Por: Constantino Urcuyo 15 junio, 2013

Se habla de crisis de los partidos y crisis de representación; sin embargo, los análisis están preñados de visiones nostálgicas, puristas o emocionales.

Los nostálgicos añoran un ideal que nunca existió, pues lo cierto es que el caudillismo heredado de la Guerra del 48 solo conformó bandos que continuaron con la guerra civil por otros medios.

Esta visión que añora estructuras perfectas es errónea, pues los partidos después del cuarenta y ocho solo llegaron a ser algo más que maquinarias electorales.

Desde la academia se ha buscado comparar a los partidos usando teorías que refirieren a un abstracto cuadro de funciones partidarias, con poca relación con los procesos nacionales.

El partido ideal nunca ha existido en nuestro país; es necesario entender de previo la trayectoria política de nuestras organizaciones partidarias, la historia concreta debe ser la guía de la teoría. Los académicos hacen causa común con los nostálgicos de la Edad de Oro, solo que desde la universidad se añora lo ideal y desde la clase política tradicional el bipartidismo.

Desde la indignación se rechaza a los partidos como madrigueras de ladrones, pero se ignora la proliferación de partidos nuevos y temáticos, igualando a todos en el rechazo.

Entender la crisis de los partidos significa ubicarlos en el contexto de una sociedad transformada. El bipartidismo surgía del recuerdo de un enfrentamiento, de una sociedad marcada por la ruralidad y la pasividad ciudadana.

En la medida en que la sociedad cambia, aparecen nuevas generaciones apartadas del hecho fundador de la Segunda República, el país se urbaniza, la ciudadanía despierta y se activa.

Sin embargo, las estructuras partidarias siguen tratando de representar a una sociedad que ya no existe.

El gran reto histórico reside en que las viejas organizaciones partidarias se adapten a la nueva sociedad, mientras que los nuevos partidos traten de representarla adecuadamente.

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