Por: Constantino Urcuyo 23 agosto, 2014

El diccionario define charral como el terreno poblado de matorrales y maleza. Un campo en esta condición requiere de limpieza para su adecuado uso en agricultura o ganadería.

El uso de este término por parte del presidente de la República alude a la complejidad de nuestro proceso político y a la necesidad de transformaciones urgentes.

El Presidente ha precisado su análisis en una entrevista señalando: “Costa Rica refleja en la Asamblea (Legislativa) el estado en que se encuentra ella misma en lo político y en lo sociológico. Es un país cada vez más fragmentado, en donde los consensos son cada vez más difíciles. Ningún grupo tiene capacidad de secuestrar nada ahí, ni un minuto de silencio”.

La naturaleza del problema es clara: una correlación de fuerzas políticas que produce un empate entre actores sociales y políticos, quienes no pueden materializar sus agendas, pero tienen poder de veto sobre las de los otros .

Ante esta situación se puede optar por la ruta institucionalista, apostando al cambio de las reglas sistémicas (transformación del régimen hacia el parlamentarismo) o por la ruta de la democracia directa, saltando por encima de la democracia representativa.

Lo complejo de la coyuntura impone respuestas serenas e inteligentes. El empate entre los actores obliga al diálogo y a la negociación permanentes; quien pretenda victorias absolutas y definitivas está condenado al fracaso.

Las reformas institucionales son necesarias, aunque limitadas a crear los mecanismos que faciliten el diálogo (interpelación regular y reglada de los ministros, por ejemplo).

El recurso a las vías de la democracia directa es también un camino, siempre que no se pretenda sustituir la democracia representativa por la democracia de la calle o por el corporativismo de las democracias sectoriales orgánicas.

Limpiar la finca no es descartar la democracia; matorrales y maleza deben ser sustituidos por una buena milpa y cosechadores activos.

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