Por: Pascal Rohner 17 noviembre

No es un secreto que el precio del petróleo depende principalmente de la oferta. En el 2014, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), liderado por los saudís, decidió ya no limitar la producción con el objetivo de perjudicar la industria del “fracking”. Parece que los jeques subestimaron las consecuencias de esta decisión.

Los precios del crudo cayeron fuertemente llegando a un mínimo de $26 por barril a principios del 2016. La caída fue tan fuerte que hasta los saudís (con costos de producción muy bajos) ya no se sentían cómodos. La falta de petrodólares abrió un hueco fiscal en el reino. Por lo tanto, en noviembre de 2016, la OPEP (junto a otros países productores no OPEP, como Rusia) decidió reducir y limitar la producción nuevamente.

La frustración de los saudís es que no lograron dañar la industria petrolera en EE. UU. Los costos del “fracking” han bajado sustancialmente, gracias a nuevas tecnologías y recortes de gastos. En consecuencia, la producción de petróleo en EE. UU. rebotó con fuerza y se encuentra en nuevos máximos históricos, limitando la recuperación de los precios.

Parecía que el mercado petrolero había encontrado un nuevo equilibrio en un rango entre $40 y $60 por barril. Recientemente, fuertes datos económicos en el mundo, una reducción moderada de los inventarios y débiles resultados de la industria petrolera justificaban que el precio de petróleo se moviera hacia la banda superior del rango.

Muy pocos analistas pronosticaban un precio más alto debido a la posible reactivación de la producción y se olvidó, que muchos de los países exportadores de petróleo son políticamente inestables. La prima de riesgo geopolítico no se había manifestado, a pesar de tensiones en productores como el Kurdistán Iraquí y Venezuela.

Esto cambió a principios de este noviembre. El precio de petróleo surgió rápidamente por la noticia de la nueva campaña anti corrupción en Arabia Saudita. En un acto sin precedentes, el joven príncipe heredero de 32 años, Mohammed bin Salman (conocido como MbS), arrestó varios miembros de la realeza, ministros y a grandes empresarios.

La corrupción prevaleciente es indiscutible, su represión es una señal positiva. Pero muchos analistas ven el acto como un plan de MbS de demostrar su poder y establecerse como el hombre más poderoso que ha visto Arabia Saudita en décadas.

Por mucho tiempo, el poder en el reino estaba dividido principalmente entre los clanes de los siete sudairis. La gobernanza por consenso fue relativamente estable, pero con un proceso de reformas desesperadamente lento. El futuro del reino (y tal vez de la región) ha cambiado drásticamente con el ascenso de Mohammed bin Salman. El príncipe heredero es bastante popular en un país en cual 70% de la población tiene menos de 35 años.

Los jóvenes se entusiasman por la idea de transformar el país con reformas económicas y culturales. MbS ha anunciado muchos cambios positivos. Las mujeres se les permitirá manejar, pronto abrirán cinemas y habrá más zonas turísticas.

El símbolo de la ambición del príncipe heredero es el plan de construir una nueva megaciudad llamado NOEM basada en alta tecnología en el noroeste que necesitará inversiones de $500 mil millones. Otros proyectos ambiciosos son la oferta pública de suscripción de Aramco con el cual apunta obtener $100 mil millones. El objetivo es modernizar y diversificar la economía, reduciendo la dependencia del oro negro. No hay duda de que un precio de petróleo relativamente alto es indispensable para salir de la recesión y atraer inversiones internacionales. Por eso no sorprende que el ministro de energía, Khalid al-Falih, anunciara que los saudís están a favor de extender el acuerdo de la OPEP que vence en marzo 2018.

Las recientes noticias de Arabia Saudita tienen implicaciones para todo el Medio Oriente. Es posible que la concentración del poder en un solo líder, sus ambiciones y caprichos aumenten los riesgos geopolíticos, especialmente dado el hecho que MbS cuenta con el apoyo incondicional de la administración de Donald Trump, al menos por ahora.

La renuncia del primer ministro del Líbano Saad al-Hariri en Riad justo durante la campaña anticorrupción no parece ser casualidad. Parece razonable suponer que los saudís traten de recuperar la influencia de Irán en el Medio Oriente. Es probable que las tensiones aumenten, sobre todo a través guerras de poder indirectas con aliados del Irán como Hezbolá en el Líbano y los Houthis en Yemen.

Por ahora, las instalaciones petroleras no están en riesgo, pero la posibilidad de una escalada del conflicto y una posible intervención militar de los Estados Unidos y los saudís contra Irán significan que la prima de riesgo dentro del precio de petróleo está aquí para quedarse – y podría aumentar. Una guerra directa no beneficiaría a nadie, pero provocaciones y guerras indirectas podrían apoyar los precios del crudo.

Es justo lo que Mohammed bin Salman necesita para estabilizar la economía, consolidar el poder y tener éxito con los ambiciosos proyectos de inversión.


Pascal Rohner es director de Inversiones Panamá.