Por: NATALIE KITROEFF.   13 abril

El cabernet no es el peón más evidente en una guerra comercial entre Estados Unidos y China. Los aeroplanos y sus componentes son la principal exportación de Estados Unidos a China. La soya y el trigo crecen en el país de Trump.

Sin embargo, que China haya elegido el vino como el blanco de aranceles vengativos no sorprendió a Michael Honig, un vinicultor en el valle de Napa, el lugar que más se vería afectado por el arancel.

“El gobierno se ha dado cuenta de que deberían penalizarnos porque tenemos marcas”, dijo Honig, el presidente de Honig Vineyard and Winery. “Es difícil ir tras un productor de trigo porque ¿quién lo es? Es un producto primario. Nosotros no comercializamos productos primarios”.

La noticia fue un giro desagradable de los acontecimientos para Honig y muchos vinicultores que han pasado años intentando hacerse de un lugar en el corazón de los consumidores chinos adinerados. Ese trabajo arduo les ha dado una apreciada tajada de lo que se está convirtiendo en uno de los mercados de más rápido crecimiento en las importaciones de vino.

Las importaciones chinas de vino estadounidense alcanzaron $82 millones el año pasado, sin tomar en cuenta las botellas que entran libres de impuestos a través de Hong Kong, un aumento siete veces mayor en la última década. Sin embargo, la creciente visibilidad podría haber convertido a Napa en presa fácil.

Mercado difícil

“El vino es algo con lo que se identifica la gente”, dijo Jim Boyce, quien le ha dado cobertura a la industria desde Pekín durante una década en su blog: Grape Wall of China. “Es como poner aranceles a los dumplings chinos. Es algo que puedes sentir a nivel emocional y personal”.

El arancel del 15%, anunciado el lunes, además de los aranceles e impuestos vigentes, es un golpe a la yugular para los vinicultores que comercializan sus productos a las legiones crecientes de chinos jóvenes que se han vuelto ricos recientemente.

Ese grupo, a uno o dos niveles por debajo de los chinos muy pudientes, tiene un gran potencial para los vinicultores californianos. Esos consumidores son mucho más numerosos que los ricos pertenecientes al 1% de la población.

Lo más crucial es que impulsan el florecimiento reciente de la cultura enológica en China, donde se consumen las botellas y no solo se intercambian entre élites como trofeos.

Honig y Stephanie, su esposa y socia, han pasado una década cortejando a esa clientela, viajando una vez al año a China para venderles su producto a sumilleres de los principales restaurantes y hoteles. Hace poco se expandieron más allá de las paradas obvias en Pekín y Shanghái, y visitaron ciudades como Guangzhou, en el sur de China.

“Hay gente que quiere gastar mucho, pero también hay compradores aspiracionales”, dijo Michael Honig. “Quizá quieres comprar el Rolls-Royce, pero te alcanza para el Mercedes”. Ese es su espacio de oportunidad.

Su cabernet más popular cuesta cerca de $25 la botella al por mayor, y envía más de 500 cajas de ese vino cada año a un osado negocio de importación en Shanghái que comenzaron dos hermanos con ciudadanía doble.

Con los aranceles vigentes y los impuestos de valor agregado, el cargo total para el vino californiano ya estaba cerca del 50%. Después de que el importador toma en cuenta el envío, se queda con su parte y entrega la botella a un hotel o una tienda minorista, que también retiene lo que le corresponde, el tinto de Napa termina con un precio a la venta de casi $100.

Cuestión de precio

Un 15% adicional sería brutal. “Nadie quiere pagar más de lo debido”, dijo Honig. “Si todo lo que están viendo son dos botellas distintas, una al lado de la otra, y estamos compitiendo con Australia y Chile, eso nos deja en una gran desventaja competitiva”.

Los vinos chilenos y neozelandeses no enfrentan los impuestos chinos, gracias a los acuerdos de libre comercio. Las botellas australianas entrarán al país libres de aranceles el año siguiente.

Larry Yang, un importador de Shanghái, dijo que a sus clientes les gustaban los vinos californianos, pero no lo suficiente para ignorar una etiqueta con un precio aún más alto. El vino de por sí no es barato, dijo, y si se hace más caro, buscará en otra parte.

“Hay muchos países que producen vino de buena calidad”, dijo. “No tengo que comprar vino relativamente costoso de California. Podría elegir vino de Nueva Zelanda, Australia, Chile y Sudáfrica”.

Además, los consumidores chinos tienen una gama creciente de marcas nacionales de entre las cuales elegir. Los enólogos expertos han pasado años cosechando varietales de cabernet sauvignon, merlot y cabernet franc en las laderas de las montañas Helan en Ningxia, una región en el límite de la frontera con Mongolia. Han comenzado a ganar premios internacionales, incluso superando a favoritos franceses.

Después, el gobierno comenzó a proteger a sus comerciantes nacionales.

Cuando la Unión Europea impuso aranceles a los paneles solares chinos en 2013, Pekín respondió abriendo una investigación para saber si los vinicultores europeos estaban mandando botellas baratas mal subsidiadas al mercado chino. Terminó la indagación un año más tarde, después de que los europeos aceptaron un acuerdo para ayudar a capacitar a los vinicultores chinos.

Han surgido enotecas sofisticadas en todo Shanghái, el minorista en línea Alibaba ahora tiene una venta de vinos anual y otros sitios entregan cajas a domicilio en cuestión de dos días. En agosto, China obtuvo su primer sumiller maestro, una distinción reservada para quienes puedan aprobar una serie de pruebas rigurosas, entre ellas exámenes verbales y de cata.