Por: Pascal Rohner 1 diciembre

Las perspectivas de la economía global son positivas. Los datos siguen apuntando a la expansión sincronizada más amplia que el mundo ha experimentado en más de una década, pues los mercados avanzados y emergentes siguen ganando momentum. Los mercados laborales se recuperan a buen ritmo, y aunque la tasa de desempleo en Europa sigue por encima de los mínimos pre-crisis, en los EE. UU. ha alcanzado un mínimo del 4,1% y en Japón se encuentra solo en el 2,8%. Y, aun así, la inflación sigue extrañamente apagada. De hecho, la tasa de inflación media en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es del 1,5%, por debajo del 2,2% de 2012 y muy por debajo del objetivo oficial de los bancos centrales del 2%. ¿Cómo es esto posible, teniendo en cuenta también que los balances de los cuatro mayores bancos centrales se han disparado hasta los $14 billones en activos?

La primera explicación podría ser que la recuperación ha sido lenta. Las tasas de crecimiento siguen estando por debajo de los niveles pre-crisis mientras la inversión, el comercio y, en menor medida, el consumo se ha visto rezagados.

Respecto a los mercados laborales, en los EE. UU., por ejemplo, una razón de por qué el mercado laboral tensionado no ha llevado a una pronunciada aceleración del crecimiento de los salarios es que la caída de la tasa de desempleo es el resultado de un cambio en la oferta de empleo, pues un gran número de baby boomers se han jubilado y, por lo tanto, se ha reducido la tasa de participación. Esto también ha impactado en el crecimiento de los salarios porque las nóminas de los jubilados seguramente eran más altas que las de los trabajadores entrantes.

Además, lo que realmente impacta sobre la inflación son los costes laborales unitarios, y no el crecimiento real o nominal de los salarios. Las recientes mejoras en la productividad han permitido que se rebajaran los costes laborales unitarios a lo largo del último año. Finalmente, aunque la expansión cuantitativa (“Quantitative Easing”) y los tipos de interés ultra-bajos han tenido éxito a la hora de empujar hacia arriba los precios de los activos, han fracasado a la hora de levantar la inflación. Esto se debe a la importante capacidad ociosa que la crisis financiera causó en la economía. Capacidad ociosa que hoy es mucho menor, pues las economías se han recuperado.

Un límite innegable de la inflación también viene de las variaciones en las divisas. El dólar, por ejemplo, tiene un impacto sobre la inflación general a través de su impacto directo sobre las materias primas, pero también afecta a la inflación subyacente, que excluye alimentación y energía. Una subida del dólar hace que los bienes extranjeros importados sean más baratos, aumentando así la competencia para los productores nacionales, que se ven presionados a reducir sus precios. La subida del 26% del dólar desde mediados de 2014 hasta finales de 2016 y la caída del 60% del precio del petróleo durante el mismo periodo fueron, por lo tanto, los grandes culpables del bajo nivel de precios.

Factores más estructurales como las tecnologías disruptivas y la globalización también han jugado un papel importante a la hora de limitar los precios. Las compañías de la venta online como Amazon, y también empresas en otras industrias como Airbnb y Uber han permitido más transparencia de precios además de una oferta adicional de bienes y servicios para clientes, lo que ha llevado a una inflación más lenta. La integración a nivel mundial ha dado a las empresas la posibilidad de mover sus instalaciones de producción más allá de sus fronteras a un bajo coste. No obstante, ¿esto beneficia a los consumidores o a los márgenes de beneficios de las empresas? Y aunque estos temas parecen razonables, la investigación ha demostrado que tienen un impacto reducido sobre la inflación.

Sorprendentemente, el motor más importante de la inflación son las expectativas de inflación. También, sorprendentemente, vemos que están basadas en el pasado reciente, pues parecen estar correlacionadas con la inflación reciente o coincidente. Por lo tanto, el resultado más probable sigue siendo un nivel bajo de inflación.

Pero no olvidemos que la inflación es un indicador retrasado. Mientras que la correlación entre la inflación y el crecimiento económico en los últimos veinte años es solo del 5%, cuando aplicamos un retraso de seis trimestres en la serie del crecimiento del PIB, la correlación salta hasta el 80%. El crecimiento más fuerte, que empezó en la segunda mitad de 2016, debería por lo tanto empezar a tener un impacto sobre la inflación en breve. Además, una depreciación más profunda del dólar o una subida persistente en el precio del petróleo son riesgos posibles. Aunque la inflación ha seguido cayendo por debajo de las expectativas, podríamos estar llegando a un punto de inflexión y podríamos ver una tendencia de la inflación más al alza. ¡Esperemos que sea a un ritmo controlado!

Pascal Rohner es director de Inversiones Panamá.