Por: Constantino Urcuyo 13 mayo
“Ni corrupto ni ladrón”
“Ni corrupto ni ladrón”

Los resultados de las elecciones francesas, holandesas y austríacas demuestran que el populismo tiene límites.

El virus populista no se transmite espontáneamente, requiere insertarse en circunstancias socioeconómicas y culturales particulares. El desarrollo de políticos populistas está condicionado por la existencia de crisis importantes. Siempre existirán malestares sociales, pero para que un populista tenga éxito, es preciso la existencia de situaciones de ruptura.

El populismo nazi se nutrió de la crisis económica, el populismo trumpiano del miedo al inmigrante y de las pérdidas de empleos originadas en la globalización y la automatización. El lepenismo, del miedo a la inmigración y al terrorismo. No obstante, a pesar de esas circunstancias, los populistas pueden ser derrotados, aunque no contenidos enteramente, como lo acaba de demostrar Macron en Francia.

El primer ministro holandés logró robarle parte del discurso al populista Wilders, aunque con ello se aproximó al discurso adversario. Versiones light del populismo antinmigrante o punitivista pueden neutralizarlos, pero corren el riesgo de igualarse con ellos.

Ignorarlos o enfrentarlos directamente puede promoverlos, pues les dejan el terreno libre o potencian su visibilidad cuando todavía no han despegado en el escenario político.

La introducción de agendas positivas puede quitar espacio a populistas monotemáticos que no van más allá de temas estereotipados. Los candidatos democráticos pueden obligarlos a luchar en otros terrenos, para ocupar ellos los escenarios del futuro y de lo nuevo.

La agenda racional apoyada en emociones fuertes (esperanza) opuestas a las agendas apocalípticas pueden desarticular el simplismo de políticos antipolíticos que solo ven en blanco y negro.

La derrota de los populistas pasa por reconocer que hay razones para el enojo, pero da expresión a este en términos diferentes de los de los demagogos. La batalla no se ha perdido todavía.

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