Por:  5 octubre, 2013

Cualquiera podría pensar que los pobres, entiéndase los de menores ingresos, no hacen uso de herramientas financieras. Y resulta que es precisamente lo contrario: hacen un uso aún más intensivo que los de mayores ingresos.

La razón es simple: los pobres no tienen ingresos seguros. Más aun, cuando los obtienen, son por montos variables y sin ninguna regularidad en el tiempo. Por lo tanto, el manejo que tienen que hacer de sus flujos de fondos es mucho más complejo que el de un asalariado, que tiene relativa certeza de ellos y, por lo general, por montos bastante uniformes.

En la medida que los pobres enfrentan esa falta de regularidad en sus recursos, deben hacer un uso más permanente y fino de herramientas financieras. Veamos tres situaciones concretas: hay que administrar los gastos del día a día, como sería comer; hay que acumular alguna plata para poder alcanzar ciertos activos, como la compra de la casa; y hay que contar con algo para una eventualidad, como enfermedades o una inundación.

Todos enfrentamos esas necesidades. Para ello, los asalariados tenemos cuentas corrientes o de ahorro, un fondo de inversión o de pensiones y los seguros.

Estos productos, sin embargo, no están diseñados para los pobres. ¿Significa eso que no los usan? Desde luego que no.

De entrada, pueden acudir a un tío o un vecino honesto para que les guarde la plata. Guardar la plata debajo del colchón en realidad no es la única solución. Con frecuencia esta misma persona les puede ayudar, además, a guardar la plata por periodos incluso prolongados. O bien, entre los mismos vecinos, se organizan para acumular sumas que los miembros puedan “girar” en el futuro para ejecutar el proyecto previsto. Esa acumulación en otros casos también les puede servir a algunos como la garantía para que el grupo le preste el resto que ocupa. Y para las emergencias, no es extraño que los miembros de una comunidad “aporten” a un fondo, para apoyar a quien enfrente una crisis.

Buenos clientes

Es evidente, en consecuencia, que los pobres hacen uso intensivo de herramientas financieras, porque es vital, es decisivo. No lo harán por medio de entidades formales, pero sus necesidades son muy concretas. Y también es claro que lo hacen con limitaciones.

Las microfinanzas están diseñadas para atender precisamente a esos sectores y sus necesidades. Los bancos convencionales, por lo general, no están en capacidad de hacerlo: son demasiado grandes, demasiado lentos o demasiado formales. No es que sean insensibles, es solo que no están diseñados para llegar a ellos.

En Costa Rica, el desarrollo de las microfinanzas es muy limitado respecto a otros países, como Nicaragua, Bolivia o Colombia. En parte porque se trata de un país pequeño, porque hay niveles de educación un poco mayores y, en especial, porque la legislación no ha reconocido su importancia. En cuanto al ahorro, los bancos públicos han hecho un extraordinario trabajo, pero los pobres no encuentran soluciones reales para acumular e invertir, no hay pensiones diseñadas para sus posibilidades, y los seguros están fuera de su alcance. Peor aún, hasta el crédito podría quedar fuera de sus opciones, si prospera una trasnochada idea de controlar las tasas de interés.

Los pobres son buenos clientes de servicios financieros, requieren eso sí productos adaptados a su mundo, y los precios deben reflejar la complejidad de llegarles de manera efectiva y oportuna. Lo demás, son buenas (y desafortunadas) intenciones.