Una serena pedagogía del morir-vivir


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"Tan pronto nace, un hombre es ya suficientemente viejo para morir" -constata Heidegger-. La observación me llena de melancolía, porque exactamente lo mismo sucede con una nota tocada en un piano: tan pronto el martillo percute la cuerda, el sonido comienza a morir. Su declive y agonía puede durar hasta tres minutos, y lo esencial es que no hay manera ninguna de insuflarle nueva vida tan pronto es producida. De ahí en adelante, todo será evanescencia. Un violín, un órgano, la voz humana, pueden incrementar la cantidad de sonido tan pronto este es emitido. En el piano, el sonido empieza a morir en el instante mismo en que es producido (aun cuando la inmediata acción del pedal derecho puede generar la ilusión de una "apertura", un leve "ensanchamiento" del sonido). Ello significa que ligar notas a fin de enunciar una extensa frase en notas largas y sostenidas, resulta prácticamente imposible en un piano. La música que el piano es capaz de producir es el equivalente de una vida llena de huecos, de discontinuidades, echa de puntos discretos, inconexos. La "línea" del piano es una pura ilusión, ahí donde la vida es un auténtico continuum, un verdadera frase legato.

Con mucha frecuencia me entretengo en el fútil pasatiempo consistente en apretar una tecla, y oír el sonido hasta que termina de evaporarse. Su evanescencia es -repito- lenta, pero inexorable. Su tiempo de vida se dilatará en un ámbito resonante (tal una catedral o un auditorio con buena acústica). Siento que asisto al nacimiento, discurrir, declive y muerte de un ser humano. El piano actúa en tales casos como un memento mori: nos recuerda que, como solían decir los monjes en la umbría soledad de sus claustros: "morir habemus". Claro que de inmediato puedo tocar otra nota, pero lo que me aflige es que esa será siempre otra, desvinculada de su predecesora, irreductible, singular, e igualmente condenada a morir. Toco una escala de Do mayor, y siento que he desgranado ocho pequeñas muertes.

Mi piano - cementerio tiene ochenta y ocho teclas (mismo número que las constelaciones), cincuenta y dos blancas, treinta y seis negras: mueren mucho antes las agudas que las graves, y es por eso, creo, que les prodigo especial cariño. Lo trágico es que la línea cantante (más frecuentemente la soprano) es la más ardua de ligar, por cuanto cada sonido creado corre a suicidarse tan pronto es emitido.

Toco una nota, sostengo el dedo sobre la tecla, y me abandono al ensueño oyendo el sonido adelgazarse y desaparecer. Dura mucho más de lo que la gente piensa. Cuando muchos creen que el sonido ha expirado, ahí está todavía su eco, su fantasma, su entidad sine materia, en el límite del silencio y del no-ser, revoloteando en alguna bóveda o rebotando contra los muros. Para escucharlo es preciso aguzar los oídos: si lo hacemos descubriremos que un filamento, un haz de sonido todavía pervive, cuando lo creíamos desaparecido para siempre.

El piano me ha enseñado la vida sí, pero -lo propio de todo buen profesor- no ha cometido el error de ocultarme el rostro de la muerte. El ciclo de vida de una nota tocada al piano es una bella y eficaz metáfora de la existencia humana. Más he entendido la muerte haciendo música -o produciendo meros sonidos-, que leyendo toda la filosofía estoica del pasado, esa que se define a sí misma como "aprender a morir" (Montaigne). En el piano, estamos constantemente creando sonidos que se decantan, frescos, vitales, en el lienzo del ser. Ahí están, como salidos de la nada. Pero a igual ritmo, los veremos agostarse, erosionarse y morir.

"Tan pronto nace, una nota de piano es ya lo suficientemente vieja para morir" -diría yo, parafraseando a Heidegger-. Mi piano ha representado para mí muchas bellas cosas. Una de ellas, un magnífico taller para la muerte y la vida. Un maestro de tiempo, de ser, de finitud.

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