Por: Constantino Urcuyo 9 septiembre
“Ni corrupto ni ladrón”
“Ni corrupto ni ladrón”

Con este eslogan, el cómico Jimmy Morales convenció al pueblo guatemalteco para llevarle a la Presidencia.

En medio de un pantano de corrupción (el expresidente y su vicepresidenta están encarcelados por lucrar con derechos de importación de bienes) el comediante Morales logró que votaran por él, anunciándose como la vanguardia de una nueva aurora de pureza en contra de las élites tradicionales.

Apelando a valores tradicionales y haciendo política con la antipolítica, el comediante ejemplifica cómo la gente, decepcionada de los excesos de los políticos, llega a no creer en nada, pero puede creer en cualquier cosa que se diga diferente, comprando baratijas retóricas de oscuros personajes que manipulan sus emociones.

Paradójicamente, en enero el hermano de Morales, Samuel y su hijo José Manuel fueron imputados por corrupción y lavado de dinero. No era oro todo lo que brillaba, pues el excómico ha sido acusado por la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) por recibir financiamiento electoral irregular.

Ante las acusaciones, el Presidente ha querido expulsar del país a Iván Velázquez, responsable de la CIGIG, sin embargo, ha tenido que echar marcha atrás ante la reacción de EE. UU., la UE y el Tribunal Constitucional guatemalteco.

La moraleja de este asunto es simple, es preciso que los pueblos estén alertas frente a vendedores de humo, quienes, sin ideas ni equipo, cosechan únicamente del enojo ciudadano y, luego, muestran los mismos o peores vicios que sus antecesores.

El populismo antipolítico lleva en sí el germen del exceso y del autoritarismo, los liderazgos personalistas desprecian las instituciones y hacen creer a la gente que una sola persona puede lograrlo todo, llamando a sentimientos primitivos como la venganza y el odio, presentándose como mesías salvadores y despreciando las instituciones.