OPINIÓN

Prometedoras fusiones bancarias


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La banca atraviesa tiempos difíciles. La combinación de tasas de interés persistentemente bajas, costos de cumplimiento en aumento y el surgimiento de nuevos competidores que ganan ventajas al hacer uso de tecnologías financieras ( fintech , para abreviar) ha producido, en Europa en especial, un exceso de capacidad y baja rentabilidad, así como también una fuerte tentación que conduce a la fusión.

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Dentro de un mercado difícil, las fusiones se constituyen en una decisión coherente, ya que permiten que los bancos reduzcan costos, compartan plataformas de tecnología de la información y aumenten su poder de mercado, y consecuentemente alivien la presión que se ejerce sobre sus márgenes de ganancia y, por lo tanto, puedan reconstituir su capital. Y, por supuesto, los bancos sí saben todo esto. Somos testigos de las recientes conversaciones sobre una posible fusión entre el Deutsche Bank y el Commerzbank, ambos de los cuales se enfrentaron a enormes disminuciones en su capitalización de mercado.

Por lo tanto, puede que una ola de fusiones esté en camino. La pregunta es si este abordaje realmente puede resolver los problemas de los bancos y beneficiar a la sociedad.

Sin lugar a dudas, las fusiones y las adquisiciones no siempre son una forma de escapar de los problemas. De hecho, la actividad de fusiones y adquisiciones –tanto en número y tamaño de transacciones– iba en aumento antes de la crisis financiera mundial del 2008. Tras alcanzar un pico máximo en el 2007, dicha actividad disminuyó, a medida que la reestructuración interna ganaba primacía, sobre todo en países como Grecia y España, donde se tuvieron que implementar programas de ajuste muy duros.

Además, el abordaje de fusiones y adquisidores no siempre funciona. En octubre del 2007, un consorcio formado por el Royal Bank of Scotland, Fortis y el Banco Santander adquirió ABN AMRO –la mayor adquisición bancaria del mundo hasta la fecha–. RBS y Fortis poco después se encontraron en problemas financieros y tuvieron que ser rescatados.

No obstante, los órganos de control están a favor de las fusiones con el propósito de salvar a los bancos en problemas. Las autoridades que regulan la competencia tienden a ser más reacias, ya que reconocen el peligro de que las fusiones a gran escala pueden consolidar estructuras de mercado que son contrarias a la competencia; y, simultáneamente, pueden crear una cantidad incluso mayor de bancos que son “demasiado grandes para quebrar”, los cuales pueden causar inestabilidad financiera en el futuro.

Sin embargo, a menudo se desautoriza a los reguladores de la competencia y estos se ven obligados a ceder y permitir dichas fusiones. El Departamento de Justicia de Estados Unidos estuvo de acuerdo con la fusión de Wells Fargo y Wachovia, entre otras fusiones, poco después de la crisis financiera del 2008, pero la autoridad de la Oficina de Comercio Justo del Reino Unido revocó la fusión entre HBOS y Lloyds.

La competencia no es la única fuente de tensión entre autoridades cuando se trata de fusiones. También existe fricción entre los supervisores nacionales –quienes prefieren las fusiones nacionales– y los supervisores supranacionales –quienes prefieren las fusiones transfronterizas dentro de su jurisdicción–.

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Entre los beneficios de la consolidación transfronteriza se encuentran el hecho de que el poder de mercado se diluye dentro de un mercado más grande y se logra una mayor diversificación; sin embargo, la ganancia de estos beneficios tiene un precio: las sinergias de costos se debilitan.

Desde la perspectiva de los bancos, las fusiones transfronterizas pueden, potencialmente, ser la mejor opción, siempre y cuando se produzcan dentro de un mismo marco de supervisión.

De esa manera, pueden beneficiarse de supervisión y determinaciones comunes.

El nuevo marco de supervisión de la eurozona, que está bajo la supervisión del BCE y que posee la autoridad para tomar determinaciones comunes, refleja el reconocimiento de los beneficios de las fusiones transfronterizas.

No obstante, Europa está retrasada con respecto a dicho tipo de fusiones, debido a una carencia más amplia de integración financiera. En los hechos, en la Unión Europea, son los bancos grandes de los países miembros los que tienden a ser los jugadores dominantes en el mercado nacional –por ejemplo, BNP Paribas en Francia o UniCredit en Italia–. En los Estados Unidos, ocurre lo contrario, son dichos bancos grandes –por ejemplo, el Bank of America, JP Morgan Chase y Wells Fargo– los que tienden a ser las instituciones dominantes en un gran número de distintos Estados.

Los bancos estadounidenses han tenido más espacio para diversificarse. Para los bancos europeos –que deben sortear grandes diferencias en cuanto a cultura, idioma y legislaciones cuando van tras la búsqueda de las fusiones transfronterizas– esto ha sido mucho más difícil, sobre todo porque muchos de ellos también tienen que cortar drásticamente sus excesos de capacidad. Como resultado, en el corto plazo, los bancos europeos suelen ser proclives a ir tras la búsqueda de su consolidación a nivel nacional, o, a lo sumo, a nivel regional.

En el caso del Reino Unido, que votó en junio pasado a favor de su salida, o “Brexit”, de la Unión Europea, la situación es particularmente complicada. El Reino Unido siempre se benefició de una política abierta en cuanto a adquisiciones por parte de bancos extranjeros, lo que permitió, por ejemplo, que el grupo español Santander haga una oferta para la adquisición del Abbey National de Gran Bretaña en el año 2001.

Sin embargo, la Brexit probablemente desplazará la supervisión de los bancos con sede en el Reino Unido fuera del marco de la UE, consiguientemente elevando el costo de las operaciones transfronterizas, lo que implica una pérdida para los consumidores británicos. A medida que la competitividad del sector bancario del Reino Unido sufra, se puede intensificar la tentación de volver a la clase de regulación mínima que permitió, en primer lugar, que se suscitara la crisis.

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En cuanto al resto de los bancos de Europa, ahora podría ser el momento de considerar la opción de fusión. Las fusiones no son una bala de plata que resuelve todo; sin embargo, podrían ayudar a aliviar los problemas graves con relativa rapidez, pero, en el largo plazo, los bancos todavía tienen que abordar el legado de estructuras pesadas y rígidas y deben reconstruir su reputación, con un enfoque muy fuerte en el servicio al consumidor y la equidad.

De igual manera, si una estrategia de fusión va a funcionar en el bien de la sociedad, se debe preservar la competencia. Si los bancos establecidos simplemente siguen creciendo, y bloquean el ingreso de nuevos competidores, estos bancos van a acabar haciéndole frente a programas de cumplimiento regulatorio de carácter intrusivo y a requerimientos de capital más altos.

A su vez, los nuevos participantes tendrían una mayor flexibilidad y, por lo tanto, tendrían la capacidad de brindar ofertas nuevas y más atractivas a los clientes.

Esta es la razón por la que la supervisión bancaria y la política de competencia deben trabajar de manera conjunta para garantizar la igualdad de condiciones. Por un lado, las regulaciones deben aplicarse a todas las instituciones que realizan funciones bancarias, incluidas las nuevas instituciones que usan las llamadas fintech . Por el otro lado, se deben descartar los subsidios implícitos a los bancos que son demasiado grandes para quebrar.

Las fusiones bancarias son muy prometedoras. Hacer que su potencial se haga realidad requerirá de la combinación correcta de políticas, que se deberán centrar en la protección de los consumidores y la competencia leal. Los bancos y las autoridades de Europa tendrán que mejorar su forma de actuar para ponerse a la altura de las circunstancias. NOTA: Es profesor de Economía y Finanzas en la IESE Business School y autor de Competition and Stability in Banking.

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