Por:  6 diciembre, 2015
Los bárbaros de Europa están dentro
Los bárbaros de Europa están dentro

Berlín. Estoy en una gira europea de dos semanas en un momento que podría hacer que uno se convierta en una de dos: ya sea en una persona muy pesimista con respecto a las perspectivas de Europa o en una constructivamente optimista.

Primero las malas noticias: París está sombrío, incluso podría decirse deprimido, después de los atroces ataques terroristas a principios de noviembre. El crecimiento económico de Francia permanece anémico, los desempleados y muchos musulmanes están descontentos, y probablemente le vaya bien en las próximas elecciones regionales al Frente Nacional, el partido de extrema derecha liderado por Marine Le Pen.

En Bruselas, ciudad que se encuentra semidesierta y bajo régimen de encierro debido al riesgo de ataques terroristas, las instituciones de la Unión Europea aún no idearon una estrategia unificada para gestionar la afluencia de migrantes y refugiados, y mucho menos una que aborde la inestabilidad y violencia en las proximidades de la Unión Europea.

Los bárbaros de Europa están dentro
Los bárbaros de Europa están dentro

Fuera de la eurozona, en Londres, existe preocupación acerca de los efectos de derrame negativos, tanto financieros como económicos, provenientes de la unión monetaria. Además, la crisis de migración y los recientes ataques terroristas darían lugar a que un referéndum –que probablemente se celebrará el próximo año– sobre la continuidad de la adhesión del Reino Unido a la Unión Europea que podría llevar a su salida. Tras ello, posiblemente, sobrevendría la división del propio Reino Unido, ya que la llamada “Brexit”, es decir la salida británica de la Unión Europea, conduciría a que los escoceses declaren su independencia.

En Berlín, el liderazgo de la canciller alemana, Ángela Merkel, se encuentra bajo una creciente presión. Su decisión de mantener a Grecia en la eurozona, su valiente aunque impopular determinación sobre permitir que ingresen al país un millón de refugiados, el escándalo de la Volkswagen y el crecimiento económico estancado (debido a la desaceleración de China y de los mercados emergentes) la han expuesto a críticas, incluso provenientes de su propio partido.

Fráncfort es una ciudad dividida en lo que se refiere a las políticas: el Bundesbank se opone a la flexibilización cuantitativa y a las tasas de interés negativas establecidas por las políticas monetarias, mientras que el Banco Central Europeo está listo a hacer más. Sin embargo, los austeros ahorristas alemanes –los hogares, bancos y compañías de seguros– están furiosos por las políticas del BCE que les imponen impuestos (a ellos y a otros en el núcleo de la eurozona) para subsidiar a los presuntamente irresponsables derrochadores y deudores de la periferia de la eurozona.

Dentro este entorno, no es viable alcanzar la unión económica, bancaria, fiscal y política plena que, con el tiempo, una unión monetaria estable requiere: el núcleo de la eurozona se opone a compartir más riesgos, se opone también a la solidaridad y a una integración más rápida. Y, los partidos populistas de derecha e izquierda –que son anti-UE, antieuro, antimigrantes, anticomercio y antimercado– se hacen cada vez más fuertes a lo largo de toda Europa.

La verdadera crisis

Sin embargo, de todos los problemas que enfrenta Europa, es la crisis de migración la que podría convertirse en una crisis existencial. En el Medio Oriente, África del Norte y la región que se extiende desde el Sahel hasta el Cuerno de África, hay cerca de 20 millones de personas desplazadas; las guerras civiles, la violencia generalizada y los Estados fallidos se están convirtiendo en la norma. Si al presente Europa tiene problemas para absorber un millón de refugiados, ¿cómo va a manejar 20 millones?

A menos que Europa pueda defender sus fronteras exteriores, el acuerdo Schengen colapsará y las fronteras interiores volverán, dando fin a la libertad de movimiento –un principio clave de la integración europea– en la mayor parte de la UE. Pero la solución propuesta por algunos –cerrar las puertas a los refugiados– solamente empeoraría el problema, ya que se desestabilizaría a países como Turquía, Líbano y Jordania, que ya absorbieron a millones de personas. Y, pagar a Turquía y a otros países para que mantengan a los refugiados sería costoso e insostenible.

Y los problemas del Gran Medio Oriente (que incluye a Afganistán y Pakistán) y África no se pueden resolver únicamente por medios militares y diplomáticos. Los factores económicos que impulsan estos (y otros) conflictos empeorarán: el cambio climático mundial está acelerando la desertificación y agotando los recursos hídricos, con efectos desastrosos para la agricultura y otras actividades económicas, los que a su vez desencadenan violencia a lo largo de segmentos étnicos, religiosos, sociales y de otra índole. Nada que sea menor a un desembolso masivo de recursos financieros, al estilo del Plan Marshall, en especial para reconstruir el Medio Oriente, garantizaría la estabilidad a largo plazo. ¿Podrá y estará dispuesta Europa a pagar la parte que le corresponda de dicho desembolso?

Si no se encuentran soluciones económicas, con el pasar del tiempo, los conflictos de estas regiones van a desestabilizar a Europa, ya que millones de personas estarán aún más desesperadas y con menores esperanzas, y, a medida que transcurra el tiempo, se radicalizarán y culparán a Occidente de su miseria. Incluso, si se construyera un quimérico muro rodeando a toda Europa, muchas personas encontrarían una manera de entrar, y algunas de ellas aterrorizarían a Europa durante las próximas décadas. Es por eso que algunos comentaristas, haciendo subir las tensiones, hablan de bárbaros que están en las puertas europeas y comparan la actual situación de Europa con el principio del fin del Imperio romano.

Aun así, Europa no está condenada al colapso. La crisis que ahora confronta podría dar lugar a mayor solidaridad, a que los riesgos sean más compartidos y a una integración institucional más profunda. Alemania podría absorber más refugiados (aunque no a razón de un millón por año). Francia y Alemania podrían suministrar y pagar la intervención militar contra el Estado Islámico. Toda Europa y el resto del mundo –EE. UU., los Estados ricos del Golfo– podrían proporcionar grandes cantidades de dinero para apoyar a los refugiados y, posteriormente, fondos para reconstruir los Estados fallidos y proporcionar oportunidades económicas a millones de musulmanes y africanos.

Esto sería fiscalmente caro para Europa y el mundo –y, congruentemente se tendrían que virar los objetivos fiscales actuales en la eurozona y en el mundo. Pero la alternativa es el caos mundial, caso contrario, como el papa Francisco advirtió, sobrevendría el inicio de la Tercera Guerra Mundial.

Además, existe una luz al final del túnel para la eurozona. Una recuperación cíclica está en camino, con el apoyo de una flexibilización monetaria durante los próximos años y de normas fiscales que son cada vez más flexibles. Se compartirá más el riesgo en el sector bancario (ya que el próximo paso será un seguro de depósitos que abarque toda la UE), y a medida que transcurra el tiempo se adoptarán propuestas más ambiciosas que conduzcan hacia una unión fiscal. Las reformas estructurales –si bien avanzan con lentitud– continuarán y gradualmente aumentarán el crecimiento potencial y el crecimiento real.

El patrón en Europa ha sido que las crisis conducen –a pesar de hacerlo con lentitud– a una mayor integración y a compartir más los riesgos. Hoy en día, ante la existencia de riesgos que amenazan la supervivencia tanto de la eurozona (empezando por lo que ocurre en Grecia) como de la propia UE (empezando por la posible salida del Reino Unido (Brexit), se necesitarán líderes europeos iluminados para sostener la tendencia que lleva hacia una unificación más profunda.

En un mundo de grandes potencias existentes y emergentes (EEUU, China e India) y de potencias revisionistas más débiles (como Rusia e Irán), una Europa dividida es un enano geopolítico.

Afortunadamente, líderes con mentes preclaras en Berlín –y hay más que unos pocos, a pesar de las percepciones en sentido contrario– saben que el futuro de Alemania depende de una Europa fuerte y más integrada. Ellos, junto con líderes europeos más sensatos en otros lugares, entienden que esto requerirá de formas apropiadas de solidaridad, incluyendo una política exterior unificada que pueda abordar los problemas en las proximidades de Europa.

Sin embargo, la solidaridad empieza por casa. Y eso significa hacer retroceder a los bárbaros populistas y nacionalistas que están dentro de Europa mediante el apoyo a la demanda agregada y a las reformas pro crecimiento que garanticen una más resistente recuperación de puestos de trabajo e ingresos.