21 diciembre, 2013

El hecho de que el tema del déficit fiscal aún no se ha convertido en una crisis nacional se debe, únicamente, a la robustez y seriedad con que se han manejado en tiempos recientes la variables de la política económica. Pero esto no quiere decir que estemos bien.

Mantener la estabilidad de la economía con un déficit grande y creciente –del 5,8% del PIB, según se proyecta para el 2014– no se logra sin sacrificio de algunas otras variables importantes como el costo del dinero, el empleo, la inflación o el crecimiento económico y, en última instancia, el bienestar de los costarricenses.

Existen dos tipos de opciones para subsanar el déficit. La primera pasa por la responsabilidad fiscal que implica una combinación de la reducción del gasto y la inversión con el aumento del ingreso fiscal, ya sea por vía de nuevos impuestos o de mejoras significativas en el proceso de recaudación. Esta opción es políticamente costosa, pues siempre hay grupos que se sienten directamente maltratados ya sea por los nuevos tributos o por el énfasis en recaudar de ellos los faltantes.

La segunda opción es por vía del incremento de la deuda. También tiene dos versiones: el aumento de la deuda interna y el aumento de la deuda externa. En tiempos recientes se ha recurrido a una combinación de estas dos para enfrentar las brechas fiscales por medio de emisiones de bonos internacionales y el aumento de la deuda interna, con lo cual se pone presión sobre el costo del dinero, haciendo más cara la inversión y contribuyendo a la desaceleración de la economía, con lo cual se arriesga caer en una espiral viciosa de la que es difícil escapar: menos inversión, menor crecimiento, menos empleo, menos consumo, menos recaudación, mayor déficit.

Lo responsable en este caso es enfocarse sobre la primera opción: la responsabilidad fiscal. Esto es lo que el actual ministro de Hacienda está tratando de promover por medio del diálogo fiscal, pero nos queda la impresión de que ha sido mucho más creativo en la identificación de nuevas oportunidades de recaudación que en proponer una reducción fuerte y clara del “gasto público en trópico”: aquel que no crea mayor productividad, bienestar o sostenibilidad en el sistema.

En el mercado internacional, tanto en Europa como en Estados Unidos hay una presión, aún moderada pero firme, hacia el aumento de las tasas de interés, por lo que la vía de la deuda corre el riesgo que las obligaciones financieras sigan absorbiendo una proporción mayor del gasto del Gobierno, limitando aún más la inversión y cayendo en la espiral viciosa ya descrita. Y en general no es buena política económica incurrir en deuda que no tiene retorno en productividad o servicios a la población.

No cabe duda de que el Ministro de Hacienda y quien le suceda en el cargo tienen una ardua tarea por delante. Pero bien harían los candidatos presidenciales en dialogar de este tema ahora que no hay un seguro ganador para tratar de lograr un acuerdo de principios sobre la forma en que se enfrentará el reto que implica el creciente déficit para el país.

Una equivocación en este campo puede truncar completamente la labor de un futuro gobierno. Y la respuesta correcta es apostar todos juntos a la responsabilidad fiscal: una reducción seria del gasto y un aumento inteligente de los ingresos. Cualquier otra respuesta conlleva riesgos inaceptables para quien nos gobierne en los próximos cuatro años y, más aún, para todos los costarricenses.