Por: Constantino Urcuyo 2 enero, 2016

Un país con más de 17.000 leyes, muchas de ellas con artículos que se contradicen entre sí.

Un país en que el Estado y su burocracia destruyen valor económico como consecuencia de sus excesos en trámites, costos injustificables, plazos ridículos, redundancia en sus procesos y la mala calidad de los servicios que brindan.

Un país en donde los políticos luchan constantemente por el poder y se enfrascan en eternas luchas ideológicas sin realmente dedicar sus esfuerzos a promover el crecimiento económico, el progreso social y la sostenibilidad con la eficiencia y constancia que requieren.

Un país donde la democracia no significa respetar el deseo de las mayorías sino proteger los derechos de las minorías, al punto en que estas terminan controlando las decisiones.

Un país que solo educa al nivel necesario al 50% de sus jóvenes y en el que las universidades y centros de formación técnica son ineficaces frente a las necesidades de capital humano del país.

Un país con cámaras de productores con visión de túnel, sindicatos egoístas e intransigentes, y ciudadanos frustrados y apáticos.

Un país con un millón de pobres que no se justifican ante la magnitud del gasto e inversión que se hace en política social, víctimas en buena parte de todo lo anterior.

Pero también un país rico en recursos naturales, fuentes de energía y agua abundante; con ubicación geográfica privilegiada, con una imagen internacional positiva y con una altísima diversificación productiva y de exportaciones.

Un país socialmente innovador que muchas veces se adelantó a su tiempo con políticas sociales, laborales, ambientales e instituciones que le permitieron ser eficiente en convertir su crecimiento económico en progreso social y sostenibilidad.

Un país que a lo largo de su historia tuvo líderes visionarios que se adelantaron a su tiempo.

¿Cuál Costa Rica seremos en este 2016?

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