Por:  9 agosto, 2015
 En defensa de Varoufakis, el exministro de Hacienda griego
En defensa de Varoufakis, el exministro de Hacienda griego

Londres. Se ha puesto de moda menospreciar a Yanis Varoufakis, exministro de Hacienda de Grecia: desde culparlo por el nuevo desplome de la economía griega hasta acusarlo de tramar ilegalmente la salida de Grecia de la zona del euro. Aunque no lo he conocido ni he hablado con él, creo que está recibiendo un rapapolvo (cada vez más fuerte) que no se merece. En ese proceso, se está desviando la atención de las cuestiones fundamentales relativas a la capacidad de Grecia para recuperarse y prosperar, tanto si permanece en la zona del euro como si decide salir de ella.

Esa es la razón por la que es importante tomar nota de las ideas que Varoufakis sigue encarnando. Los griegos y otros pueden criticarlo por aplicar su programa con demasiado poca cortesía mientras ocupó su puesto, pero la esencia de dicho programa era –y sigue siendo– en gran medida correcta.

Tras una impresionante victoria en las elecciones de su partido Syriza en enero pasado, el primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, nombró a Varoufakis para que dirigiera las delicadas negociaciones con los acreedores del país. Su mandato era el de renovar totalmente la relación de dos formas importantes: volver sus condiciones más favorables para el crecimiento económico y la creación de empleo, y restablecer el equilibrio y la dignidad en el trato a Grecia por parte de sus socios europeos y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Esos objetivos reflejaban la frustración y la decepción experimentadas por Grecia con dos planes de rescate administrados por “las instituciones” (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI). En su aplicación, Varoufakis se sintió respaldado por la magnitud de la victoria electoral de Syriza y obligado por la lógica económica a insistir en tres cuestiones que, según creen muchos economistas, se deben abordar, si se quiere restablecer un crecimiento sostenido: una austeridad menor y más inteligente, reformas estructurales que estén más al servicio de objetivos sociales y reducción de la deuda.

Dichas cuestiones siguen siendo pertinentes hoy, cuando Varoufakis ya no está en el Gobierno, como lo eran cuando las planteaba durante sus visitas a las capitales europeas y en unas tensas negociaciones hasta las tantas de la noche en Bruselas. De hecho, muchos observadores consideran el acuerdo para un tercer programa de rescate al que llegó Grecia con sus acreedores –apenas una semana después de que Varoufakis dimitiera– como más de lo mismo simplemente. En el mejor de los casos, el acuerdo dará un respiro, que probablemente resultará ser corto y vacío.

En parte, las críticas a Varoufakis reflejan menos la sustancia de sus propuestas que la forma como se dirigió a sus interlocutores. Rehuyendo la tradicional dualidad de franqueza en los debates privados y contención en los comentarios públicos, expuso enérgicamente sus posiciones a las claras y lo hizo de un modo cada vez más personal.

Ya se la considere ingenua o beligerante, no cabe duda de que esa actitud molestó e irritó a los políticos europeos. En lugar de modificar un marco normativo que durante cinco años no había cumplido sus objetivos declarados, se reafirmaron en sus posiciones y acabaron recurriendo al equivalente económico de la diplomacia de la cañonera y en su momento dijeron con claridad al jefe de Varoufakis, Tsipras, que el futuro de las negociaciones dependía de que se deshiciera de su heterodoxo ministro, cosa que hizo primero encargando a otra persona la dirección de las negociaciones y después nombrando a un nuevo ministro de Hacienda.

Un lío heredado

Ahora que ya no ocupa su cargo, se está culpando a Varoufakis de mucho más que de no haber adaptado su actitud a la realidad política. Algunos lo consideran el responsable del nuevo desplome de la economía griega, el cierre sin precedentes del sistema bancario y la imposición de unos controles de capitales asfixiantes. Otros piden investigaciones penales, al considerar equivalente a una traición la labor que dirigió sobre un plan B (por el cual Grecia introduciría un nuevo sistema de pagos paralelo o substituto del euro).

Sin embargo, ya se lo ame o se lo odie (y, al parecer, pocas personas que lo han tratado se muestran indiferentes), Varoufakis nunca fue el árbitro del destino de Grecia. Es cierto que debería haber adoptado un estilo más conciliador y haber mostrado un mayor aprecio de las normas que rigen las negociaciones europeas y también que sobreestimó la capacidad de negociación de Grecia, al suponer erróneamente que recurriendo a la amenaza de su salida obligaría a sus socios europeos a reconsiderar sus posiciones, muy arraigadas, pero, respecto de la situación macroeconómica, esas cuestiones son de menor importancia.

Varoufakis no tuvo el menor control del lío económico que Syriza heredó cuando llegó al poder, caracterizado, entre otras cosas, por una tasa de desempleo que rondaba el 25% y un paro juvenil que había ascendido a más del 50% durante un largo período. No pudo influir en medida alguna en las opiniones que habían echado profundas raíces en otros países europeos y, por tanto, socavaban la capacidad de dichos países para modificarlos. No pudo contrarrestar la opinión profesada por algunos políticos de que el éxito de Syriza envalentonaría y fortalecería a otros partidos no tradicionales de toda Europa.

También habría sido irresponsable que Varoufakis no hubiera preparado, a puerta cerrada, un plan B. Al fin y al cabo, el destino de Grecia en la zona del euro estaba en gran medida –y sigue estando– en manos de otros (en particular, Alemania, el BCE y el FMI) y todavía no se ha demostrado que Varoufakis violara ley alguna al preparar junto con sus colegas su plan de contingencia.

A la hora de la verdad, Varoufakis afrontó la difícil disyuntiva de continuar con más de lo mismo, pese a saber que fracasaría, o intentar adoptar un nuevo planteamiento. Optó valerosamente por esto último. Si bien su desparpajo socavó los resultados, sería una verdadera tragedia perder de vista sus argumentos (que han expuesto también muchos otros).

Para que Grecia tenga una posibilidad realista de recuperación económica a largo plazo y haga realidad las aspiraciones legítimas de sus ciudadanos, las autoridades deben renovar totalmente su programa de austeridad, combinar sus reformas en pro del crecimiento con una mayor justicia social y lograr un alivio suplementario de la deuda y, para que Grecia permanezca en la zona del euro (cosa aún muy hipotética, aun después del último acuerdo), no solo debe ganarse el respeto de sus pares, sino que, además, estos deben tratarla con mayor respeto.