Por: José David Guevara.  10 julio
En materia de perder tiempo, los costarricenses no tenemos nada que envidiarle a la estrella del fútbol brasileño y el Paris Saint-Germain.
En materia de perder tiempo, los costarricenses no tenemos nada que envidiarle a la estrella del fútbol brasileño y el Paris Saint-Germain.

Sí, similar a ese futbolista brasileño a los costarricenses nos gusta —de cuando en cuando o en algunos sectores— perder tiempo, enfriar las acciones, hacer teatro, simular lesiones, exagerar las faltas, intentar meter al otro bando en nuestro juego, engañar al juez, dejar de lado el Fair Play, olvidar que nos observa el mundo.

En efecto, fácilmente nos desconcentramos, perdemos el norte, olvidamos lo que es verdaderamente importante, nos volvemos intocables, pensamos solo en nosotros en vez del colectivo, hacemos lo imposible por "robar" cámara, actuamos con aires de estrella, nos creemos insustituibles, exigimos cada vez más beneficios, premios y privilegios.

Luego, cuando estamos contra la pared, nos agobiamos, angustiamos, corremos, apremiamos, apuramos y exasperamos, presionamos, lamentamos el tiempo que echamos por la borda, el ego que nos desenfocó y privilegiamos por encima de lo táctico y estratégico.

Entonces apelamos al árbitro para que reponga los minutos que nosotros mismos perdimos, derrochamos y desperdiciamos de manera premeditada e irresponsable, a sabiendas de los riesgos y peligros de jugar al filo de la navaja.

Le suplicamos al hombre del silbato (la realidad) que detenga el cronómetro cada vez que el balón sale, se va a cobrar un tiro libre o de esquina, o se ejecuta la sustitución de algún jugador.

Y si la situación se agudiza y se torna realmente crítica, como le sucedió a Neymar en el reciente partido Brasil-Bélgica, de Rusia 2018, buscamos desesperadamente los tiempos extra y la serie de penales.

Por arte de magia

El serio problema del déficit fiscal es un claro ejemplo de que en algunas ocasiones nuestro país se parece a Neymar.

Pareciera que creemos contar con todo el tiempo del mundo a nuestro favor para resolver esa amenaza económica, que los relojes y los calendarios van a ser eternamente benevolentes y generosos con nosotros, y que no hay que hacerse bolas con las finanzas públicas pues tarde o temprano estas se alinean como por arte de magia.

No solo eso, que algún santo o profeta nos va a hacer el milagro como con los huracanes y los temblores, que las agencias calificadoras de riesgo no van a maltratarnos porque somos buena gente —y por lo tanto las tasas de interés no van a subir—, pura vida y uno de los países más felices del planeta y que los organismos financieros internacionales no van a maltratarnos con groseras medidas de ajuste.

O bien, que en realidad faltan muchos, muchísimos años, para que no haya más dinero para financiar la planilla estatal ni los programas y proyectos de salud, educación, seguridad, generación de energía, telecomunicaciones, infraestructura, vivienda social, etcétera.

En este campo perdemos el tiempo como Neymar porque basta con que se hable de proyectos y medidas fiscales profundas para que múltiples sectores y personajes comiencen a perder tiempo, enfriar las acciones, hacer teatro, simular lesiones, exagerar las faltas, intentar meter al otro bando en su juego, engañar al juez, dejar de lado el Fair Play, olvidar que nos observa el mundo.

Costa Rica se parece a Neymar: ambos con talento de sobra, pero adictos a perder el tiempo.