Por:  16 junio
Sagot
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Durante la madrugada del 7 de junio de 2017, alguien puso una placa en el Parque John F. Kennedy, de San Pedro, justo frente a la iglesia local. La inscripción de la lámina decía: "Parque Viviana Gallardo, asesinada impunemente por el Estado de Costa Rica el 1 de julio de 1981, desarmada, de espaldas, en una celda de la Primera Comisaría de San José. 20017". A las diez de la mañana alguien reportó el hecho, y el Alcalde de Montes de Oca ordenó la remoción de la placa. La Vicealcaldesa Diana Sofía Posada adujo que "la placa se retiró porque todo cambio de nombre en un sitio público, como parque o plaza, debe ser tramitado en el Concejo Municipal, que es el que aprueba o desaprueba cualquier cambio de nomenclatura de los espacios públicos".

Se rumoreó que el acto no habría sido perpetrado por vándalos o tunantes, sino por estudiantes distinguidos de la Universidad de Costa Rica. Por cierto, stricto sensu, la placa no dice absolutamente nada que no sea verdad. Empero, yo no apoyo el gesto de estos muchachos -y a fortiori, de quienes, para rodearse a sí mismos de un aura épica y legendaria, los habrían instigado-. Flaco favor le hicieron a Viviana: desde el fondo de los tiempos volvieron a brotar las voces del odio, y mi querida amiga fue nuevamente satanizada y descuartizada en las redes sociales. La placa no hizo otra cosa que atizar la mala voluntad de los detractores de Viviana, y retrotrajo al país al año 1981. Por cierto, conviene recordar que la Costa Rica de 2017 es radicalmente diferente de la de hace treinta y seis años: la instalación de una placa acusatoria, de un monumento de denuncia, pudo haberse tramitado ante la Municipalidad de Montes de Oca de manera abierta y frontal, según los procedimientos estipulados para este tipo de gestiones. Los responsables de este hecho tiraron la piedra y escondieron la mano, no actuaron a la luz del día sino en la tiniebla nocturna... fue un desacierto desde todos los puntos de vista concebibles. Por otra parte, ya el parque de San Pedro tiene su monumento, y celebra a un hombre cuya huella histórica es innegable: John F. Kennedy. No veo razón alguna para defenestrarlo. ¿Fue la "operación" de la placa ejecutada por estudiantes del alma mater? Sería muy grave. Se desprestigiaría más de lo que ya está -si tal cosa cabe- la Universidad de Costa Rica, con este acto que, aunque no expresaría necesariamente una voluntad institucional, habría involucrado al estudiantado de manera directa. Pero al día de hoy -16 de junio de 2017- no sabemos quiénes fueron los responsables de este desacierto, y no podemos hacer ninguna impugnación concreta. Cierto que el grupo radical "La Familia" intentó en algún momento volar en pedazos la estatua del prócer estadounidense -ya hemos hablado de esto en otro capítulo-, pero tal es, precisamente, el tipo de infantil, estéril rebeldía que menos bien representa a Viviana.

¿Qué he percibido en los viejos líderes del grupo radical "La Familia", algunos de ellos hoy tenidos por auténticas "vacas sagradas" y formadores de opinión en diversas universidades estatales? Se los diré. He percibido arrogancia infinita. He percibido egolatría infinita. He percibido delirios de grandeza infinitos. Treinta y seis años después de los hechos, siguen achacándole la culpa de todo al Estado, o la prensa -siempre agentes exógenos, nunca endógenos a su organización-. Algunos de ellos no han sido capaces de admitir sus monumentales yerros. No han tenido ni la humildad ni la probidad intelectual necesarias para decir la frase clave: "Perdón, Costa Rica". Quieren hacer prevaler una imagen épica, heroica de su "gesta" y de sus nombres. No reconocen sus errores: a lo sumo, y de manera eufemística, dirán cosas como "no era el momento correcto para una organización de esa naturaleza". ¡Como si hubiera un momento correcto para la violencia, el horror, la muerte y la desolación! No veo en ellos una molécula de autocrítica, de sereno y severo análisis de los gravísimos hechos de que fueron protagonistas. De nuevo, estamos hablando de un nivel de megalomanía patológico, que el tiempo no ha hecho más que agudizar. Megalomanía más o menos solapada, pero siempre perceptible.

La verdad de las cosas es que "la Familia" fue un estrepitoso fracaso en todos lo frentes concebibles. Su "manifiesto político" es prácticamente un calco del documento análogo del Frente Farabundo Martí. La organización fue un fiasco teórico, un fiasco ideológico, y un fiasco en la praxis política. Duraron treinta y tres meses organizándose... y se dispersaron para siempre en dos semanas. Nacieron "oficialmente" el 23 de octubre de 1978 con toda pompa y solemnidad... y en julio de 1981 estaban desarticulados y escondidos debajo de la primera cama que tuvieran a la mano. Sus operativos fueron tan torpes, que los Tres Chiflados o el Inspector Clouzeau bien podrían reclamar orgullosamente su autoría. La organización creyó factible trasplantar un modus operandi político que había sido parcialmente exitoso en El Salvador, pero cometió un error capital: no leyó al país, no leyó a Costa Rica, no leyó la historia, no se dio cuenta de las diferencias abisales que existían entre ambas naciones. "La Familia" fue execrada por el pueblo, y por los partidos Vanguardia Popular y Frente Revolucionario del Pueblo. Las izquierdas, las derechas, los maoístas, los trotskistas, los radicales, los moderados... todo el mundo abominó de las perversas -y por fortuna ineptas- acciones de "La Familia".

Para comenzar, ¿cómo se les pudo haber ocurrido a estos señores y señoras jugar a la clandestinidad en la provinciana Costa Rica de 1981? ¡Era un país con 2 389 000 habitantes: todo el mundo conocía a todo el mundo! Su "clandestinidad" fue, como todo lo que hicieron, irrisoria. Tan pronto cayó una de sus células -cuando allanaron la casa que operaba como cuartel general, en Moravia- se produjo un efecto dominó, y en cuestión de horas fueron desplomándose las demás. No lograron implementar la medida de seguridad de las células compartimentalizadas: por caída una, cayeron todas. Alguno de sus veteranos integrantes, responde altivo, cada vez que le hablan del horror de 1981: "¡Le tocamos los huevos al águila!" ¡Y a eso se reduce su lectura de tan lamentable jornada! ¡Qué prepotencia, que divorcio del principio de realidad (Freud), qué febril, delirante, teomaníaca manera de interpretar las cosas! No "le tocaron los huevos" a nadie: escenificaron una macabra, estéril, completamente perjudicial zarzuela política, y les cabe el dudoso honor de representar una de las más negras páginas de la historia patria. Desataron marejadas de dolor... y, de nuevo, no son aun capaces de proferir la palabra que podría adecentarlos parcialmente, ante la mirada de sus compatriotas: "¡Perdón, Costa Rica!"

Los "ideólogos" de "La Familia" (sarta de demagogos gargarizándose con los eslóganes que todos conocemos, y pervirtiendo desde las cátedras a sus jóvenes, inexperimentados estudiantes, auténticos flautistas de Hamelin políticos) eran tan radicales, que inspiraban miradas de desconfianza en el seno del propio Movimiento Revolucionario del Pueblo. Todo, en su paupérrimo universo conceptual, se limitaba a hacerle la guerra a la burguesía. Estaban los "burgueses", y luego estaban ellos, los grandes iluminados y emancipadores del pueblo. ¿"Burgueses"? ¡Burgueses eran y lo siguen siendo todos, con la excepción de los dos muertos (Viviana y Enríquez)! Como bien dijo Machado, hay palabras que nunca le han sonado bien a nadie: el vocablo "burgués" es uno de ellos, y ha llegado al punto de pasar, absurdamente, por un improperio, un denuesto. La verdad de las cosas es que "La Familia" fue un fenómeno antonomásticamente urbano, burgués y -para más señas- académico.

De nuevo: no hubo nadie, en la izquierda costarricense triunfalista y remozada de 1981 (era la tercera fuerza política del país), que aplaudiera los crímenes perpetrados por los integrantes de "La Familia". Creyeron que pasarían a la historia como héroes populares: eso supone un desconocimiento inmensurable de la realidad nacional en 1981, un desconocimiento de la idiosincrasia costarricense, un desconocimiento de nuestra historia, del sanctasanctórum de nuestras gentes, de su ser íntimo, profundo. De todos sus errores, este es el más grave: pretendieron haber "luchado" por un pueblo que los execró y condenó. El expediente de la Guerra Popular Permanente hubiera quizás servido en El Salvador destrenzado por la guerra civil, pero no ciertamente en la Costa Rica que tan sabiamente construyeron nuestros ancestros.

Resulta repugnante, ofensivo leer las declaraciones de algunos ex-miembros de "La Familia" con respecto a las atrocidades perpetradas en junio de 1981. Por poco diríase que consideran las seis muertes (dos del bando propio, y cuatro ciudadanos exógenos a la organización) como meros "daños colaterales", pequeñas, insignificantes imperfecciones en su master plan. Calificar esos asesinatos como "torpeza" es considerarlos en tanto que forma pura, desvinculada del dolor real -¡tremendamente real!- de las personas que hubieron de padecerlo. Por las heridas de Cristo, señores y señoras: esto no es un juego de ajedrez, lo que cuenta no es la "limpieza" de ejecución de las "operaciones" o del proyecto político a largo plazo, sino su inherente, irredimible perversidad. Hay que estar completamente disociado del principio de realidad, y carecer de lo que Bergson llamaba "empatía imaginativa", para juzgar estas abominaciones en tanto que "daños colaterales", indeseables pero banales contratiempos que ensuciaron un por demás brillante, visionario programa político. Verdaderamente, este tipo de comentarios me obligan a una redefinición de la noción misma de cinismo. Como si el mundo existiese para confirmar sus teorías, sus construcciones conceptuales, y todo lo que no se ajustase a ellas debiese ser considerado un "accidente", una "contingencia". Es aberrante y abyecto.

Viviana, una niña de 18 años -el promedio de edad de los integrantes de la organización era de 24 años- fue una víctima de la retórica y la sofistería de los líderes "intelectuales" de "La Familia". Era un alma pura, una muchacha llena de ideales, un ser humano comprometido con la justicia social como ninguno de ellos jamás lo estuvo. La envenenaron ideológicamente. La engatusaron, la embelecaron... La vehemencia de la juventud es, como todos sabemos, un arma de doble filo: puede convertirse en maleable arcilla, en manos de adoctrinadores y falsarios.