Columna scientia: La privacidad platónica que quedó expuesta en el 2013


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El 2013 podría ser recordado como el año en el cual nuestra especie perdió el último vestigio de ingenuidad que podría haberle quedado. El consultor tecnológico estadounidense, Edward Snowden, fue el dramaturgo del más reciente capítulo de un drama que se ha venido escribiendo durante siglos por las tintas de autores como Moisés, Sun Tzu y Maquiavelo.

El infidente o patriota Snowden dijo algo que no era novedad: los gobiernos del mundo espían, y el de los Estados Unidos espía a sus amigos, sus enemigos y todo residente del planeta al que pueda echarle su ojo cuasi-omnipresente. Lo que sí sorprendió de los datos filtrados por el huidizo experto en Informática fueron aquellos respecto a los programas de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, National Security Agency). Más específicamente, hablo del programa de vigilancia PRISM, que logra hurgar en redes sociales, correos electrónicos, videos, programas de voz sobre IP (VoIP), fotografías, transferencia de archivos, direcciones IP y notificaciones de inicio de sesión del mundo entero, incluyendo a no menos de 35 jefes de Estado.

A golpe de las prensas de diarios como The Washington Post y The Guardian, los cibernautas del mundo despertaron en un nuevo estadio de la alegoría de la caverna de Platón, y se dieron cuenta que habían estado viviendo dentro de un falso confort y en el cual pensaban que nadie los observaba. Yo mismo reconozco que muchas veces pensé que mi vida es tan normal y similar a la de cualquier otro mortal, que resultaría muy aburrida para algún fisgón digital. Hoy, sé que los fisgadores de la Red tienen un paladar espartano para huronear, y que no pueden distinguir entre el agua y el curri.

Así las cosas, no importa si somos Vladimir Putin, Winston Smith o Perico de los palotes, o si vivimos en Moscú, Londres o Heredia; el ojo del Gran Husmeador de la Red no parpadea nunca sobre nosotros.

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