OPINIÓN

Años flacos de la política occidental


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Nueva York. Desde mi adolescencia, me han fascinado las permutaciones e intrigas de la política nacional. Hoy en día, mi interés se centra en tendencias políticas más amplias que también pueden ayudar a explicar cuestiones económicas globales.

Una de esas tendencias es la fragmentación y polarización política de las democracias occidentales. Movimientos extremistas, algunos dentro de las estructuras políticas establecidas, y otros que buscan crear nuevas, están aplicando presiones a los partidos tradicionales, lo que les dificulta movilizar a sus electores y en ocasiones, verdaderamente, les perjudica. Los partidos viejos, preocupados por no dar una impresión de debilidad, se han vuelto reacios a cooperar con sus opositores.

La consiguiente negativa a trabajar juntos en los principales problemas de la actualidad ha tenido un impacto importante en la política económica. El diseño de las políticas, que solían formularse en el centro político, donde se han posicionado las democracias occidentales desde hace mucho, se está conformando cada vez más por las obstinadas fuerzas de extrema derecha e izquierda.

Debe decirse que este enfoque ha dado resultados a veces buenos y a veces malos. Pero el resultado general ha sido una parálisis de las políticas que ha causado problemas incluso en los elementos más básicos de la gobernanza económica (como aprobar activamente un presupuesto en los Estados Unidos).

Sobra decir que cuantos más desafíos de gobernanza y política haya a nivel interno, más difícil se vuelve la cooperación regional y global.

El Tea Party de los Estados Unidos es un buen ejemplo. Tras el éxito que tuvo a nivel nacional en las elecciones legislativas intermedias de 2010, muchos parlamentarios republicanos se preocuparon tanto por asegurar su “base” partidaria para sus próximas reelecciones que ya no quisieron participar en los esfuerzos de cooperación bipartidista que son la base del diseño de políticas económicas efectivas.

No obstante, ese no fue el único impacto del Tea Party. Al contribuir al cierre de las operaciones del Gobierno Federal y plantear en repetidas ocasiones la amenaza de una quiebra técnica, puso en riesgo la recuperación ya de por sí débil de la economía estadounidense. Si bien el movimiento ha evolucionado y ya no es la amenaza que era para la economía estadounidense, sigue contribuyendo a la parálisis política general.

Europa parece estar yendo en la misma dirección. Varios partidos no tradicionales –muchos de los cuales defienden un tema único– están cobrando cada vez más importancia. Movimientos como el Frente Nacional francés, que está en contra de la inmigración, están haciendo que los partidos tradicionales estén más dispuestos a complacer a los extremistas para conservar su apoyo.

Desde luego, su temor no es irracional, como lo constató Pasok, partido de izquierda de larga tradición en Grecia, cuando el Partido Syriza, de extrema izquierda y que se opone a las medidas de austeridad, obtuvo la victoria en enero. Eso no cambia, sin embargo, el hecho de que la necesidad de los partidos de afrontar sus temores electorales está provocando daños serios al diseño de las políticas nacionales.

En efecto, la mayoría de los partidos tradicionales están tan ocupados defendiéndose que no están muy dispuestos a aplicar el pensamiento estratégico orientado al futuro que se necesita para dar nuevas energías a los modelos de crecimiento agotados, afianzar la estabilidad financiera y asegurar que la innovación tecnológica facilite una prosperidad de bases amplias. Como resultado, las economías occidentales están teniendo crónicamente un desempeño menor a su potencial, y corren el riesgo de dañar su potencial futuro.

Oportunidad perdida

Por eso, es probable que las generaciones futuras recuerden esta época como una de oportunidades económicas perdidas. En lugar de ceder ante la polarización y la parálisis, los encargados del diseño de políticas deberían promover inversiones en infraestructura que mejoren el crecimiento y la productividad, financiadas a tasas de interés excepcionalmente bajas, acelerar las reformas del mercado laboral y trabajar para abordar la desigualdad del ingreso y la riqueza que limita cada vez más el acceso a las oportunidades económicas.

De modo similar, deberían modernizar las estructuras fiscales incoherentes e irregulares plagadas de exenciones injustas. También deberían trabajar en reformas migratorias que renueven un sistema que castiga el talento, promueve las malas conductas y, como lo demuestran los miles de migrantes que se han ahogado en años recientes en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa, a menudo conduce a tragedias.

A pesar de la insatisfacción generalizada con las instituciones políticas en muchos países occidentales –por ejemplo, el Congreso de los Estados Unidos tiene índices de aprobación muy bajos–, es difícil saber cómo se puede desbloquear la situación. En los partidos tradicionales, las fuerzas que promueven el rejuvenecimiento son débiles y desiguales. Si a esto añadimos la polarización de los medios informativos casi tribales, que pueden ampliar las divisiones en la sociedad, es claro que el margen para una transformación colaborativa es extremadamente limitado.

Por su parte, muchos de los partidos extremistas están teniendo problemas para llegar al poder, a pesar de su creciente popularidad, lo que quedó demostrado en las recientes elecciones en el Reino Unido. Los que tienen éxito, como Syriza, pronto se frustran con los sistemas en gran parte inamovibles en los que deben operar, situación que su falta de experiencia en el gobierno complica aún más.

Con el tiempo los sistemas políticos occidentales evolucionarán para satisfacer las necesidades de sus economías. Mientras tanto, la gran mayoría de las empresas y los hogares tendrán que conformarse con sistemas que hacen relativamente menos para ayudarles a alcanzar su potencial, lo que los coloca en desventaja ante competidores que operan en sistemas que los apoyan más.

En cierta medida, las innovaciones tecnológicas compensarán ese vacío, pues permitirán a los individuos y las empresas autogestionar sus vidas, que a su vez creará focos de excelencia y bienestar.

Aunque para algunos esto significa buenas noticias, no es suficiente para frenar la creciente desigualdad de ingreso, riqueza y oportunidades, o desencadenar la prosperidad incluyente que las economías occidentales pueden y deben estar generando.

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