Por: Juan Carlos Sánchez 10 octubre, 2015

Hace unas pocas semanas, tuve el gusto de conocer al joven colega español Pablo Fernández Burgueño, en la florecida ciudad de Medellín (Colombia). Fernández Burgueño es el jurista-informático que logró que el Tribunal de Justicia Europeo (TJUE) obligara a Google a conceder el derecho al olvido.

Pablo me narró las peripecias que pasó en su lucha contra un gigante arrogante hasta lograr que el TJUE dictaminara que Google debía retirar de su buscador los enlaces a informaciones que una persona considerase lesivas porque fueran obsoletas y afectaran sus derechos.

Hoy, la noticia es otra, pero parece copiada de la anterior. Max Schrems, un joven abogado austríaco, se echó un pulso contra Facebook por no cumplir con las reglas europeas de protección de datos. Schrems logró que el TJUE anulara un fallo que permitía la transferencia de estos entre la Unión Europea y los Estados Unidos por considerar que este país no es un puerto seguro (safe harbor) para esta información.

El mejor recurso humano de estos leviatanes y otros gañotudos tecnológicos criollos no es el personal de sus planillas, sino usted y yo que les regalamos nuestros datos cada vez que usamos sus servicios “gratuitos”, les llenamos formularios y hacemos uso sus aplicaciones. Los datos son su fuente inagotable de riqueza, nosotros somos sus mejores empleados y no nos pagan vacaciones ni aguinaldo.

Yo no diría que el tema de la protección de datos está en pañales en Costa Rica, pero sí que la criatura apenas dejó las papillas y está empezando a caminar.

Basta con leer los diarios y ver las decisiones de nuestras autoridades en un sonado caso de sustracción ilegítima de datos (sí, ese que está pensando). Entonces, no es que estemos dando palos de ciego, sino que el lazarillo es miope.

Los responsables de ponerle lentes trabajan para el Estado, pero se hacen de la vista gorda con la delgada visión del muchacho.