OPINIÓN

Fragmentación del Bretton Woods


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Laguna Beach. El mundo ha cambiado considerablemente desde que los líderes políticos de 44 países aliados se reunieron en 1944 en Bretton Woods, New Hampshire, con el objetivo de crear un marco institucional para el orden económico y monetario luego de la Segunda Guerra Mundial. Lo que no ha cambiado en los últimos 70 años es la necesidad de instituciones multilaterales fuertes. Sin embargo, el respaldo político nacional a las instituciones de Bretton Woods (el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial) parece haber alcanzado un mínimo histórico, lo que mina la capacidad de la economía global de alcanzar su potencial y contribuye a la inseguridad geopolítica.

Cuando tuvo lugar la conferencia de Bretton Woods, sus participantes entendieron que el FMI y el Banco Mundial eran integrales a la estabilidad global. De hecho, ambas instituciones fueron diseñadas para desalentar a los países individuales de adoptar políticas cortoplacistas que perjudicaran el desempeño de otras economías, incitaran a acciones de represalia y, en definitiva, afectaran a toda la economía global. En otras palabras, están destinadas a impedir el tipo de políticas proteccionistas que muchas economías importantes adoptaron durante la Gran Depresión de la década de 1930.

Es más, al promover una mejor coordinación de las políticas y un pool de recursos financieros, las instituciones de Bretton Woods promovieron la efectividad de la cooperación internacional. Y mejoraron la estabilidad al ofrecer un seguro colectivo a los países que enfrentaban dificultades temporarias o se esforzaban por satisfacer sus necesidades de financiamiento del desarrollo.

Cuesta identificar más que un pequeño puñado de países que no se hayan beneficiado de alguna manera gracias al FMI o al Banco Mundial. Sin embargo, los países parecen dudar a la hora de contribuir a la reforma y fortalecimiento de estas instituciones. De hecho, un creciente número de países sistémicamente importantes han tomado medidas que están minando al Fondo y al Banco, aunque, en su mayoría, de manera inadvertida.

En los últimos años, la creciente presión política interna ha llevado a gobiernos occidentales a adoptar políticas cada vez más insulares. Y, hace apenas unas semanas, los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) tomaron medidas destinadas a impulsar un pool de reservas de moneda extranjera para ayudar a aliviar las presiones de liquidez de corto plazo y establecer su propio banco de desarrollo, un desafío directo al FMI y al Banco Mundial.

En rigor de verdad, a diferencia de los acuerdos paralelos existentes, que siempre han sido de naturaleza regional y están destinados a complementar el trabajo del FMI y del Banco Mundial, el Nuevo Banco de Desarrollo y el acuerdo de reservas de contingencia de los BRICS no se basan en vínculos culturales, geográficos o históricos. Por el contrario, están basados en una frustración compartida frente a derechos caducos a los que se aferran Estados Unidos y Europa, derechos que están disminuyendo la credibilidad y la efectividad de las instituciones de Bretton Woods.

Más importante, Europa y Estados Unidos siguen resistiendo el pleno desmantelamiento de un sistema de nombramientos basado en la nacionalidad que favorece a sus ciudadanos para los puestos de liderazgo más altos dentro del FMI y el Banco Mundial, a pesar de ofrecer la promesa ocasional de cambio. Es más, han sofocado todos los esfuerzos por reformular el equilibrio de la representación incluso de manera marginal. En consecuencia, Europa occidental goza de un nivel inmensamente desproporcionado de representación, y las economías emergentes, a pesar de su creciente importancia sistémica, apenas tienen voz. Y, durante la crisis de deuda de la eurozona, los líderes europeos manifestaron pocas dudas en cuanto a intimidar al FMI para que desdeñe sus propias reglas de crédito.

En este sentido, son los países que encabezaron la creación de las instituciones de Bretton Woods los que plantean la mayor amenaza a su legitimidad, impacto y, en definitiva, relevancia. Después de todo, no es razonable esperar que las economías emergentes respalden a instituciones que ofrecen ventajas injustas a países que tantas veces pregonan la importancia de la meritocracia, la competencia y la transparencia. Esta es la razón por la cual ahora están decididos a usar su peso económico colectivo para eludir estas instituciones.

Otro desafío para el sistema monetario internacional reside en la proliferación de acuerdos de pago bilaterales. Al evitar estructuras más eficientes e inclusivas, estos acuerdos minan el multilateralismo. En algunos casos, hasta entran en conflicto con las obligaciones de los países según los Acuerdos de Bretton Woods.

Las consecuencias de este proceso gradual de fragmentación se extienden mucho más allá de las oportunidades económicas y financieras perdidas, e incluyen una cooperación política más débil, menores interdependencias y, a su vez, crecientes riesgos geopolíticos. No hace falta mirar mucho más allá del caos actual en Ucrania o Irak para entender qué puede pasar si no existen estructuras multilaterales creíbles capaces de hacer frente a los acontecimientos en situaciones de crisis.

Más fortaleza

Sin embargo, basta de hablar de los problemas. ¿Qué pasa con las soluciones? Sencillamente, el FMI y el Banco Mundial necesitan con urgencia reformas que los fortalezcan.

Con unas pocas medidas clave –ninguna de las cuales es técnicamente complicada–, las instituciones de Bretton Woods pueden dejar atrás la mentalidad de 1944 y empezar a reflejar las realidades de hoy y mejorar las oportunidades de mañana. Esas reformas incluyen la eliminación de los nombramientos con base en la nacionalidad; ajustes en la representación que permitan que las economías emergentes ganen más influencia a expensas de Europa; y más igualdad e imparcialidad en las decisiones vinculadas a los préstamos y la supervisión económica.

El desafío consistirá en superar la resistencia política, algo no menor en un momento en el que la polarización interna hizo que los políticos se vuelvan cautelosos a la hora de respaldar públicamente un multilateralismo económico. Los repetidos rechazos por parte del Congreso de Estados Unidos de un conjunto de reformas mucho más limitado –que fue aprobado por la mayoría de los otros países en 2010-2012, que no impone ninguna obligación financiera progresiva a Estados Unidos y que no implica ninguna reducción del poder de voto o influencia de Estados Unidos– es un buen ejemplo.

El egoísmo ilustrado debe superar estos obstáculos políticos. Cuanto más tiempo los líderes mundiales resistan la abrumadora necesidad de una reforma, peores serán las perspectivas económicas y financieras futuras del mundo, para no mencionar su situación de seguridad.

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