Por: Constantino Urcuyo 19 septiembre, 2015

Sin libertad de expresión no hay democracia.

Sin libertad de petición, tampoco.

Sin embargo, la democracia trasciende el ejercicio de estas libertades.

Elecciones libres y genuinas, división de poderes, libertades constitucionales, desarrollan la ciudadanía más allá del desfile callejero.

La fuerza del número al margen de las urnas sin conteo imparcial del voto es imposición del tumulto. La aglomeración, la multitud y la turba no deliberan, solo expresan revoltijos sectoriales. La desorganización del montón no sustituye a la deliberación reflexiva. El megáfono y la consigna no reemplazan al voto libre.

La persona y su racionalidad se diluyen en masa amorfa, en la estampida de la manada, en la jauría desbocada.

Las instituciones constituidas requieren de adaptación a las circunstancias cambiantes, pero el cambio ha de ser ejercicio responsable (responder) de la libertad frente a hechos objetivos.

En la muchedumbre desaparece el ejercicio personal de la libertad, cada quien se escuda en el anonimato, desaparece la autonomía de las voluntades avasalladas por el rebaño y por la manipulación de las emociones dirigida por arrieros de la demagogia.

Del ejercicio de las libertades pueden surgir sus sepultureros, en nombre de la libertad y la democracia aparecen supuestos líderes providenciales, camuflados de blancas ovejas democráticas.

La democracia callejera emerge de las apariencias, de un ejercicio supuesto de las libertades; sin embargo, del desenfreno de la horda solo surge la imposición de la fuerza, la democracia de la calle es tiranía y despotismo.

La aritmética de los números solo engendra democracia cuando está sujeta al conteo honesto e imparcial de las voluntades ciudadanas. La fuerza de la mayoría no se cuenta en la calle y ha de estar siempre sujeta a la Constitución. En ausencia de sufragio libre y de respeto a los derechos de las minorías, solo existirán alboroto, dictadura y autoritarismo.