mantener la recuperación cedieron ante dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo. La pregunta es: ¿podrá la Abenomics 2.0 llevar la economía japonesa a una nueva senda de prosperidad?

En mi opinión, las “tres flechas” de la primera versión del programa apuntaban en la dirección correcta: hacer “lo que fuera necesario” en política monetaria para regenerar inflación, ayudar desde la política fiscal e implementar reformas estructurales para impulsar el crecimiento a largo plazo. Pero aunque el banco central, bajo la dirección de Haruhiko Kuroda, viene cumpliendo su parte del trato, las otras dos “flechas” de la Abenomics se quedaron cortas.

Faltan reformas significativas en el área de la oferta, particularmente, en la cuestión central de cómo ampliar la oferta de mano de obra. Con una población que envejece y se reduce, el Gobierno de Japón debe hallar formas de alentar el ingreso de más mujeres a la fuerza laboral, incentivar a los japoneses de mayor edad a quedarse y crear políticas laborales que ayuden a las familias con hijos. Y sobre todo, Japón necesita una mayor apertura a los trabajadores extranjeros.

En esto último hubo ciertos cambios. Temeroso de no llegar bien a las Olimpíadas de Verano 2020 en Tokio, el Gobierno consiguió liberar la entrada de trabajadores de la construcción (aunque la decisión tuvo que abrirse paso a través de media docena de ministerios). Pero, en general, el avance ha sido lento. Japón necesita con urgencia más trabajadores de enfermería y atención de centros para la tercera edad, pero tiene una arraigada resistencia burocrática y política a la inmigración.

Cuando pregunté a profesores japoneses amigos por las reformas de Abe para estimular la oferta, al principio me decían: “No te preocupes, ya llegarán”. Después de un tiempo, cambiaron a: “No te preocupes, vienen en camino, pero lentamente”. Ahora repiten a coro: “No te preocupes, todavía creemos que vienen”. Ojalá no se equivoquen. Sin reformas estructurales, especialmente en el mercado laboral, la Abenomics no puede tener éxito a largo plazo.

Otro desacierto fue el momento elegido para subir el impuesto al consumo del 5% al 8%, en abril de 2014. Era una jugada que Abe no podía postergar fácilmente, ya que estaba decidida por amplio consenso político desde antes de su asunción al cargo. Pero el Gobierno podía contrarrestar sus efectos inmediatos aumentando el estímulo fiscal. No lo hizo, y dos trimestres seguidos de crecimiento negativo han extendido el desánimo.

Es verdad que la desaceleración económica no es del todo real, ya que la bonanza anterior se debió al intento de los japoneses de ganarle al impuesto anticipando compras de bienes duraderos (una sutileza que el debate público no parece tener en cuenta). Pero eso no cambia el hecho principal: hasta ahora, la Abenomics no pudo revertir las expectativas deflacionarias.

Una deuda que asusta

No olvidemos que Japón tiene un problema enorme: exceso de deuda pública y activos insuficientes para sostener las pensiones. Solo el keynesiano más imprudente y elemental aconsejaría a las autoridades no preocuparse por ello. Por el momento es un riesgo abstracto, porque los títulos públicos japoneses a diez años pagan menos del 0,5% de interés. Pero decir que la deuda de Japón no tiene importancia es como decir que un fondo especulativo muy apalancado es totalmente seguro: aunque los riesgos sean remotos, son reales. ¿Qué pasaría si el Banco de Japón se las arregla para convencer a la opinión pública de que la inflación se mantendrá en un 2% promedio en forma sostenida? ¿Seguirá en 0,5% el tipo de interés a diez años?

¿Y si otros factores (por ejemplo, una caída abrupta del crecimiento en los mercados emergentes) provocaran un aumento súbito del tipo de interés real en todo el mundo o de la prima de riesgo de la deuda japonesa? En principio, Japón podría capear el temporal sin alta inflación ni otras medidas extremas, pero es absurdo negar la vulnerabilidad del país. Un fondo especulativo puede cerrar, no así una gran nación.

La sostenibilidad fiscal demandará tarde o temprano una subida del impuesto al consumo, y está claro que Japón no puede esperar a que los inversores internacionales empiecen a dudar de su voluntad de hacerlo. El problema es cuándo y cómo. La postergación del segundo aumento parece un buen modo de hallar un término medio entre alcanzar la velocidad de escape de la economía y mantener la credibilidad a largo plazo.

Sin embargo, esto nos lleva otra vez a los problemas más serios de Japón. Las políticas de estímulo de la demanda no bastarán para impedir otras dos décadas perdidas; mucho menos para garantizar dos décadas doradas. La contracción demográfica tuvo mucho que ver con el inicio de la crisis financiera japonesa de 1992 y el largo malestar que siguió. Aunque Japón todavía es un país rico, su ingreso real per cápita ya fue superado por muchas economías avanzadas (entre ellas el Reino Unido, según algunas mediciones) y es muy inferior al de Estados Unidos.

Europa puede aprender mucho de la experiencia japonesa; sobre todo, que las políticas de estímulo, aunque necesarias a corto plazo para sostener la demanda, no pueden resolver deficiencias estructurales duraderas. Si la Abenomics 2.0 no encara una profunda reforma estructural, no le irá mejor que a la versión original.

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