Por:  13 marzo, 2016
 La resiliencia furtiva de la economía mundial
La resiliencia furtiva de la economía mundial

Oxford. Semanas atrás, Christine Lagarde, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), advirtió que si los países no actúan en conjunto, la economía global podría descarrilar. Por su parte, la OCDE ha alertado que los países deben tomar medidas de manera “urgente” y “colectiva” para impulsar las perspectivas de crecimiento globales. Sin embargo, los ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales del G-20, a quienes estaban dirigidas estas súplicas, no se pusieron de acuerdo respecto de alguna de estas medidas en su reciente reunión en Shanghái.

Sin duda, el comunicado difundido después de la reunión incluye la promesa de utilizar “todas las herramientas de política monetaria, fiscal y estructural de manera individual y colectiva” para “fomentar la confianza y preservar y fortalecer la recuperación”. Pero el comunicado también refleja divisiones marcadas –particularmente con respecto al papel de la política monetaria y fiscal en cuanto a estimular el crecimiento– entre los ministros de Finanzas y los banqueros centrales que acordaron sobre su texto.

En materia de política monetaria, el comunicado ofrece la declaración vacía de que el G-20 “continuará respaldando la actividad económica y asegurando la estabilidad de precios, de manera consistente con los mandatos de los bancos centrales”. Eso evitó la interrogante central: ¿los bancos centrales deberían intentar estimular el crecimiento a través de políticas monetarias “no convencionales”?

El Banco de Pagos Internacionales (BPI) piensa que no, y en su informe anual de 2015, sostiene que “la política monetaria se ha visto sobrecargada” en su intento por revigorizar el crecimiento, una realidad que se refleja en “la persistencia de tasas de interés ultrabajas”. El resultado es un ciclo vicioso de demasiada deuda, muy poco crecimiento y tasas de interés excesivamente bajas que, para citar a Claudio Borio, del BPI, “engendra tasas más bajas”.

Este análisis aleccionador no ha impedido que el Banco de Japón o el Banco Central Europeo aplicaran una mayor flexibilización monetaria. Tampoco disuadió al presidente del Banco Popular de China, Zhou Xiaochuan, de expresar su deseo de asumir una mayor carga de estímulo del crecimiento en Shanghái.

Sin embargo, no todos ignoran las señales de advertencia. El presidente del Banco de Reserva de la India, Raghuram Rajan, ha instado al FMI a examinar los efectos de una política monetaria no convencional, no solo en los países que la implementan sino también en el resto del mundo. De la misma manera, el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, ha señalado que los países que utilizan tasas de interés negativas (incluido, más recientemente, Japón), al forzar una devaluación de la moneda, están exportando una demanda débil, en definitiva un juego de suma cero.

En lo que concierne a la política fiscal, el acuerdo es igual de ineficiente. El FMI está instando a los países con superávits, como Alemania, a implementar más estímulo. La OCDE también ha solicitado a sus miembros más ricos que aprovechen su capacidad actual de endeudamiento por periodos prolongados a tasas de interés muy bajas para mejorar la inversión en infraestructura que mejore el crecimiento.

Estos reclamos provocaron una refutación afilada del ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, que condenó el “modelo de crecimiento financiado con deuda”. El resultado de este conflicto fue una declaración vaga del G-20 de que utilizaría “la política fiscal de manera flexible para fortalecer el crecimiento, la creación de empleo y la confianza, mejorando al mismo tiempo la resiliencia y asegurando que la deuda como porcentaje del PIB esté en un sendero sustentable”.

Menos riesgo

A la luz de las declaraciones del FMI y de la OCDE, este notorio fracaso a la hora de ponerse de acuerdo sobre las políticas monetarias y fiscales parece sumamente peligroso. Pero ambas instituciones pueden estar exagerando el problema.

En verdad, a pesar de la incertidumbre generalizada (flujos de capital volátiles, derrumbe de los precios de las materias primas, crecientes tensiones geopolíticas, el shock de una potencial salida británica de la Unión Europea y una masiva crisis de refugiados), el estancamiento de la cooperación global puede ser menos riesgoso hoy de lo que era inclusive hace diez años. El factor clave en este contexto ha sido el reconocimiento generalizado de los riesgos inherentes a la globalización económica, y los esfuerzos concertados por reforzar la resiliencia necesaria sobre una base nacional, bilateral o regional.

Consideremos las finanzas. Hace veinte años, comenzó en Tailandia una crisis financiera catastrófica que rápidamente se propagó por todo el este de Asia. Desde entonces, esas economías, y otras en el mundo emergente, se han protegido contra las crisis acumulando enormes acopios de reservas de moneda extranjera. En parte, como resultado de eso, el volumen de reservas ha aumentado de aproximadamente 5% del PIB mundial en 1995 a alrededor del 15% hoy.

Las economías emergentes también tienen en su poder menos deuda soberana y han creado acuerdos bilaterales y regionales de permuta de divisas. Por otra parte, más de 40 países han tomado medidas macroprudenciales desde la crisis financiera global de 2008.

Los países también se benefician de un mayor acceso a fuentes de financiamiento más diversificadas. Algunos países emergentes y en desarrollo hoy acceden a los mercados de bonos globales de manera individual. Y el papel de los bancos de desarrollo regionales –incluidos el Banco Africano de Desarrollo, el Banco Asiático de Desarrollo y el Banco Interamericano de Desarrollo, así como los recientemente creados Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y el Nuevo Banco de Desarrollo– ha crecido.

La manifestación final de este nuevo patrón de cooperación –que podría llamarse “gobernanza repartida”– aparece en el comercio. Mientras que la Ronda de Negociaciones de Doha se ha tambaleado y se ha caído, la liberalización está avanzando a paso rápido, debido a la proliferación de acuerdos bilaterales, regionales y superregionales.

Estos nuevos acuerdos de gobernanza tienen importantes efectos en la mejora de la resiliencia, pero tal vez no ofrezcan una alternativa más eficiente para el multilateralismo, y no eliminen la necesidad de instituciones multilaterales tradicionales. Por el contrario, organismos como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio deberían ser responsables por analizar y transmitir información vital al conjunto de las instituciones que están cumpliendo su rol tradicional.

Por ejemplo, el FMI debería responder al pedido de Rajan de rastrear y analizar los efectos de las políticas monetarias no convencionales. De la misma manera, podría reforzar su análisis del impacto de los controles de capital en los países que los implementen, y en otros países. También podría volver a preparar modelos de cómo la reestructuración de la deuda soberana podría estar mejor respaldada, ya sea a nivel nacional, a través de bonos convertibles contingentes o ligados al PIB, o a nivel regional o global.

En su reunión de Shanghái, los responsables de las políticas del G-20 prometieron adoptar un conjunto de herramientas políticas para impulsar el crecimiento global y evitar las guerras de monedas. No cumplieron con esa promesa. Pero su fracaso puede haber reforzado el cambio a una nueva fase de gobernancia económica global repartida.