Por:  11 agosto
Sagot
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Hoy es viernes, y usted acaba de abrir el periódico. Aquí, en la foto que encabeza esta reflexión, le estoy sonriendo, querido lector. Haga usted otro tanto conmigo, y seamos amigos. La sonrisa es más que un acto. Es un gesto, un mensaje, un signo -esto es, algo que significa. Una expresión de benevolencia (bene-volens: querer el bien).

Primero, lo obvio: la sonrisa reconoce al otro como ser humano, como ser viviente, como alteridad, como criatura inteligente. Lo reconoce como sujeto, no como objeto. Le dice: "vives", no solo "existes" o "estás" (lo propio del ser humano no es estar -eso puede ser dicho de un armario o de una refrigeradora-, sino vivir, y vivir conscientemente: la conciencia consciente de sí misma).

La sonrisa interpela al otro. Le lanza un llamado. Puede ser un S.O.S. Puede ser una caricia (¡porque la mirada también acaricia: alcanza las terminaciones nerviosas del alma!) Le dice, tácitamente -esto es, silenciosamente-: la vida es más bella porque tú estás a mi lado. O siquiera menos atroz, menos inhóspita. La sonrisa es una gran corroboración del vivir.

Con una sonrisa hago despuntar en el rostro del otro una sonrisa que responda a mi interpelación. No la imploro, no la exijo, no la extorsiono: la solicito dulcemente. Si el otro no reciproca mi dación, será quizás que está tan aislado en su islote existencial, tan inmerso en su pequeño infierno íntimo, o tan ausente del aquí y del ahora, que no leyó mi signo. Debemos tratar de comprenderlo, y no juzgarlo por su silencio.

La sonrisa no solo reconoce al otro: lo celebra, lo agasaja. ¡Es tan simple, la sonrisa! Irreductible como un buen verso, como una bella melodía. Un pequeño milagro. Hemos de procurar que venga de los estratos más hondos del alma. El receptor siempre sentirá la profundidad de su procedencia. Recordémoslo: el otro no es otro porque yo lo miro, sino porque él me mira.

Entre el Tú y el Yo, la sonrisa tiende un puente virtual. Son dos seres que por un instante vibran al unísono. Que coinciden en un punto de la vida anchurosa, inmensurable. El mundo está lleno de náufragos de la comunicación. Una sonrisa -no exagero- puede bastar para salvar la vida de un ser humano. Ya lo creo que sí. En un momento crítico, puede disuadir a un hombre de quitarse la vida.

Amigo, no sé a quién en este momento tenga a su lado: ¿será su compañero, su compañera, sus padres, sus hijos, un amigo, una mascota? (porque los animales son eminentemente sensibles a la sonrisa, como lo son a los ceños fruncidos). Pero, quienquiera que sea, regálele una sonrisa. Ya mismo. No lo piense dos veces. Habrá dado vida, habrá dado amor, habrá honrado al otro, le habrá hecho un pequeño homenaje. Y en el ojo especular del otro, -diáfano o turbio espejo, no importa- reconocerá usted su propio rostro. Y no estará solo.

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