Columna Scientia: Coloraciones veraniegas


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En el inicio de la estación seca se hace notoria la bella coloración anaranjada de las flores de los llamados porós gigantes en el paisaje del Valle Central. Vistos a la distancia, estos árboles semejan coloridas pinceladas que resaltan sobre el fondo verde oscuro de lo que resta de los cafetales que antes ocupaban la actual área metropolitana.

Este árbol, conocido científicamente como Erythrina poeppigiana, pierde sus hojas al llegar la estación seca, cubriéndose de una abundante cantidad de racimos de flores de pétalos grandes. El poró gigante es un árbol muy apreciado y estudiado por los científicos. Tiene una historia interesante: no es una especie criolla; fue introducida desde Suramérica hace más de un siglo y se ha naturalizado por todos los países centroamericanos.

Pertenece a la familia de las leguminosas (la de los frijoles), tiene la capacidad de fijar nitrógeno mediante nódulos de bacterias simbióticas que crecen en sus raíces. Es así capaz de capturar el nitrógeno del aire e incorporarlo al suelo, en gran medida por medio de las hojas que bota principalmente en el verano. El nitrógeno es un elemento esencial para el crecimiento de las plantas; componente básico de los fertilizantes, tiene un alto costo cuando se produce industrialmente. El poró nos lo da gratuitamente.

Otra ventaja de este árbol es que esa hojarasca sirve de cobertura del suelo, reduciendo la evaporación de agua durante el verano. Estas características lo hacen de enorme valor en la agricultura, por lo que tradicionalmente se siembra con otros cultivos como café, cacao, frijol o maíz. Se usa en sistemas ganaderos y forestales que intercalan diferentes especies de plantas, en cercas vivas y como forraje para ganado.

El poró es un buen ejemplo de cómo podemos hacer agricultura inteligentemente, usando especies que benefician a otras de manera natural y que, además, le agregan belleza al paisaje.

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