Por:  16 agosto, 2014
La economía atrapada en el tiempo
La economía atrapada en el tiempo

Nueva Delhi. En la película “Atrapado en el tiempo”, un meteorólogo de las noticias interpretado por Bill Murray se despierta todas las mañanas a las 6:00 para volver a vivir el mismo día. Una sensación similar de déjà vu ha invadido los pronósticos económicos desde el inicio de la crisis económica mundial, hace media década. Sin embargo, los responsables de las políticas siguen convencidos de que el modelo de crecimiento económico dominante durante los años previos a la crisis es el que mejor puede orientarlos, al menos, para el futuro cercano.

Consideremos la actualización de mediados de año de las Perspectivas de la Economía Mundial del Fondo Monetario Internacional (FMI), que vuelven a contar la misma historia cada año desde 2011: “¡Uy! La economía no funcionó tan bien como esperábamos”. Los informes luego echan la culpa de las imprecisiones a factores inesperados, como el terremoto de Tohoku y el tsunami en Japón, la incertidumbre sobre el abandono de la política monetaria expansionista en Estados Unidos, una revaloración “por única vez” del riesgo, y el duro clima en Estados Unidos.

El informe enfatiza en la naturaleza temporal de estos factores e insiste en que, si bien el crecimiento del PIB mundial llegó aproximadamente al 3% durante el primer semestre, mejorará durante el resto del año. Gracias al impulso logrado, el crecimiento finalmente alcanzará la tan ansiada meta del 4% el próximo año. Cuando eso no ocurre, el FMI publica otra versión de las mismas afirmaciones.

La economía atrapada en el tiempo
La economía atrapada en el tiempo

Estos errores seriales en las estimaciones resaltan la necesidad de cambiar la forma de pensar. Tal vez hacer foco en los trastornos causados por la crisis financiera mundial oculta un desplazamiento natural de las economías desarrolladas hacia menores velocidades luego de años de crecimiento inflado. Además, si bien las economías emergentes también experimentan graves desaceleraciones en sus crecimientos, su participación en la economía mundial continuará aumentando. En resumen, la mayor competencia económica, la desaceleración del crecimiento y la baja inflación pueden haber llegado para quedarse.

En Estados Unidos, aparentemente las condiciones para un despegue económico han estado presentes durante el último año. El endeudamiento de los hogares y el desempleo han caído; las ganancias y reservas de efectivo de las corporaciones son abundantes; el mercado de valores se muestra generoso con el futuro; los bancos están dispuestos a prestar, y la consolidación fiscal ya no obstaculiza la demanda.

Sin embargo, al contrario de lo esperado, el crecimiento del consumo de los hogares fue débil y las empresas no han aumentado la inversión. En los primeros dos trimestres de este año, el PIB estadounidense apenas superó su nivel de fines del año pasado y gran parte de ese aumento fue impulsado por bienes que se han producido, pero aún no fueron vendidos. La explicación predominante –un invierno brutalmente frío– es cada vez menos sostenible, al punto en que debiera ser aparente para todos.

Falta optimismo

Los consumidores estadounidenses muestran las cicatrices de la crisis. Sin embargo, hay otro problema: en sus hogares y lugares de trabajo falta entusiasmo respecto al futuro, a pesar de todos los deslumbrantes artilugios que los rodean. Y si bien la política de flexibilización cuantitativa de la Reserva Federal de EE. UU. ha sostenido a las empresas, no puede sustituir al entusiasmo y las expectativas necesarios para impulsar la inversión.

Es probable que incluso la reducción del pronóstico para el mundo, un crecimiento del PIB del 3,4% para este año, resulte excesivamente optimista. Antes de la crisis, el comercio mundial creció anualmente al 6-8%, bastante más que el PIB. No obstante, en lo que va del año, el crecimiento del comercio se mantiene frenado, cerca del 3%.

No reconocer la desaceleración fundamental que está teniendo lugar refuerza la expectativa de que los viejos modelos puedan revivir el crecimiento, un enfoque que solo producirá nuevas fragilidades. Atif Mian y Amir Sufi afirman que las compras de automóviles y otros bienes durables por parte de los consumidores estadounidenses han sido reforzadas con las mismas prácticas crediticias “de alto riesgo” que se usaron para financiar las compras de viviendas antes de la crisis.

De manera similar, Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, imagina a Gran Bretaña con un sector financiero de tamaño semejante al chipriota, que constituirá el 900% del PIB. Y el economista Michael Pettis advierte que la dependencia china de los estímulos de política para dar impulso a la reactivación de la economía en caso de estancamiento solo causará una acumulación de vulnerabilidades macroeconómicas.

Los dos cambios tectónicos en la economía mundial –el menor crecimiento del PIB y una mayor competencia de los mercados emergentes– han creado una línea de falla que atraviesa a Europa. El liderazgo técnico de las economías comerciales tradicionales de Europa está siendo erosionado al tiempo que la competencia salarial alimenta el temor a la deflación. Y, como las economías de la zona del euro más endeudadas son las más afectadas por estos cambios, Italia se asienta directamente sobre la falla.

El Banco Central Europeo, sin embargo, es incapaz de hacer resurgir por sí mismo al crecimiento en la zona del euro. Dada la carga que esto genera sobre la economía mundial y especialmente sobre el comercio mundial, será beneficioso para el mundo diseñar una depreciación coordinada del euro. Al mismo tiempo, es necesario un estímulo a la inversión coordinado en forma mundial para crear nuevas oportunidades de crecimiento.

De la misma manera en que el personaje de Bill Murray quedó atrapado en el tiempo hasta que cambió radicalmente su vida, no podemos esperar resultados económicos diferentes sin modelos de crecimiento fundamentalmente distintos.