Diversos influencers, políticos, figuras públicas, empresas, bandas musicales, etcétera, compran falsos "simpatizantes"

Por: Nicholas Confessore, Gabriel J.X. Dance, Richard Harris and Mark Hansen 2 febrero
Devumi, señaló este edificio como su sede en Manhattan. Aprovechando un stock estimado de al menos 3,5 millones de cuentas automáticas, cada una vendida muchas veces, la compañía ha proporcionado a los clientes más de 200 millones de seguidores de Twitter.
Devumi, señaló este edificio como su sede en Manhattan. Aprovechando un stock estimado de al menos 3,5 millones de cuentas automáticas, cada una vendida muchas veces, la compañía ha proporcionado a los clientes más de 200 millones de seguidores de Twitter.

​La verdadera Jessica Rychly es una adolescente de Minnesota que tiene una amplia sonrisa y el cabello ondulado. Le gusta leer y escuchar las canciones del rapero Post Malone. Cuando usa Facebook o Twitter, a veces comenta sobre las cosas que la aburren o hace bromas con sus amigos.

Ocasionalmente, como muchos adolescentes y jóvenes, publica una selfi. Pero en Twitter existe una versión de Jessica que ninguno de sus amigos o familiares podría reconocer.

Aunque las dos cuentas comparten su nombre,retrato y la misma biografía de una sola línea (“Tengo problemas”), la otra Jessica ha promocionado cuentas de inversiones inmobiliarias canadienses, criptomonedas y una estación de radio en Ghana.

La cuenta falsa siguió o retuiteó cuentas en árabe e indonesio, idiomas que Jessica no habla.

Mientras ella tenía 17 años y estaba en el último año del colegio, su contraparte falsa frecuentemente promovía pornografía gráfica, al retuitear cuentas como Squirtamania y Porno Dan. Todas esas cuentas pertenecen a clientes de una oscura empresaestadounidense llamada Devumi que ha recaudado millones de dólares en el mercado global del fraude en las redes sociales.

Devumi vende seguidores deTwitter y retuits a celebridades, negocios y cualquier persona que quiera ser más popular o ejercer influencia en Internet.

Usando un conjunto de al menos 3,5 millones de cuentas automatizadas —cada una de ellas ha sido vendida muchas veces— la compañía le ha proporcionado a sus clientes más de 200 millones de seguidores en Twitter, según reveló una investigación de The New York Times.

Las cuentas que más se parecen a las personas reales, como la de Rychly, muestran el patrón de una especie de robo de identidad social a gran escala. Al menos 55.000 cuentas de Devumi usan los nombres, fotos de perfil, lugares de origen y otros detalles personales de usuarios reales de Twitter, incluidos menores de edad, según un análisis de datos realizado por el Times.

“No quiero que mi foto esté relacionada a esa cuenta, ni mi nombre”, dijo Rychly, quien ahora tiene 19 años. “No puedo creer que alguien pague por eso. Es simplemente horrible”.

La economía de la influencia

Estas cuentas son monedas falsas en la floreciente economía de la influencia en Internet, que toca prácticamente cualquier industria en la que una audiencia masiva —o la ilusión de que la hay— pueda ser monetizada.

En la actualidad las cuentas falsas que han sido creadas por gobiernos, delincuentes y empresarios infestan las redes sociales.

Según algunos cálculos, hasta 48 millones de los usuarios activos de Twitter, casi el 15 %, son cuentas automatizadas diseñadas para simular ser personas reales, aunque la compañía afirma que ese número es mucho menor.

En noviembre, Facebook reveló a sus inversores que tenía al menos el doble de usuarios falsos que los estimados anteriormente, lo que indica que existen unas 60 millones de cuentas automatizadas en la plataforma de medios sociales más grande del mundo.

Estas cuentas falsas, conocidas como bots, pueden ayudar a influenciar a las audiencias publicitarias y replantear los debates políticos. Pueden afectar negocios y arruinar reputaciones. Sin embargo, desde el punto de vista legal, su creación y venta están en una zona gris.

“La continua viabilidad de cuentas fraudulentas e interacciones en las plataformas de redes sociales, y la profesionalización de estos servicios fraudulentos, es muestra de que todavía hay mucho trabajo por hacer”, dijo el senador demócrata de Virginia Mark Warner, quien también es miembro del Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos, que ha estado investigando la propagación de cuentas falsas en Facebook, Twitter y otras plataformas.

Para entender mejor el negocio de Devumi, contratamos sus servicios. En abril, el Times creó una cuenta de prueba en Twitter y le pagó a Devumi $225 por 25.000 seguidores; alrededor de un centavo de dólar por cada uno. Como se promete, los primeros 10.000 parecían ser personas reales. Tenían fotografías y nombres completos, la ciudad en la que se encontraban y biografías que parecían ser auténticas. Una cuenta se asemejaba a la de Rychly, la joven de Minnesota. Pero vistas más de cerca había detalles extraños. Los nombres de las cuentas tenían letras de más o usaban guion bajo o sustituían letras tan similares que el cambio era casi imperceptible, como una ele minúscula en vez de una i mayúscula.

A pesar de las crecientes críticas a las compañías de medios sociales y el mayor escrutinio de los funcionarios electos, el comercio de seguidores falsos sigue siendo opaco en gran medida. Si bien Twitter y otras plataformas prohíben comprar seguidores, Devumi y docenas de otros sitios los venden abiertamente.

Y las compañías de redes sociales, cuyo valor de mercado está estrechamente vinculado al número de personas que usan sus servicios, establecen sus propias reglas para detectar y eliminar cuentas falsas.

El fundador de Devumi, German Calas, negó que su compañía vendiera seguidores falsos y dijo que no sabía nada sobre las identidades sociales robadas a los usuarios reales.

“Las acusaciones son falsas y no tenemos conocimiento de ninguna de esas actividades”, afirmó Calas en un intercambio de correos electrónicos en noviembre.

Atletas, comediantes, oradores

The New York Times revisó los registros comerciales y judiciales que evidencian que Devumi tiene más de 200.000 clientes, incluyendo estrellas de reality shows, atletas profesionales, comediantes, oradores de TED, pastores y modelos.

En la mayoría de los casos, según muestran los registros, esos clientes compraron sus propios seguidores. En otros, sus empleados, agentes,compañías de relaciones públicas, familiares o amigos hicieron la compra. Por solo unos centavos de dólar por cada uno, a veces incluso por menos, Devumi ofrece seguidores de Twitter, visitas en YouTube, reproducciones en SoundCloud y recomendaciones en LinkedIn.

El actor John Leguizamo tiene seguidores de Devumi. También los tienenMichael Dell, el multimillonario de la informática, y Ray Lewis, el comentarista de fútbol americano y antiguo jugador de los Ravens de Baltimore. KathyIreland, quien inició su carrera como modelo y hoy preside un imperio de licencias de 500 millones de dólares, tiene cientos de miles de seguidores falsos de Devumi, al igual que Akbar Gbajabiamila, el presentador del programa American Ninja Warrior. Incluso una integrante de la junta de Twitter, Martha Lane Fox, tiene algunos de esos seguidores.

En momentos en que Facebook, Twitter y Google se enfrentan a una epidemiade manipulación política y noticias falsas, los seguidores falsos de Devumi fungen como la infantería de las batallas políticas en línea. Los clientes de esa empresa incluyen tanto a partidarios acérrimos de Donald Trump como a comentaristas liberales y conservadores de la televisión estadounidense.

Los productos de Devumi también atienden las necesidades de políticos y gobiernos del resto del mundo. Un editor de Xinhua, la agencia noticiosa china, le pagó a la compañía estadounidense para conseguir cientos de miles de seguidores y retuits en Twitter, una plataforma que está prohibida por el gobierno chino pero que es vista como un foro para la propaganda al exterior.

El año pasado, un asesor del presidente ecuatoriano Lenín Moreno adquirió decenas de miles de seguidores y de retuits para las cuentas de la campaña electoral de Moreno.

Kristin Binns, una portavoz de Twitter, dijo que la empresa no suele suspender a usuarios bajo sospecha de adquirir bots, en parte porque es difícil saber quién es el responsable de una compra determinada. Twitter no quiso revelar si un muestreo de cuentas falsas proporcionado por el Times —cuentas hechas a partir de la información de usuarios reales— violaban las políticas de la empresa en contra de la suplantación de identidad.

“Seguimos luchando para responder a cualquier automatización maliciosa en nuestra plataforma, así como cuentas falsas o de spam”, dijo Binns.

"Sola la mitad es gente real"

A diferencia de algunas empresas de redes sociales, Twitter no exige que sus cuentas estén vinculadas a una persona real. También permite un mayor acceso automatizado a su plataforma que otras compañías, lo que facilita la creación y el control de grandes cantidades de cuentas.

“Las redes sociales son un mundo virtual en el que la mitad son bots y el resto es gente real”, dijo Rami Essaid, fundador de Distil Networks, una empresa de ciberseguridad que se especializa en erradicar redes de bots. “No puedes aceptar sin más lo que dice un tuit. Y no todo es lo que parece”. Resulta que eso incluye a Devumi.

El año pasado, 3.000 millones de personas iniciaron sesión en redes como Facebook, WhatsApp o la china Sina Weibo. El anhelo colectivo del mundo por establecer una conexión no solo ha cambiado la composición de la lista de las 500 empresas con mayor valuación de Fortune y reformulado el mundo de la publicidad, sino que ha creado un nuevo indicador de estatus: la cantidad de personas que te siguen, te dan me gusta o te agregan como “amigo”.

Para algunos artistas o empresarios, ese estatus virtual es un factor de influencia en el mundo real. Los conteos de seguidores en redes sociales pueden determinar quiénes los contratan, cuánto les pagan por patrocinios o compromisos e, incluso, cómo los clientes potenciales evalúan sus productos o negocios.

Una cantidad alta de seguidores también es clave para los influenciadores que aspiran a marcar tendencia o para las estrellas de YouTube a quienes las empresas les dan miles de millones de dólares al año para patrocinar sus productos. Mientras más alcance tengan esas personalidades, más dinero ganan.

De acuerdo con datos de Captiv8, una empresa que vincula a los influenciadores con las marcas, alguien con 100.000 seguidores puede ganar hasta $2.000 por un solo tuit promocionado, mientras que alguien con un millón de seguidores podría cobrar hasta $20.000.

La fama genuina a veces conlleva una influencia real en redes sociales, con los fanáticos que siguen a sus estrellas de cine favoritas, a cocineros célebres y modelos. Pero también hay atajos disponibles: en sitios como Social Envy y DIYLikes.com tan solo se requiere dar un número de tarjeta para comprar un ejército de seguidores en cualquier plataforma social en línea.

“Ves a un número de seguidores más alto o una mayor cantidad de retuits y supones que esa persona es importante o que a ese tuit le fue bien”, dijo RandFishkin, fundador de Moz, compañía que desarrolla software de optimización y posicionamiento en motores de búsquedas. “Como resultado, es más probable que tú también lo amplifiques, lo compartas o que sigas a esa persona”.

Twitter y Facebook pueden ser influenciadas de manera similar. “Las plataformas sociales quieren recomendarte cosas y dicen: ‘¿Lo que estamos recomendando es popular?’”, dijo Julian Tempelsman, cofundador de Smyte, firma de ciberseguridad que ayuda a empresas a combatir el fraude y abuso en línea y a los bots. “La cantidad de seguidores es uno de los factores que toman en cuenta”.

Si haces una búsqueda en Google sobre cómo conseguir más seguidores, Devumi estará entre los principales resultados. Su sitio se nota pulido y destaca sus oficinas en Manhattan, testimonios de clientes y una garantía de reembolso. Lo mejor de todo, según promete Devumi, es que los productos de la empresa tienen el visto bueno de la plataforma para la cual venden seguidores.

“Solo utilizamos técnicas de promoción que han sido aprobadas por Twitter para que nunca corras el riesgo de que suspendan o penalicen tu cuenta”, asegura.

Seguidores sospechosos

Para entender mejor el negocio de Devumi, contratamos sus servicios. En abril, el Times creó una cuenta de prueba en Twitter y le pagó a Devumi $225 por 25.000 seguidores; alrededor de un centavo de dólar por cada uno.

Como se promete, los primeros 10.000 parecían ser personas reales. Tenían fotografías y nombres completos, la ciudad en la que se encontraban y biografías que parecían ser auténticas. Una cuenta se asemejaba a la de Rychly, la joven de Minnesota. Pero vistas más de cerca había detalles extraños. Los nombres de las cuentas tenían letras de más o usaban guion bajo o sustituían letras tan similares que el cambio era casi imperceptible, como una ele minúscula en vez de una i mayúscula.

Los siguientes 15.000 seguidores de Devumi eran más claramente sospechosos: no tenían imágenes de perfil y en vez de nombres tenían una mezcla de letras, números y fragmentos de palabras.

“Las redes sociales son un mundo virtual en el que la mitad son bots y el resto es gente real. No puedes aceptar sin más lo que dice un tuit. Y no todo es lo que parece”, dijo Rami Essaid, fundador de Distil Networks, una empresa de ciberseguridad.

En agosto, un reportero del Times le envió un correo a Calas para pedirle que contestara algunas preguntas sobre Devumi; Calas no respondió al correo.

Twitter prohíbe vender o comprar seguidores o retuits mientras que Devumi le promete a su clientela discreción absoluta. “Tu información siempre se mantiene confidencial” dice el sitio web de la empresa. “Nuestros seguidores se ven igual que otros seguidores y siempre llegan de manera natural. La única manera en la que alguien va a saber es si le dices”.

Pero los registros de la empresa revisados por el Times revelan mucho de lo que Devumi y sus clientes prefieren ocultar. La mayoría de los compradores mejor conocidos de Devumi venden productos, servicios o a sí mismos en las redes. En entrevistas dieron explicaciones variadas: compraron a los seguidores porque tenían curiosidad sobre cómo funcionaba o se sintieron presionados para tener un número de seguidores más altos para ellos mismos o para sus clientes.

“Todos lo hacen”, dijo la actriz Deirdre Lovejoy, clienta de Devumi.

Aunque algunos dijeron que creían que Devumi les daba fanáticos potenciales o clientes reales, otros admitieron que sabían o sospechaban que las cuentas eran falsas. Varios dijeron arrepentirse de haber hecho la compra.

"Es un fraude"

“Es un fraude”, dijo James Cracknell, remador británico y medallista de oro olímpico que le compró 50.000 seguidores a Devumi. “La gente que juzga según cuántos me gusta o cuántos seguidores… no es algo saludable”.

Kathy Ireland tiene más de un millón de seguidores en Twitter, que usa frecuentemente para promocionar empresas con las que tiene acuerdos de patrocinio. Pero en enero del año pasado Ireland solo tenía unos 160.000 seguidores. El mes siguiente, un empleado de su agencia de licencias de marca, Sterling/Winters, gastó unos $2.000 para conseguir 300.000 seguidores más, de acuerdo con los registros de Devumi. El empleado después hizo más adquisiciones, según reconoció en una entrevista.

Un análisis del Times halló que la mayoría de los seguidores de Ireland parecen ser bots. Una portavoz dijo que ese empleado actuó sin la autorización de Ireland y que había sido suspendido después de que el Times preguntó al respecto.

“Estoy segura de que pensó que estaba cumpliendo con sus responsabilidades, pero no es algo que debería haber hecho”, dijo la vocera, Rona Menashe.

De manera similar, Lane Fox, pionera en el comercio electrónico, integrante del parlamento británico y de la junta de Twitter, culpó a un empleado que habría actuado por cuenta propia por una serie de compras a Devumi hechas a lo largo de un año. Se negó a decir qué empleado lo habría hecho.

Varios clientes de Devumi o sus representantes contactados por el Times se negaron a hacer comentarios. Muchos otros no respondieron a intentos reiterados para contactarlos. Algunos negaron haber hecho compras a Devumi. Entre ellos está Ashley Knight, la asistente personal de Ray Lewis, el futbolista, cuyo correo electrónico era el listado en una orden para 250.000 seguidores.

La cuenta personal de Twitter de Paul Hollywood, panadero célebre y juez de The Great British Bakeoff, fue eliminada después de que el Times le envió preguntas por correo. Hollywood respondió así: “La cuenta no existe”.

Hillary Rosen, consultora en relaciones públicas y colaboradora de CNN, compró más de medio millón de seguidores falsos a Devumi en dos años. En una entrevista, dijo que esas compras fueron hechas “como experimento” para ver “cómo funcionaba”. Hizo más de una decena de adquisiciones entre 2015 y 2017, de acuerdo con los registros de Devumi.

Otros clientes dijeron que se habían sentido presionados por sus empleadores para tener más seguidores. Marcus Holmlund era el encargado de redes sociales de la agencia de modelaje Wilhemina. Poco después de haber llegado al puesto,un supervisor le dijo que no estaba consiguiendo suficientes seguidores y que debía o comprarlos o encontrar otro empleo. Holmlund terminó pagando él mismo por las cuentas a Devumi antes de dejar la empresa en 2015 (una portavoz de Wilhemina se negó a hacer comentarios).

“Me sentí pasmado por la amenaza de ser despedido o, lo que es peor, nunca poder volver a trabajar en la industria de la moda”, dijo Holmlund. “Desde entonces le digo a quienes me preguntan que es un engaño”.

Aparentar influencia

Varios clientes de Devumi reconocieron que habían comprado bots porque sus carreras dependían, en parte, de aparentar tener influencia en redes sociales. “Nadie te toma en serio si no tienes una presencia notoria”, dijo Jason Schenker, economista que se especializa en pronósticos económicos y que ha comprado unos 260.000 seguidores.

No es de sorprenderse que Devumi también ha vendido millones de seguidores y retuits a personas en el mundo del entretenimiento que son apenas medianamente conocidos, como el actor Ryan Hurst, de la serie Sons of Anarchy. En 2016 y 2017, compró un total de 750.000 seguidores, aproximadamente tres cuartos de los que tiene ahora. El costo fue menor a $4.000, de acuerdo con los registros de Devumi. (Hurst no respondió a solicitudes de comentario).

La empresa también le vende bots a estrellas de reality shows, que utilizan esa fama para cobrar por hacer actos de aparición o patrocinios. Sonja Morgan, del programa The Real Housewives of New York City, usa su cuenta de Twitter impulsada por Devumi para promover su línea de moda, una aplicación para compras y un sitio web en el que vende saludos personalizados en vídeo.

Un antiguo concursante de American Idol, Clay Aiken, incluso le pagó a Devumi para hacerle eco a una queja contra Volvo. Los bots de Devumi le dieron retuit más de 5.000 veces. Ni Aiken ni Morgan respondieron a solicitudes de comentario.

Más de 100 personas que se describen a sí mismas como influenciadores —cuya valía en términos monetarios está aun más vinculada a la cantidad de seguidores— han comprado las cuentas falsas de Devumi.

Justin Blau, un popular DJ cuyo nombre artístico es 3LAU, adquirió 50.000 seguidores y miles de retuits. En un correo electrónico, Blau dijo que un exmiembro de su equipo de administración los compró sin su aprobación. Al menos cinco personas que le han comprado seguidores a Devumi también son contratistas de HelloSociety, una agencia para influencers de la que es dueña The New York Times (una portavoz del Times dijo que la compañía intentó verificar que la audiencia de cada contratista fuera legítima y que no hicieran negocios con nadie que violara ese estándar).

Lucas Peterson, periodista independiente que colabora con la sección de viajes del Times, también ha comprado seguidores de Devumi. Los influenciadores no necesitan ser ampliamente conocidos para hacerse con dinero de patrocinios. De acuerdo con un reportaje reciente en el tabloide británico The Sun, los hermanos adolescentes Arabella y Jaadn Daho ganaron $100.000 trabajando con marcas como Amazon, Disney, Louis Vuitton y Nintendo.

Arabella, quien tiene 14 años, tuitea con el nombre de AmazingArabella. Las cuentas de los hermanos, según los registros de Devumi, son potenciadas por miles de retuits que compró su madre y mánager, Shadia Daho (quien no respondió a varios intentos de contactarla por correo y vía una empresa de relaciones públicas).

Agencias de publicidad

Mientras Devumi vende millones de seguidores de manera directa a celebridades e influenciadores, cuenta también entre sus clientes a agencias de publicidad y relaciones públicas que compran los bots para sus propios clientes.

Phil Pallen, estratega para marcas en Los Ángeles, le ofrece a sus clientes “campañas de crecimiento y publicidad” en redes sociales. De acuerdo con los registros de Devumi, Pallen le ha pagado varias veces a la empresa para cumplir con esas promesas.

A inicios del 2014, por ejemplo, adquirió decenas de miles de seguidores para Lori Greiner, coconductora del programa Shark Tank. Al principio, Pallen negó haber adquirido esos seguidores. Después de que el Times contactó a Greiner, Pallen afirmó que había “experimentado” con la empresa pero que “dejó de hacerlo hace mucho tiempo”.

Un abogado de Greiner dijo que ella le pidió que dejara de hacerlo cuando se enteró de las primeras compras. Sin embargo, los registros muestran que Pallen le compró más seguidores a Greiner en el 2016.

Los consultores de mercadotecnia también compran a seguidores para sí mismos, como si compraran la evidencia para respaldar su supuesta pericia. En el 2015, Jeetendr Sehdev, exprofesor de la Universidad de California del Sur que se autodenomina “la autoridad líder del mundo en marcas de celebridades”, comenzó a comprar cientos de miles de seguidores falsos a Devumi.

No respondió a solicitudes de comentario, pero en su reciente libro éxito en ventas, The Kim Kardashian Principle: Why Shameless Sells (El principio de Kim Kardashian: por qué vende ser descarado), explicó de otra manera el alza en sus seguidores. Dijo que su “seguimiento en cuenta de redes sociales se disparó” porque descubrió el verdadero secreto de la influencia de las celebridades: “La clave es la autenticidad”.

Entre los seguidores de Sehdev estaba Rychly… o, al menos, la copia de la cuenta de la joven. La cuenta falsa de Rychly, creada en 2014, fue incluida en las órdenes de compra de cientos de clientes de Devumi. Ha retuiteado a Schenker, el econimista, y a Arabella Daho, la influenciadora adolescente.

La Rychly falsa terminó entre los seguidores de Hollywood, el panadero, del disc ­jockey francés DJ Snake y de Ireland. (Los seguidores comprados de DJ Snake fueron adquiridos por un antiguo mánager y Standen no respondió a solicitudes decomentario).

La Rychly falsa también retuiteó por lo menos cinco cuentas vinculadas al pornógrafo estadounidense Dan Leal, quien vive en Hungría y usa la cuenta@PornoDan. Leal ha comprado unos 150.000 seguidores a Devumi en los últimos años y es uno de al menos 12 clientes de esa empresa que son parte de la industria del entretenimiento adulto.

En un correo, Leal dijo que la compra de seguidores para su negocio le ha generado más que suficientes ganancias para compensar el gasto. Añadió que no le preocupa ser penalizado por Twitter. “Un sinfín de figuras públicas, empresas, bandas musicales, etc., compran seguidores”, escribió. “Si Twitter tuviera que sacar a todos los que lo hacen no quedaría prácticamente ninguno de ellos”.

Devumi ha vendido decenas de miles de bots de alta calidad que son similares,de acuerdo con un análisis del Times. En algunos casos un solo usuario real de Twitter fue transformado en cientos de diferentes bots; cada uno con cambios mínimos respecto al original.

Las cuentas falsas utilizaron identidades sociales de usuarios de Twitter registrados en los cincuenta estados que componen Estados Unidos y en decenas de países que eran tanto adultos como menores de edad; replicaron la información de usuarios muy activos y de quienes no habían iniciado sesión en meses o hasta en años.

Vendido a 2.000 clientes

Sam Dodd, ahora estudiante de universidad y quien aspira a ser cineasta, creó su cuenta en su segundo año del colegio preparatorio en Maryland. Antes de graduarse ya habían sido copiados sus detalles de Twitter a una cuenta bot. Esta no tuvo actividad sino hasta el año pasado, cuando comenzó a retuitear de manera continua a clientes de Devumi.

“No sé por qué replicaron mi identidad; soy un estudiante universitario de 20 años”, dijo Dodd. “No soy alguien conocido”. Pero incluso así la identidad social de Dodd tiene valor en la economía de la influencia.

De acuerdo con los precios publicados en diciembre, Duvemi vendía a seguidores de alta calidad por menos de dos centavos. Si la identidad social de Dodd es vendida a unos 2.000 clientes —el número promedio que siguen las cuentas bots de Devumi— esta empresa se haría con unos $30 dólares.

Esas identidades sociales robadas son claves para la marca Devumi. Los bots de alta calidad son los que usualmente llegan primero a los clientes, seguidos por unos de baja calidad; como si entregaran queso parmesano rallado junto con aserrín. Algunos de los bots de alta calidad de Devumi de hecho remplazan a una cuenta inactiva —alguien que dejó de usar el servicio— con una falsa.

Whitney Wolfe, asistente ejecutiva que vive en Florida, abrió una cuenta de Twitter en 2008, cuando ayudaba en la planeación de bodas. Para cuando dejó de usarla en el 2014 ya había sido creada una cuenta falsa con su información personal, que ha retuiteado las publicaciones de actrices de la industria pornográfica y a varios influenciadores. “Ese contenido —de mujeres en tanga y fotografías de los pechos de mujeres— no es para nada lo que quiero que se asocie a mi fe, a mi nombre o a donde vivo”, dijo Wolfe, quien es parte de una congregación bautista.

Otras víctimas seguían siendo activas en Twitter cuando los bots de Devumi empezaron a suplantar su identidad. Salle Ingle, ingeniera de 40 años que vive en Colorado, dijo que le preocupaba que un posible empleador se topara con la versión falsa si revisaba su actividad en redes sociales como parte del proceso de contratación. Cuando el Times le avisó sobre la cuenta, ella contactó a Twitter y logró que fuera desactivada.