Por:  8 febrero, 2014
Una estrategia que es insostenible
Una estrategia que es insostenible

Varsovia. Los días de gloria de la economía mundial son evidentemente cosa del pasado. Y, sin embargo, la dirigencia política sigue ocupada en gestionar la demanda a corto plazo, con la esperanza de poder revivir las impetuosas tasas de crecimiento de antes de la crisis financiera de 2008-2009. Es un error. El análisis de los factores de crecimiento neoclásicos (mano de obra, capital y productividad total de los factores) hace dudar de la posibilidad de que una política de estímulo a la demanda sea sostenible a largo plazo, o tan siquiera eficaz a corto plazo.

Veamos cada uno de esos factores. Por el lado de la mano de obra, en los próximos 15 años los cambios demográficos revertirán (o al menos, frenarán) el crecimiento de la oferta laboral en todas partes, menos en África, Medio Oriente y el centro y sur de Asia. Habrá escasez de mano de obra en Europa, Japón, Estados Unidos y, posiblemente, China y el este de Asia.

Si bien esto podría resolverse con la migración a gran escala de trabajadores desde las regiones con excedente a las deficitarias, es casi seguro que dicha solución generaría resistencia en la población local, especialmente en Europa y el este de Asia, de modo que difícilmente obtenga apoyo. Otra forma de descomprimir los mercados laborales sería aumentar la tasa de inclusión laboral (especialmente la de mujeres y personas de más edad), pero esto por sí solo no bastará para contrarrestar la reducción de la población en edad de trabajar.

La economía mundial tampoco puede contar con que haya un aumento de la inversión. La ratio global inversión/PIB viene disminuyendo desde hace 30 años (especialmente en las economías avanzadas), y nada parece indicar que vaya a recuperarse en el mediano a largo plazo. Hasta hace poco, la caída de la inversión en el mundo desarrollado se compensaba por el rápido aumento de la inversión en los mercados emergentes, sobre todo en Asia. Pero también allí esas altas tasas de inversión son insostenibles. Lo mismo que en Japón, la tasa de inversión en China (casi el 50% del PIB desde 2009) disminuirá conforme aumente el ingreso per cápita de la población.

El tercer motor de crecimiento, la productividad total de los factores, tampoco será capaz de mantener un ritmo de crecimiento como el que vimos desde fines de los 90 hasta mediados de la primera década de este siglo. En ese periodo, se dio una confluencia de varios fenómenos extraordinarios que contribuyeron al crecimiento de la economía mundial: la revolución de la información y las comunicaciones; el “dividendo de la paz” derivado del fin de la Guerra Fría; y la implementación de reformas promercado en muchos países excomunistas y otras economías en desarrollo. Otro impulso adicional vino de los acuerdos alcanzados en 1994 como parte de las negociaciones de libre comercio conocidas como Ronda de Uruguay, junto con la liberalización general de los flujos de capital.

Sin embargo, en la actualidad no parece haber nada que pueda dar a la economía un impulso parecido, ni por el lado de la innovación ni por el de las políticas públicas. No hay nuevas revoluciones tecnológicas a la vista. El acuerdo de Bali, logrado por la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre pasado es limitado, a pesar de los 12 años de negociaciones que demandó; incluso es posible que el efecto de otros muchos acuerdos bilaterales y regionales de libre comercio sea disminuir, en lugar de aumentar, el comercio internacional a escala global.

Para peor, la crisis financiera de 2008 dejó a los países desarrollados una herencia de falta de crecimiento y alto desempleo que generó demandas de más proteccionismo, con lo que también corre peligro la liberalización financiera de fines de los 90 y primeros años de este siglo.

Reformas agotadas

En cuanto a las reformas políticas y macroeconómicas de largo alcance introducidas tras el fin de la Guerra Fría, parece que también ya han dado todo de sí. Los avances fáciles de hacer ya se hicieron; cualquier cambio estructural futuro llevará más tiempo de negociación y será más difícil de implementar.

De modo que si los factores del lado de la oferta ya no impulsarán el futuro crecimiento global, habrá que reconsiderar el alcance de las políticas monetarias y fiscales. Si el crecimiento actual ya está cerca del pleno potencial, entonces seguir aplicando políticas de estímulo fiscal y monetario solo servirá para crear más burbujas, agravar los problemas de deuda pública y empeorar las perspectivas de crecimiento a largo plazo al reducir la disponibilidad global de ahorro para financiar la inversión privada.

En vez de eso, la dirigencia política debería concentrarse en eliminar los obstáculos institucionales y estructurales que limitan el crecimiento de las economías de sus países. En los mercados avanzados, los principales son la contracción y el envejecimiento de la población, las rigideces del mercado laboral, un estado de bienestar insostenible, la aplicación de impuestos altos y distorsivos, y la deuda pública.

En los mercados emergentes, la lista de trabas al crecimiento es incluso más larga: la corrupción, la debilidad del imperio de la ley, la captura del Estado, el crimen organizado, las deficiencias en infraestructuras, la mala capacitación de los trabajadores, la falta de acceso a la financiación y el exceso de participación estatal en la economía. Además, sigue habiendo mercados de todo tipo y nivel de desarrollo que sufren de proteccionismo, restricciones a los flujos de capital extranjero, un populismo económico en ascenso y programas de asistencia social mal dirigidos o excesivamente pródigos.

Si resolvemos estos problemas, tanto en el nivel internacional como en el nacional, podremos poner fin al peligroso expansionismo fiscal y monetario del que la economía mundial se ha vuelto dependiente y hacer posible un crecimiento sostenible a largo plazo; aunque dicho crecimiento será a tasas inferiores a las de los años recientes.