Por:  20 octubre

Mi amiga viene de perder a su esposo. Mi impotencia para atenuar su dolor, para proporcionarle así no fuese más que un minuto de alivio, es total. La muerte es informulable, como informulable es la pena que genera. El terrible límite de la palabra. Y la hermosa elocuencia del silencio, que pareciese ser lo único procedente ante el más grande de los dolores. Pero yo amo la palabra. Y soy tan testarudo que no la depondré ni ante la evidencia de su futilidad. Para ti, amiga, estas reflexiones, que te dedico y me repito a mí mismo en la noche, cuando la soledad muerde más duro y el dolor se me mete entre las cobijas.

La muerte es una ley, no un castigo. Sufrir no significa en modo alguno expiar una falta. Hay que evitar por todos los medios transformar el dolor –ya de por sí agobiante– en remordimiento. La "culpa" del sobreviviente ("pude haber hecho más por mi compañero") no es más que una ilusión retrospectiva, perversa y profundamente injusta.

No hay que bloquear los mecanismos psicológicos naturales que tienden a aliviar, siquiera provisionalmente, el dolor. Hay dispositivos que la mente activa automáticamente para hacer menos arduo el tránsito de fuego: momentáneos vislumbres de paz, ocasionales sonrisas... dejémoslos operar espontáneamente.

Lucha de dos. Lo más importante no es haber ganado o perdido la batalla, sino haberla librado juntos. Tomados de la mano, la mirada fija en las estrellas.

Mil veces más profundo para mí que el misterio de la muerte es el misterio del amor. La muerte solo separa lo separable, y lo separable, precisamente por serlo, no es esencial.

Una cosa es echar de menos a alguien, otra cosa es vivir en la soledad radical. Quien ha amado no estará nunca solo. Echará de menos a la persona amada. Intensa, quizás desesperadamente. Pero eso no es soledad, es ausencia, y quien dice ausencia dice presencia virtual, vigencia del nexo y del sentimiento, interiorización del ser amado.

No nos engañemos: el dolor nunca va a cesar, y mal estaría que así fuese. Pero los espasmos, los paroxismos del espíritu pasarán. Quedará tan solo un sentimiento infinitamente depurado en el que dolor y amor serán la misma cosa.

El ser amado no desaparece. Pasa a habitarnos. Cambia de morada.

No es estéril, la muerte. Algo hay que aprender de ella, y puesto que el dolor es tan intenso, invaluable debe ser la lección.

Vuelta al océano. Volverán las dos gotas de lluvia al océano del cual fueran un día segregadas. Y ahí se reunirán y se reencontrarán. ¿Por qué? Porque en el océano se amalgaman y confunden todas las aguas del mundo.

"Vive esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra!"–escribe Machado después de la pérdida de Guiomar. Bello decir, ciertamente. Pero a la esperanza no hay que invocarla; ella es, de los sentimientos humanos, el más raigal e irrenunciable. Limitémonos a reforzarla con las palabras de Pascal: "¿Qué es más difícil: que lo que nunca ha sido sea, o que lo que ya ha sido vuelva a ser? Sin embargo, lo primero, a fuerza de verlo todos los días, nos parece natural, mientras que lo segundo se nos antoja inconcebible". También los amantes volverán a ser, y a ser juntos. Lo han intuido profetas, filósofos, poetas, artistas... mentes de primerísimo orden. Algo debían de saber, viejos tan ilustres, ¿no creen ustedes?

Color de eternidad. La muerte, creyendo triunfar sobre el amor, no consigue sino hacerlo más fuerte, más profundo, y conferirle color de eternidad. ¿Cuándo es más intenso el amor que cuando se afana en torno al ser amado, envolviéndolo en su cálida atmósfera protectora, preservándolo del dolor, mimándolo y tratando de sustraerlo a esa muerte física que, paradójicamente, no hace sino transformar el vínculo en fortaleza invulnerable y siempre reverdecida? La muerte es un agente al servicio del amor.

El verdadero amor no le teme a la muerte. La Parca nada puede contra él. El amor está siempre naciendo, y con él también los amantes.

En dos palabras, amiga querida, puedo resumir todo cuanto de la vida he aprendido: sigue adelante.