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Columna Scientia: Kelsianismo uberiano


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Quienes hemos estudiado leyes tenemos que deglutir y digerir cientos de páginas de Hans Kelsen. Hoy, el célebre jurista austriaco me va a echar una mano para explicar algunas cosas.

El programador inglés, Paul Grahan, dice que Uber es tan bueno que podemos medir cuán corrupta es una sociedad por el nivel de fuerza que se emplea para combatirlo.

No voy a criticar al servicio tradicional. Lo cierto es que el mundo está siendo sacudido por un servicio que está al margen de la legalidad, pero no de la realidad de un consumidor que siente que recibe algo bueno y justo.

Es la clásica discusión kelseniana entre el sentir que no se hace algo incorrecto (la moral) versus una regulación casuística (el derecho).

Kelsen decía que el derecho es un “deber ser” y nos pasamos toda la carrera tratando de comprenderlo.

Con los años, casi todos entendemos qué debería ser justicia. Entonces, las autoridades tienen que observar cuándo el trinquete del tiempo aparta a la normativa de aquello que es moralmente justo.

Históricamente, la ciencia y la tecnología han sacudido a muchos gremios. En el siglo XVIII, los lavanderos se opusieron a la llegada del cloro y, el siglo XX, los mecánicos de máquinas de escribir decían que las PC eran malas para la salud.

Señores, Uber llegó para quedarse porque no es un servicio de porteo irregular cualquiera y porque el colectivo lo considera muy bueno. Combatirlo tiene la misma lógica de quienes intentaron defender la Teoría Geocéntrica Planetaria frente a Galileo.

Vamos a tener que buscarle el acomodo jurídico y los tradicionales tendrán que echar mano a la tecnología y mejorar el servicio.

Si lo que temen es un desacato colectivo, les tengo noticias. La desobediencia civil ya está en marcha de una manera que Henry David Thoreau jamás hubiera imaginado. Es silenciosa, moralmente buena, agradable, justa, segura y digital.

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