Opinión: Las divisas que se hunden


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Múnich. Para muchas economías emergentes, el 2014 ha tenido un arranque sombrío. Las inquietudes por la pronunciada desaceleración de la economía china y la abrupta devaluación del peso argentino respecto al dólar estadounidense, han desencadenado una fuerte presión para vender divisas de una serie mercados emergentes. Sin embargo, la volatilidad actual no presagia un crecimiento menos dinámico sostenido en economías emergentes en conjunto. Es necesario hacer la distinción, y eso es lo que están haciendo ahora los mercados financieros.

La magnitud del daño varía ampliamente de un país a otro. Por ejemplo, los problemas que ahora acosan a Argentina no son nuevos. Al contrario, son la consecuencia inevitable de años de políticas mal administradas que han provocado una alta inflación, una moneda seriamente sobrevaluada y una erosión enorme de las reservas extranjeras.

En contraste, las monedas de los mercados emergentes de Europa Central y Oriental se han mantenido relativamente estables. Por ejemplo, gracias al sólido desempeño económico de Polonia, el zloty ha conservado en esencia su tipo de cambio frente al euro, que ha perdido valor por 2,2% desde el comienzo del año (a partir de principios de febrero). El forint húngaro perdió poco más de 5% respecto de la moneda única durante el mismo periodo, pero fue menos abrupto que en el pasado, cuando los problemas macroeconómicos del país provocaron una mayor susceptibilidad del tipo de cambio a variaciones en la confianza del mercado.

La estabilización de la economía de la eurozona y la reducción de los desequilibrios han ayudado a mejorar las perspectivas de los países de Europa Central y Oriental. Además, gran parte de estos países han tenido avances en lo que se refiere a resolver sus propios desequilibrios. En contraste, el rublo ruso ha continuado con su desplome prolongado este año, que para principios de febrero había perdido más de 5,5% de su valor frente al euro. Las razones son principalmente internas: un contexto de inversiones pobre, una pronunciada salida de capitales y un excedente agotado de la cuenta corriente.

Si se mira hacia América Latina, también se notan diferencias regionales considerables. El peso argentino, el principal culpable de la región, ha experimentado un desplome de su valor de 19% este año respecto al dólar estadounidense. En Brasil, las pérdidas reales del real en 2014 son relativamente leves, pero se producen inmediatamente después de la considerable depreciación del año pasado. Los capitales también avanzan hacia la salida en México y en Chile.

La dependencia de la región de materias primas provoca tensión. Si el crecimiento económico de China resulta ser menor a lo esperado, los precios de las materias primas y las exportaciones probablemente caerían, lo que socavaría el crecimiento de los países de América Latina. Sin embargo, como los indicadores globales de la producción industrial van en aumento desde la segunda mitad de 2013, lo que muestra especialmente mejoría en las economías avanzadas, los pronósticos sombríos de los mercados de las materias primas parecen meramente momentáneos.

Vistazo por Asia

Hasta ahora, las pérdidas de las monedas asiáticas han sido limitadas. El éxito surcoreano ha experimentado la caída más importante, 3% desde el comienzo de año hasta principios de febrero (aunque esto se produce después de una tendencia al alza prolongada). Las monedas de la India y de Indonesia han capeado muy bien el mal tiempo, pero ambos países tuvieron devaluaciones fuertes el año pasado. La rupia india, que se ve abrumada por un déficit de cuenta corriente crónico, una elevada inflación persistente y una pronunciada desaceleración del crecimiento, había perdido 11% anual para finales de 2013.

Paradójicamente, China, que es el país que en estos momentos atrae todas las miradas, es la única economía emergente importante cuya moneda se sobrevaluó ligeramente frente al dólar estadounidense en enero. Dados los enormes desafíos para China –reequilibrio de su modelo de crecimiento y abordar la cuestión de las burbujas inmobiliarias y de crédito–, este hecho es extraordinario. Las autoridades chinas estás preparadas para endurecer la política monetaria e imponer medidas de regulación a fin de contener la coyuntura de deuda, que representará un sacrificio para el crecimiento económico de corto plazo con la intención de regresar al curso de crecimiento estable. Evidentemente, los mercados piensan que las autoridades podrán con la tarea.

En cuanto a Turquía, que es un país cuyo enorme potencial de crecimiento se ha visto arruinado por desequilibrios importantes, no ha sido tan afortunada. La lira turca es objeto de críticas, se ha depreciado más de 7% frente al euro en enero, y 24% desde mediados del año pasado. Sin embargo, era previsible la vulnerabilidad de Turquía a un cambio abrupto de la tolerancia de riesgo de los mercados financieros. Los déficits en cuenta corriente agotados (financiados principalmente por entradas de capital de corto plazo), la incertidumbre política interna y los periodos anteriores de política monetaria poco ortodoxa, han socavado en conjunto la confianza de los inversionistas en meses recientes. Al igual que China, los procesos necesarios de ajuste influirán en el crecimiento de corto plazo, pero las perspectivas a mediano y largo plazo son positivas.

Evidentemente, los mercados financieros están castigando a las divisas de países que, debido a desequilibrios macroeconómicos o inestabilidad política, son susceptibles de sacudidas externas de cualquier tipo. En efecto, algunos actores temen que la espiral de depreciaciones, inflación más elevada y tasas de interés crecientes podría crecer hasta convertirse en una crisis de confianza a gran escala.

Sin embargo, si bien no se puede descartar más salidas de capital, no todos los inversionistas siguen la corriente. Dados los precios a niveles mucho más favorables en los países afectados, las medidas políticas para restablecer la confianza podrían alentar rápidamente a los inversionistas audaces a hacer intentos por seguirla.

En términos generales, las devaluaciones pueden ayudar a impulsar la competitividad y reducir déficits externos. Sin embargo, en el corto plazo, pueden empeorar los problemas económicos al incitar demandas de salarios más altos, lo que estimularía las presiones inflacionistas, y aumentaría los costos de financiamiento externo.

En estas circunstancias, la política monetaria debe tener un papel de reequilibrio. A fin de contrarrestar un crecimiento de la inflación interna estimulada por la devaluación, el banco central necesita aumentar tasas de interés clave, pero sin sofocar la economía. Es más probable que los responsables del diseño de políticas sean efectivos en la medida en que las reformas internas abordan desequilibrios macroeconómicos y otros obstáculos al crecimiento de largo plazo.

Sostenbilidad y financiamiento