Opinión: Después del dólar


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Nueva York. Resulta simbólico que la cumbre de los Brics en Fortaleza, Brasil, haya tenido lugar exactamente siete décadas después de la Conferencia de Bretton Woods, que creó al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial. El resultado final del encuentro de los Brics fue el anuncio del Nuevo Banco de Desarrollo, que movilizará recursos para proyectos de infraestructura y desarrollo sostenible, y un Acuerdo de Reservas para Contingencias, para brindar liquidez mediante swaps de monedas.

La Conferencia de Bretton Woods marcó uno de los mayores ejemplos en la historia de cooperación económica internacional; aunque nadie aún puede decir si las iniciativas de los Brics tendrán éxito, representan un importante desafío a las instituciones de Bretton Woods, que debieran reaccionar. Repensar el rol del dólar estadounidense en el sistema monetario internacional es un buen ejemplo.

Una de las características clave del sistema de Bretton Woods era que los países vincularían sus tipos de cambio al dólar estadounidense. Si bien el sistema en realidad fue eliminado en 1971, el rol central del dólar estadounidense en el sistema monetario internacional se mantuvo intacto, una situación que muchos países cada vez están menos dispuestos a aceptar.

La insatisfacción con la función del dólar como moneda de reserva mundial dominante no es novedad: en la década de 1960, el ministro francés de finanzas, Valéry Giscard d’Estaing, condenó, con una famosa frase, el “exorbitante privilegio” que la situación del dólar otorgaba a Estados Unidos.

No se trata simplemente de una cuestión de justicia. Según el economista belga Robert Triffin, un sistema monetario internacional basado en una moneda nacional es inherentemente inestable debido a las tensiones resultantes entre los intereses inevitablemente divergentes del país emisor y del sistema internacional en su conjunto.

Triffin advirtió sobre esto hace más de 50 años, pero su postura ganó adeptos recientemente debido a que, con el ascenso de China, el mundo está cada vez menos inclinado a tolerar la inestabilidad que causa un sistema denominado en dólares. La solución, sin embargo, no reside en reemplazar al dólar con el yuan, sino en fortalecer el rol de la única moneda verdaderamente mundial: los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI.

Después de la creación de los DEG en 1969, los miembros del FMI se comprometieron a convertirlos en “el principal activo de reserva del sistema monetario internacional”, según lo indica su Convenio Constitutivo. Pero la peculiar forma en que los DEG fueron adoptados limitó su utilidad.

Una nueva moneda

Para comenzar, la separación entre la cuenta DEG y la cuenta general del FMI llevó a que fuera imposible utilizar los DEG para financiar los créditos de ese organismo. Además, si bien los países perciben intereses por sus tenencias de DEG, también deben pagar intereses por las asignaciones que reciben en esa moneda. En otras palabras, los DEG son tanto activos como pasivos; funcionan como una línea de crédito garantizado para el tenedor: una especie de facilidad de sobregiro incondicional.

Sin embargo, los DEG han demostrado su utilidad. Después de las asignaciones iniciales en 1970-1972, se emitieron más para aumentar la liquidez global durante grandes crisis internacionales: en 1979-1981, en 1997 y, especialmente, en 2009, cuando se efectuó la mayor emisión, equivalente a $250.000 millones.

Si bien los países desarrollados –incluidos EE. UU. y el Reino Unido– han hecho uso de sus asignaciones, los principales usuarios han sido los países en desarrollo y, especialmente, los de bajos ingresos. De hecho, esta es la única forma en que los países en desarrollo (con excepción de China) participan en la creación de dinero internacional.

Muchas estimaciones indican que, dada la demanda adicional de reservas, el mundo podría absorber asignaciones anuales de $200-300.000 millones, o más aún. Esto ha llevado a que muchos –incluidos el gobernador del Banco Popular Chino, Zhou Xiaochuan; la Comisión Stiglitz, respaldada por las Naciones Unidas; la Iniciativa del Palais Royal, conducida por el exdirector gerente del FMI, Michel Camdessus; y la Fundación Internacional Triffin– soliciten cambios en el sistema monetario internacional.

En 1979, el economista del FMI Jacques Polak, quien fue parte de la delegación holandesa en la conferencia de Bretton Woods, bosquejó un plan para lograr exactamente eso. Sus recomendaciones incluyen, ante todo, que las operaciones del FMI se efectúen en DEG, lo que exigiría poner fin a la separación entre las cuentas en DEG y las generales de esa institución.

La forma más sencilla de alcanzar esta visión sería la de asignar DEG como activo con reservas del 100%, que los países podrían usar o depositar en sus cuentas del FMI. El FMI usaría esos depósitos para financiar sus operaciones de crédito en vez de depender de asignaciones de cuotas o “acuerdos generales para la obtención de préstamos” de los miembros.

Podrían agregarse otras disposiciones. Para atender a las elevadas demandas de moneda de los países en desarrollo y ampliar al mismo tiempo su rol en la creación de dinero internacional, podría crearse una fórmula para otorgarles una mayor participación de la que actualmente reciben en las asignaciones de DEG.

También podría fomentarse el uso privado de los DEG, aunque probablemente eso enfrentaría una fuerte oposición por parte de los países que actualmente emiten monedas de reserva internacional, especialmente Estados Unidos.

Mantener los DEG como “dinero de bancos centrales” puro eliminaría esa oposición y les permitiría complementar y estabilizar el sistema actual, en vez de hacerlo caer.

Así como el marco de Bretton Woods devolvió el orden en la economía mundial después de la Segunda Guerra Mundial, un nuevo marco monetario, apuntalado por una moneda verdaderamente internacional, podría fortalecer la tan necesaria estabilidad económica y financiera. Todos, incluso EE. UU., se beneficiarían con ello.

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