Una maravilla ingenieril


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Hace unas semanas, cuando como parte de un programa educativo del INBio realizábamos un acto de premiación a un “árbol excepcional” conservado por una comunidad del país, hice a la audiencia una pregunta que creí sencilla: ¿han pensado cómo un árbol como este puede absorber el agua del suelo, llevarla por el tronco hasta el follaje y liberarla por las hojas al aire, como vapor, a más de 40 metros de altura, sin emplear una bomba?

Quizá lo más interesante fue no tanto que la mayoría de la audiencia no supiera la respuesta, sino que expresara que nunca había pensado en ese asombroso detalle.

Aunque este tema lo tratamos en los programas educativos, es evidente que se nos olvida, tal vez por no tener la costumbre de buscar explicación a fenómenos naturales que tenemos frente a nuestros ojos.

La respuesta es en realidad sencilla: el árbol “transpira”. Al calentar el sol el follaje, el agua que está en los tejidos foliares se sale y escapa a la atmósfera en forma de vapor por unos poros o estomas que tienen las hojas. Esta pérdida se compensa con agua que se mueve desde las raíces y por el tronco hasta las hojas en la copa, por medio de los tejidos conductores de las plantas.

El sistema funciona de manera similar al de una lámpara de alcohol o aceite, en la cual el líquido sube por la mecha hasta llegar a la llama, donde se evapora. Ese ascenso se da por un interesante fenómeno llamado “capilaridad”, el cual tiene la característica de que no implica gasto de energía para vencer la fuerza de la gravedad.

Es así como, mediante un sistema hidráulico que funciona sin ningún tipo de bomba, sin gastar energía, los árboles ponen diariamente en la atmósfera toneladas de agua en forma de vapor, que es la que al condensarse provoca la lluvia de la que en muchas formas depende nuestra vida diaria.

Una verdadera maravilla de ingeniería.

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