Opinión sobre el editorial anterior. Empleo y educación. Edición 974

Por:  7 junio, 2014

Una aspiración nacional es que el sistema educativo ofrezca una formación pertinente y de calidad, que atienda las necesidades del sector productivo. Cuánto se logra esta articulación es la pregunta que surge. Responderla con datos reales es imposible porque el país no dispone de un sistema de seguimiento de la demanda de empleo, ni siquiera para sectores productivos específicos. Déficit que dificulta la función del Estado de planificar la oferta educativa en el mediano y largo plazo.

No obstante, la información disponible permite constatar elementos relevantes.

La afirmación de que muchos profesionales y técnicos carecen de oportunidades de empleo es debatible con datos de la Encuesta de Hogares: en el 2013 el desempleo en profesionales y técnicos fue apenas 3,5% frente al 8,5% nacional. La última encuesta de seguimiento de graduados del Consejo Nacional de Rectores (CONARE) identificó bajos niveles de desempleo entre universitarios y mostró que 8 de cada 10 graduados tienen empleos que guardan alta relación con sus carreras, lo que refleja que las universidades han respondido a la demanda del mercado.

Un rasgo preocupante de la pirámide ocupacional es que tiene una cintura muy delgada, es decir, poca población con formación técnica media y superior (apenas 17%) limitando el crecimiento del parque empresarial. Esta debilidad se explica por la escasez de oferta parauniversitaria, débil generación de técnicos superiores del INA y un sistema educativo que históricamente relegó la educación técnica y no ha sido capaz de articularla con otros niveles educativos. Resolver esto requiere una política de estado en este campo.